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ACADEMIA
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prueba fidedigna que corroborara muchas de las anécdotas y vivencias
que se le adjudican, más allá de lo que nos llega a través de una
transmisión oral cada vez más deformante. No sabemos decir si esto es
bueno o es malo, pero independientemente de que haya poca o mucha
información, a nosotros nos corresponde construir una película lo más
honesta posible, empleando para ello elementos reales pero también
de ficción. Decía el escritor Oakley Hall que “la tarea de la ficción es la
persecución de la verdad, no de los hechos”. Y es precisamente lo que
hemos intentado.
En cualquier caso, hay un hecho innegable: los hermanos Eleizegi
vivieron a mediados del siglo XIX, el siglo en el que probablemente
se vivió de manera más intensa la lucha entre el nuevo y el antiguo
régimen; conservadores vs. liberales; tradicionalistas vs. reformistas.
¿Y qué mejor personaje que un hombre que no para de crecer,
que no deja de cambiar muy a su pesar, para simbolizar una época de
constantes cambios? Como a tanta gente de su época, a los Eleizegi les
tocó vivir en el antiguo sistema y enfrentarse de pronto a uno nuevo.
Probablemente esa transición la hicieron como lo ha hecho siempre
el ser humano: adaptándose como buenamente puede. A más de uno
todo esto le resultará familiar, y es que Handia pretende ir más allá
de la época que retrata para lanzar una reflexión que tiene sus ecos
en la realidad de hoy en día. Es una película que pretende hacernos
reflexionar sobre cómo nos enfrentamos a los cambios. Y sobre si
podemos preservar nuestra identidad original con las decisiones que
tomamos ante esa nueva realidad o nos convertimos en una especie de
versión deforme de lo que un día fuimos.
Pero más allá del diálogo que se establece entre estos personajes y su
contexto, lo que también nos atrae de esta historia es su potencial para
mostrar el proceso de creación y divulgación de una leyenda. Y es que
Miguel Joaquín, sin poseer un especial carisma, sin tener en su haber
ningún logro especialmente destacable, es capaz de generar en torno a él
un mito que llega hasta nuestros días, simplemente por el hecho de ser
grande, de medir unos centímetros más que el resto de los mortales.
A la hora de exponer el proyecto de Handia
a amigos, financiadores, actores o miembros
del equipo, descubrimos que muchos de ellos
pensaban que el personaje de ‘El gigante de Altzo’
jamás había existido en la realidad y que no era
más que una leyenda. Ese malentendido nos
resultaba muy estimulante porque ¿no es acaso
ese el material con el que se construyen los mitos?
Esta historia nos permite, por tanto, hablar de lo
que es real y lo que no, de cómo van creciendo
los mitos a medida que se propagan, de la misma
manera en que siguió creciendo el propio gigante
hasta el día de su muerte. Y nuestra película no
deja de ser el último eslabón en esta cadena de
transmisión. El último eslabón en el proceso de
crecimiento del gigante.
La elaboración de esta película ha sido una
experiencia nueva y única para nosotros. No solo
porque hemos tratado de ser respetuosos con los
(pocos) datos que se conocen del gigante de Altzo
y de su hermano Martín, sino porque el hecho
de enfrentarnos por primera vez a una película
de época, con gigantes, guerras carlistas, viajes,
lobos y animales de toda índole ha supuesto para
nosotros un reto continuo. Pero creemos que ha
merecido la pena.
Ahora corresponde al público tener la última
palabra. Estamos ansiosos por saber si los
conceptos y reflexiones que hemos manejado
alcanzan a los espectadores y conversan con ellos.
Hemos trabajado para ello, pero nunca se sabe. Lo
veremos en septiembre.
fotos: david herranz
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