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Fernando Franco
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Morir
Un mar de sentimientos
complejos
ACADEMIA
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FestivaldeSanSebastián2017
| Sección Oficial. Proyecciones especiales
M
i ópera prima, La herida, tuvo su primer pase público en el
Festival de San Sebastián de 2013. Su inclusión en la sección
oficial de ese año, y en un palmarés que nos otorgaba el
Premio Especial del Jurado y el de Mejor Actriz para Marian
Álvarez, supuso el empujón definitivo para que la película llegase a
las pantallas y, más tarde, a las televisiones. Y ese fue precisamente
el gran triunfo, más allá de los premios en sí: la visibilidad que
adquirió la película; una visibilidad mucho mayor que la que
imaginábamos mientras la rodábamos, sin siquiera tener la
distribución asegurada.
Dos años después, en 2015, volví feliz a San Sebastián en calidad
de productor de la maravillosa El apóstata, de Federico Veiroj.
Curiosamente, aún recuerdo comentarle entonces a José Luis
Rebordinos que andaba lidiando con una novela de Arthur Schnitzler
con idea de adaptarla a la pantalla.
Otros dos años más y volvemos felices de nuevo a Zinemaldia con
Morir dentro de la Sección Oficial. En esta ocasión como pase especial
fuera de concurso.
Morir es aquel proyecto del que hablé con Rebordinos pero, como
siempre ocurre, las ideas se metamorfosean por el camino y a día de
hoy ya no podría decir que la película sea una adaptación fiel de la
novela que le da título. Desde aquella conversación con José Luis,
el guión, en sus sucesivas versiones coescritas junto a Coral Cruz,
fue separándose libremente del original hasta llegar a algo que, si
bien bebe de la inspiración que catalizó Schnitzler, lo que pretende
realmente es nutrirse de su espíritu, de su alma.
En este sentido, Morir habla de la fragilidad del amor y lo
hace desde el retrato del momento de vértigo de una pareja: una
encrucijada en la que los límites entre el blanco y el negro, lo bueno y
lo malo, se diluyen en un mar de sentimientos complejos, muchos de
“No hay que entender las películas
como caballos de carrera”
ellos contradictorios, quizás incómodos, pero no
por ello menos humanos.
Y es justamente eso lo que más me atrae de
este proyecto: el reto de confrontar al espectador
con estas contradicciones, intentando que las haga
suyas de tal manera que la línea de la empatía
sea quebradiza, por no encajar en un molde
predefinido.
Es un reto que ha sido complejo pero,
precisamente por eso, estimulante. Y con ese
ánimo lo hemos hecho, con cariño y rigor. Y
como más me gusta trabajar: en familia. Marian
Álvarez y Andrés Gertrúdix me han regalado (de
nuevo) unas interpretaciones sobresalientes.
Koldo Zuazua y Guadalupe Balaguer me han
vuelto a arropar desde la producción. Y suma y
sigue con todos los departamentos involucrados.
De hecho, la mayor parte de los que hicimos La
herida repetimos, tanto delante como detrás de
las cámaras. Por eso volver a Donosti es, en cierto
modo, para nosotros como volver a casa.
Volvemos con la meta que nos posibilitó
el festival hace cuatro años, aquella de darle
visibilidad a una película que esta vez, eso sí,
hemos podido hacer con mayor comodidad (con la
distribución de Golem y las ventas de Film Factory
aseguradas de antemano). Y lo hacemos con la
mentalidad de mi querido Kaurismäki cuando
decía que no hay que entender las películas como
caballos de carrera.
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