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odríamos decir que lo que une a América Latina, España y Portu-
gal como región es, paradójicamente, la diferencia. Ni siquiera la
lengua es un denominador que nos termine de aglutinar, aunque
siempre logramos entendernos. La diferencia que existe desde
hace cientos de años y que ha estado representada por disparidades
sociales, culturales y económicas ha hecho que incorporemos los
contrastes a nuestra forma de vida. Los hemos plasmado en nuestras
expresiones y hemos encontrado un respiro común en la resistencia.
El cine que aquí se hace es un cine libre e históricamente contes-
tatario. Nos conecta a través de la expresión y la experiencia con las
diversas realidades, visiones e ideas que habitamos. El cine que aquí se
piensa es franco, vibrante y con personalidad, no obedece a fórmulas
y, aunque se pueden reconocer rasgos característicos, se manifiesta la
individualidad como un sello diferenciador. Ahora, como público no le
hemos dado la oportunidad de manifestarse en los espacios masivos de
exhibición. Mientras que en la mayoría de los casos este recibe elogios
en tierras extranjeras, en las nuestras no. Además, y en su mayoría,
carece de oportunidades de exhibición en circuitos comerciales.
Nos es difícil ponernos de acuerdo. El consenso quizá no es lo nues-
tro, pero es en la diversidad que hemos encontrado una gran riqueza.
Compartimos variaciones de una lengua común, sumamos más de 700
millones de individuos que podrían inclinar la balanza hacia una revalo-
ración de la cultura cinematográfica en todas sus vertientes y narrativas,
aunque quizá solo un 30% tenga los medios para acceder a él.
Habrá que repensar la idea que tenemos de mercado. No podemos
medir todo en términos de resultados económicos, la idea de un mer-
cado no debe enfocarse únicamente en el intercambio transaccional
sino en los beneficios que contribuyen al desarrollo y crecimiento
cultural, educativo y social. Son necesarios espacios para la reflexión
y el libre albedrío de ideas que nos acompañen en el camino de la
construcción y formación de públicos. El pensamiento crítico, la
realización, la difusión, la promoción, la distribución y la exhibición
deben ser integrados como componentes orgánicos del engranaje de la
maquinaria de la llamada industria.
Un mercado común tiene que mantener un espíritu de búsqueda,
de libertad creativa y de diversidad, el mismo que ha impulsado al
cine que se hace en nuestras latitudes. Tenemos que entender nuestra
realidad y nuestras características particulares para concretar nues-
tro mercado y hacerlo florecer. Necesitamos liberarlo de etiquetas y
sortear la eterna discusión de si es lo que se exhibe es lo que el público
pide o lo que dicta la industria. Esta paradoja nos tiene sumidos en un
impasse que no permite la democratización al acceso y a la revalora-
ción del cine que se hace en la región.
Tendemos a menospreciar la capacidad
de apreciación del público y eso trae en juego
consideraciones absurdas para el “éxito” de una
película: ¿quiénes aparecen en pantalla?, ¿el
tema es de interés?, ¿la duración es apropiada?,
¿es a color?, ¿hay música?, ¿necesita subtítulos?,
¿tiene el 'empaquetado' adecuado?, etcétera. Por
suerte, siempre hay excepciones a la regla y al
parecer cada vez son más comunes en nuestra
realidad, a pesar de que sigamos dependiendo de
autoridades morales extranjeras que las validen.
Tal fue el caso de El abrazo de la serpiente (Ciro
Guerra, 2015, Colombia–Venezuela–Argentina),
una película de más de dos horas de duración que
habla de la cosmogonía indígena en una zona del
Amazonas. Filmada en 35 mm, en blanco y negro,
hablada mayoritariamente en lenguas originarias,
con una mezcla de actores no profesionales y
actores que no son conocidos a nivel mundial… ni
local, con un presupuesto de menos de 2 millo-
nes de dólares. Para muchos esto sería la fórmula
ideal para el desastre comercial, sin embargo este
largometraje logró, discretamente, llevar a más de
40 000 espectadores a las salas en Colombia. Una
vez nominada al Oscar tuvo un segundo aire, la
taquilla se cuadruplicó y logró mantenerse hasta
un año en una sala independiente. Ejemplos como
este hay muchos, no todos con el espaldarazo del
Oscar pero sí del público.
Para que este mercado funcione tiene que
ser incluyente. Es necesario un espacio para la
diversidad del imaginario cultural cinematográfico
de la región, uno que no busque la homogeneiza-
ción ni el empaquetamiento de las expresiones.
Después de todo, el cine es universal. No importa
de dónde venga.
• Ricardo Giraldo es el director de Cinema23, una plataforma para
promover la cultura cinematográfica de América Latina, España y
Portugal. Entregan los Premios Fénix que reconocen el trabajo rea-
lizado en la región.
RicardoGiraldo
Unespacio
para la diversidad
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