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ACADEMIA
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MEJOR
ACTOR PROTAGONISTA
Roberto Álamo,
por Que Dios nos perdone
Roberto Álamo
El niñoque soñaba
conel cineenVillaverde
“La vida es un arma
política”
una serie de obras que eran elegidas expresamente “porque queríamos
hablar de temas muy concretos y contar lo que queríamos, poner el foco
en muy diversas cuestiones”. ¿Puede la interpretación ser un arma polí-
tica? “La vida es un arma política”.
Encadenó a lo largo de los años trabajos en teatro, “pero claro que
ha habido muchas etapas en las que no he tenido nada en el banco. He
tenido que pedir dinero a familiares o amigos para comer”, afirma cuan-
do se le plantea que solo el 8% de los intérpretes españoles puede vivir
de este oficio al tiempo que relata que también ha sobrevivido muchos
meses gracias a trabajos alimenticios.
En Rodrigo Sorogoyen ha descubierto a “un tipo increíble y realmen-
te metódico”. Cuenta apasionado que, antes de empezar a rodar, este
realizador lleva consigo el guión de la película en cuatro copias: en una
tiene el texto, en otra lo acompaña con la planificación de los planos,
en otra apunta las intenciones que quiere conseguir con las frases de
cada uno de los personajes... “Y, sin embargo, aún teniendo toda esa
información, él te abre los brazos cuando llegas a los ensayos. Te pide
que entres en el proyecto y lo modifiques como quieras, que seas el per-
sonaje. Eso, para un actor, es una bendición absoluta”, asegura Álamo,
que aprovechó para su Alfaro, este policía impetuosísimo, todo lo que
se empapó de la policía para prepararse para ser Dani en el montaje tea-
tral Lluvia constante.
Vive “con perplejidad” haber conseguido dos goyas con solo dos no-
minaciones, “pero tampoco hay que darle más importancia: el trabajo
es el trabajo, el premio es currar”. En este 2017 estrenará tres películas
(Es por tu bien, Zona hostil y La niebla y la doncella) y, si nada se tuerce,
tendrá un pequeño papel en el thriller político que prepara su admirado
Sorogoyen. En los rodajes en los que interviene, el niño que soñaba con
ser Jack Lemmon continuará fotografiando retratos en blanco y negro,
instantáneas que ya atesora de casi todos los compañeros actores con
los que ha compartido un intenso día de rodaje.
En pleno Villaverde Alto, Roberto Álamo soñaba
en 1982 con ser el mismísimo Jack Lemmon. Tenía
tan solo doce años cuando descubrió dos películas
que cimbrearon su vida. “Días de vino y rosas me
hizo estar llorando tres días a escondidas. Yo que-
ría ser Jack Lemmon para poder llegar a producir
en la gente algo similar a lo que él y esa historia
habían provocado en mí”. No fue la única historia
que le conmovió. En Un tranvía llamado deseo des-
cubrió a Marlon Brando, “todos los que había a su
alrededor parecían lo que eran, actores, pero él era
como un animal que se había colado entre ellos. Es-
taba viviendo la escena de verdad”.
Casi una década después, cayó en las manos de
su maestra Cristina Rota. Empezó a formarse para
aquello que soñaba en las paredes de una escue-
la en la que conoció a Willy Toledo y Alberto San
Juan, compañeros con los que al terminar de estu-
diar formó la compañía Animalario. Con ellos hizo
Juan MGMorán
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