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ACADEMIA | El rescate
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H
ay muchos titulos de Julio Coll (1919-1973) a rescatar del olvido, pero sin duda el
más singular es La cuarta ventana, rodado en Barcelona en 1962. La única ocasión
en que coincidieron como protagonistas las tres hermanas que compartían los
apellidos Ruiz Penella: Emma Penella, Elisa Montés y Terele Pávez. Esta última
recordaba entre risas, en el homenaje que le tributaron en el último festival de Sitges,
cómo la censura cambió la profesión de sus tres personajes: “de putillas a modistillas”,
en sus propias palabras. Una alteración difícil de asimilar cuando las tres supuestas
profesionales de la aguja y el dedal protagonizaban diversas trifulcas y frecuentaban
más los bares del “barrio chino” que las máquinas de coser domésticas.
Buscando en las hemerotecas resulta inefable la crítica publicada en La Vanguardia el
26 de marzo de 1963 y qué empezaba así: “!Qué desbordado y a la vez sugestivo huracán!
Ver a las hermanas Penella en este filme es algo que apasiona, deleita y conmueve”. Y
seguía, sin ahorrar adjetivos. “Las tres figuras que encarnan son seres contradictorios y
apasionantes, criaturas del arroyo con un alma que no ha logrado corromper la abyección
en que viven. En ocasiones nos parecen criaturas inventadas por Miguel Mihura , un
especialista en la biografía de esas mujeres de los ambientes prostibularios”. Y concluía:
“Las visiones de la vida que transcurre en torno a las protagonistas, atisbasda a través de
la ventana de los pisos vecinos, son de un fuerte acento original”. En realidad, un más que
probable homenaje a La ventana indiscreta de Hitchcock.
Julio Coll, que fue un exigente crítico teatral en el desaparecido Noticiero Universal
de Barcelona, podía vanagloriarse de haber reunido excepcionalmente a las tres
hermanas y también de haber descubierto para el cine a Arturo Fernández tras verle en
escena como “galán joven” de Conchita Montes y darle un gran papel en Distrito quinto.
Y en su primera película como director, La cárcel de cristal, también uno de sus mejores
guiones, quien fue toda una revelación fue Josefina Güell. En esa película, difícil de
recuperar, interpretaba a una actriz sorda que debía representar Medea en el Teatre Grec
de Montjuic y que salía airosa de la prueba aunque no podía oir la ovación del público.
La actriz, a sus más de ochenta años, recordaba no hace mucho que, de no haber sido
1957 el año de La violetera, ella era una seria candidata al premio del Sindicato Nacional
del Espectáculo, que ganó inevitablemente Sara Montiel.
Rescatar La cuarta ventana, que tuvo una corta carrera comercial, invita a reivindicar
el nombre de su director, más prolífico como guionista a lo largo de más de veinte años.
Desde una de las madres del ahora exitoso thriller a la española, Apartado de correos
1001, a títulos de ambiente taurino como Tarde de toros o El traje de oro pasando por la
redención del melodrama en la primera versión La herida luminosa, sus diálogos han
buscado siempre la cotidianeidad y la verosimilitud. Una carrera final algo errática con
superproducciones fallidas como La araucana no debería empañar la valoración del
enorme talento de Julio Coll.
•Jaume Figueras es cronista de cine en prensa, radio y televisión
Jaume Figueras
| La valoración del talento
La cuarta ventana
, Julio Coll, 1962
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