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ACADEMIA | El rescate
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G
anó el Premio de la Crítica y el de Mejor Actor en el Festival de Málaga, pero luego
esta magnífica película de Xavi Puebla pasó lamentablemente de puntillas por la
cartelera. Ahora, cinco años después de su invisibilidad para gran parte del público,
a pesar de ser una obra maestra, puede encontrarse un motivo (absurdo, pero motivo)
para su transparencia de entonces: A puerta fría habla con la contundencia de un
matasellos de la miseria moral y laboral en tiempos de gran crisis, y eso, en aquellos
terribles años de indigencia económica y ética, era lo último que uno, o sea, todos,
querían meterse a ver en una sala de cine.
A puerta fía es probablemente el mejor retrato que se ha hecho nunca del
pudrimiento de ese hilo inestable por el que camina un ‘vendedor’ en nuestra
‘Vendolandia’ actual (y no me olvido ni de La muerte de un viajante, de Miller, ni del
terrible Glengarry Glen Ross, de David Mamet). Un retrato tan oscuro como sencillo,
y tan cotidiano como trágico, enfocado sobre un par de días en un hotel donde se
celebra una feria de aparatos de electrónica de consumo. La descripción de arranque,
inmediata, del personaje que interpreta de modo magistral Antonio Dechent,
estampado en un claroscuro de soledad, tabaco y whisky en un bar de carretera, es más
que una premoción de los tintes de la historia que veremos.
La cámara de Xavi Puebla describe sin alardes ni subrayados el plano general
de la historia, esa coreografía de saludos, de tipos con una misión, de encuentros e
intercambios de tarjeta, pero también describe con enorme puntería e intensidad el
plano corto, esa pesadumbre vital que el oficio deja en los rostros de esos cazadores
solitarios en una selva con moqueta gastada en la que todos son carnívoros y
depredadores, una sensación que atrapa en ese momento sublime en que Dechent y
Nick Nolte beben separados en la barra del bar, con nocturnidad y alevosía, su enésimo
whisky: no se conocen, pero se reconocen… ambos son un despojo, una radiografía
del fracaso, son exactamente lo que Arthur Miller hubiera llamado un Willy Loman. Y
esa elocuencia del primer plano, tan sutil pero parlanchina en la cara tensa de Antonio
Dechent, que tan magistralmente refleja la soledad, el amargor (la eludida muerte
de su hija), en los espejos o incluso en su contraplano, en el propio rostro de Héctor
Colomé, tan íntegro y destruido, o también en el frescor de cara de María Valverde,
personaje espoleta, tan lleno de vitalidad como de fatalismo, y que cierra la película en
un pasillo de hotel, dándole la espalda al espectador y probablemente a su futuro.
La puesta en escena no puede ser ni más sencilla ni albergar mayor complejidad,
con una atmósfera que rezuma el estado de ánimo de la trama y de los personajes,
con una mezcla de angustia, poder y vulgaridad, y con un absoluto criterio de
planificación, punto de vista y planteamientos morales. Incluso propone sugerencias
sorprendentes, como el paralelismo de gestos, rostros y movimientos (intercambio
de tarjetas, palmadas en la espalda) en la sala de la feria de vendedores y en la sala del
tanatorio, ante el cadáver olvidado de un ex compañero.
Todos los actores, incluido Nolte, que probablemente no entendía muy bien su
presencia en esa feria (aunque el personaje es completamente él), están más que
espléndidos, salvo Antonio Dechent, que lleva a su personaje más allá de la perfección
y le presta interior y estrías emocionales a ese tipo acorralado, metálico, desconfiado
de sí mismo y del mundo, egoísta y, extrañamente, con corazón.
Oti RodríguezMarchante
| Incómodo reflejo
A puerta fría
, Xavi Puebla, 2012
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