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ACADEMIA
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Paz Alicia Garcíadiego
Darnos
rostro y voz
P
arece ocioso defender al español. Es la segunda lengua más
hablada del mundo. Goza de cabal salud. Para 14 países es nuestra
identidad, nuestra voz. Y sin embargo, el arte de nuestro tiempo,
el cine, necesita una defensa vigorosa.
No es retórico ni baladí. Desde los albores del siglo XX nuestras
memorias están plagadas de cine, impregnadas de celuloide. Nuestra
identidad se ha cimentado en la pantalla. El cine nos ha enseñado
los códigos de conducta de hoy: a prender una fogata, a matar un
vampiro o a seducir. Es testimonio de nuestra época y manual de
conducta para comprender nuestro entorno. De ello su importancia,
y la responsabilidad de los que hacemos cine en la tarea de guardar la
memoria de nuestras gentes.
Durante muchos años ha permeado la noción falsa de que el cine,
ese cine que nos da cara, rostro y voz, habla en inglés y solo se hace
allá en la Alta California.
Y que al resto del mundo, incluidos los hispanoparlantes, no nos
toca más que ser receptáculos de esa identidad que nos llega de afuera.
Parecería que estamos condenados a diluirnos en ese magma que habla
y piensa en inglés.
Pero tenemos una identidad propia que también finca sus
cimientos en la pantalla. El cine, nuestro cine. A pesar de ellos, los de
Hollywood, y contra viento y marea: el cine en español.
Durante los años cuarenta, la segunda guerra relegó al mundo
en español y, al amparo de su olvido, nuestras cinematografías
cobraron historia, rostros. El analfabetismo prevaleciente en muchos
de nuestros países propiciaba además ver cine en “tu idioma”. Triste
circunstancia que bien aprovechamos. En ese cine nacieron nuestros
iconos. De ojos negros, pelo oscuro. Retrataban a
nuestros padres y cuñados. Hablaban de nuestros
parias, y mitificaban a nuestros héroes. Ellos
guardaron nuestro recuerdo. Más aún, forjaron
nuestra memoria próxima. Les debemos, como
a la música y a la literatura, lo que une a los
hispanoparlantes. Esa ligazón, tantas veces
despreciada, que enlaza a nuestros pueblos:
los recuerdos y anhelos que compartimos.
Fue la época de oro de nuestro cine. Entonces
competíamos al tú por tú con películas de
Hollywood.
Pero desde los años cincuenta, nuestro cine
se ha visto acosado por el impulso omnipotente
de Hollywood. Y se fue relegando al olvido la
memoria que habíamos forjado, con la que nos
identificábamos y nos comunicábamos. Nos
fuimos dando la espalda a nosotros mismos.
Las películas que entonces nos inundaron
nos decían qué cara teníamos que tener, la casa
que deberíamos tener, el futuro que desearíamos
tener. Nos volcamos al norte, escondiéndonos la
cara y mirándonos con desconfianza, porque la
cara del otro nos recordaba la cara propia.
Aprendimos patrones nuevos que terminaron
por hacernos añorar tener otra tez, otro yo. Nos
volvimos, a nuestros ojos, países inadecuados,
incómodos. Y un país incómodo consigo mismo es
un país sin proyecto de nación.
No se trata de desdeñar la enorme cantidad
de películas en español que se han realizado
desde los cincuenta hasta ahora, sería una
sandez. Muchas y en muchos países. Podríamos
regocijarnos con sus éxitos, refocilarnos con sus
premios. Pero no podemos cerrar los ojos a la
tendencia que marca a todos nuestros países: el
cine en español ha perdido y pierde territorio,
particularmente si lo comparamos con los
éxitos de verano de las grandes producciones
Hollywood.
"Se nos ha dicho
que el cine,
como el
rock
,
es en inglés"
LA MIRADA IBEROAMERICANA
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