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ACADEMIA
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En nuestros países, salvo éxitos esporádicos, es cada vez menor el
porcentaje de gente que acude a ver nuestro cine. Ante tal derrota, ha
habido dos respuestas.
La primera: hacer cine en inglés pretendiendo “abrir mercados
internacionales". Falso. En realidad, por mercados internacionales
pensamos solo en los Estados Unidos. Pero EE. UU., a pesar de su
discurso de diversidad, es terriblemente provinciano. Para decirlo en
forma crasa: solo se interesan ellos. La otredad les es ajena. Apenas el
2% de sus pantallas la ocupa producción extranjera.
Y, por más que se importen actores de Hollywood, la película
siempre denotará su raíz extranjera y el público gringo se percatará. El
idioma y la manera de pensar van juntos. Los que hacen cine en inglés
en nuestros países están impregnados de la cultura e idiosincrasia
hispanoparlante, la exudan. Y los famosos treinta millones de
hispanoparlantes que viven en USA son de allá; han roto bártulos con
sus países de origen y se han integrado en el magma norteamericano.
No es un reproche, tienen razón. El díctum romano así lo ordena. Así
que, por muy en inglés que sea la película, su procedencia fuereña se
huele.
La otra solución encontrada por algunos cineastas de nuestros
países es más sutil, pero a su vez, más chabacana: hacer películas
que parezcan ser de “allá”. Y nos hemos inundado de una serie de
comedias filmadas para el País de Nunca Jamás, que pretenden que
somos altos, rubios y gringos.
Algunas tienen éxito. No todas. Y las que tienen éxito, lo tienen de
manera fugaz. Porque el público a la larga se pregunta: ¿para qué ver
un remedo si puedo ver el original? y, luego de un período de gracia,
regresa a sus comedias made in USA. Los remedos no nos van a paliar
la pérdida de público. Hoy el espectador, abandonado a su suerte, se ha
dejado ir a los brazos de Hollywood.
Pero decía que el cine, que es un arte que forja identidad, le da
cimientos al país. No podemos considerar únicamente al cine un
negocio, una fuente de empleos. Es el arte que nos
da rostro. Pero necesitamos apoyo.
En consecuencia, la participación del Estado
es imprescindible. Es un mecenazgo que funciona
por doble vía: el cine necesita su patrocinio y el
Estado precisa que el cine cimente su proyecto
de nación. No es una limosna generosa, es un
instrumento del Estado moderno.
Por ello son importantes las coproducciones que
han permitido que los hispanoparlantes sumemos
esfuerzos para producir cine y ampliar taquillas.
Estas coproducciones han funcionado. Pero son solo
un instrumento. Se necesitanmás y más profundos.
El camino no es fácil. Nos enfrentamos a una
visión que nos ha dicho que el cine, al igual que
el rock, es en inglés; que nuestra lengua barroca y
retórica no sirve, que el paisaje es el del Oeste y la
'ciudad' Nueva York. La lucha en el terreno de la
cultura es difícil porque es sutil.
Los cineastas tenemos que luchar contra
esta corriente que ha permeado en nuestra
idiosincrasia. No es un camino fácil. Se necesitan
recursos, talento y empeño. Unir fuerzas,
abrir pantallas comunes, crear mecanismos de
distribución, cambiar estereotipos. Es un camino
largo, pero no nos queda otro remedio que darnos
cara en la pantalla, sonido a nuestra voz, espacio
a nuestros sueños, dejar de pedir perdón por el
mero hecho de ser distintos a lo que preconiza el
American Way of Life como la Arcadia en la tierra.
• Paz Alicia Garcíadiego es guionista.
Profundo carmesí
, de Arturo Ripstein (México, España, Francia)
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