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E
n Chile estamos acostumbrados a culpar a los distribuidores por la
escasa presencia de cine internacional en nuestras salas. Yo mismo
he interpelado a más de alguno en un festival o en un seminario
en alguna parte. ¿Por qué casi no traen cine de autor, de calidad,
de arte, o como se llame? ¿Por qué prácticamente no hay cine francés,
alemán, italiano, británico o español en nuestras salas? ¿Qué pasa con
todas esas películas americanas que no están hechas por los grandes
estudios? No recuerdo haber visto en la cartelera local una película
hecha en Asia en los 40 años que llevo en este planeta (por ahí Wong
Kar-Wai o Ang Lee son las excepciones).
Conozco a cientos de personas, quizás miles, que claman por buen
cine en nuestras salas, les digo con algo de rabia a los compradores
y exhibidores de películas. Pero la respuesta es siempre la misma:
cuando las traen, casi nadie las va a ver.
No les creo. Y me meto a revisar las cifras de asistencia y confirmo,
irritado, que tienen razón. En la mayoría de los casos, cuando un
distribuidor se ha arriesgado a estrenar películas que no están hechas
por los grandes estudios hollywoodenses, la asistencia es baja o
derechamente paupérrima. Cifras duras, números finales y estadísticas
espantosas. Todo eso en un solo informe.
Si esa pregunta se repite con respecto al cine producido en nuestro
propio idioma, la respuesta es aún más alarmante. Derechamente
no vamos a ver películas hechas en español. Y esa es una realidad
aplicable a todo el resto de Hispanoamérica. En casi todos los casos
las películas funcionan localmente, es decir, las chilenas en Chile, las
españolas en España y así.
Nos queda intentar no ser autocomplacientes y admitir que quienes
hacemos películas tenemos que mejorar nuestra sincronía con las
audiencias hispanoparlantes. A todos nos pasa lo
mismo, nuestras películas son infinitamente más
vistas en Europa, en Asia o en Estados Unidos.
Pero ¿por qué no andan bien en México, Colombia
o en Argentina? ¿No somos todos tan parecidos?
¿No hablamos la misma lengua y le rezamos al
mismo Dios?
No tengo una respuesta clara. Quizás lo más
frustrante es darse cuenta de que nadie la tiene.
¿Dónde está el Estado? ¿Ayudan los medios,
los gestores culturales, los subsidios y los
festivales? ¿Cúanto? ¿Qué hace la empresa
privada? ¿Algo? Todos hacemos harto. ¿Pero
funciona? ¿Funcionamos?
Un buen pedazo de nuestra educación,
de nuestros estímulos culturales y de nuestra
formación de audiencias está siendo transformada
y digerida por un pastiche confuso y dominante
que no nos deja mirarnos a nosotros mismos.
La cultura de la curiosidad está en sus peores
días. Habrá que volver a pensar lo pensado y
volver a soñar lo soñado.
Habrá que seguir trabajando y seguir filmando.
Y mirando. Y filmando.
"Nos queda intentar no ser autocomplacientes,
admitir que tenemos que mejorar nuestra
sincronía con las audiencias hispanoparlantes"
LA MIRADA IBEROAMERICANA
Pablo Larraín
Pensar
lo pensado
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