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ACADEMIA
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Raúl García
Los trotamundos
del lápiz
T
rabajar en animación siempre fue una profesión itinerante.
Los trotamundos del lápiz, animation gypsies, nos llamábamos
por esa necesidad imperiosa de cambiar de país cada dos o tres
años en busca del siguiente largometraje. Y es que dedicarse
profesionalmente a la animación de largometrajes en un país como
España siempre fue un trabajo para locos y temerarios. Por eso
siempre hubo un flujo de artistas itinerantes que saltaron al mercado
internacional. La razón es clara. En España hay talento, mucho, pero
no hay continuidad. Y quien dice en España dice en casi todo el resto
del mundo, donde los estudios de animación se montan y desmontan
según las necesidades de producción de cada largometraje y son muy
pocos los que apuestan –o consiguen- una continuidad laboral.
Es por ello que la atracción de trabajar para grandes estudios
como Disney, DreamWorks o Warner, que aparentemente mostraban
una solidez económica y una continuidad de producción, más que
un sueño siempre ha sido una meta para cualquier animador español
cansado de esa inestabilidad de producciones que van y vienen.
En mi caso, el salto se produjo de forma natural. Empecé a trabajar
en animación en los míticos estudios Filman de Madrid, fundados por
un par de artistas como Carlos Alfonso y Juan Pina. Ambos fueron unos
auténticos pioneros que curiosamente emigraron a Estados Unidos y
Canadá y luego volvieron a España, trayéndose con ellos el trabajo de
allí. Trabajamos así para la productora norteamericana Hanna-Barbera
en series de televisión como Los Picapiedra o Los Pitufos y, aunque el
estudio me proporcionó un aprendizaje profesional invaluable y la
amistad y el calor de un grupo increíblemente bueno de profesionales,
mi corazón tenía claro que quería ser parte de algún largometraje de
animación. Bueno, para ser sincero, lo que mi corazón me decía es que
quería trabajar en largometrajes de Disney. Ese era mi sueño cuando
tenía 19 años, sin ser consciente de mis limitaciones como artista.
Eran tiempos analógicos en los que la animación tradicional se
hacía con papel y lápiz, y en los que más que un trabajo "real" la
animación se consideraba una anomalía y, por tanto, el grupo de
profesionales dedicados a ello en Europa o en el mundo no era ni
demasiado numeroso ni especialmente considerado. Por ello, cuando
surgió la oportunidad de dar vida a Asterix en un largometraje de
animación en París, no lo dudé ni un momento y crucé la frontera
para formar parte de ese pequeño grupo internacional "de élite"
dedicado a realizar largometrajes de animación en un momento en el
que si se estrenaban dos filmes de animación al año en las carteleras
mundiales era todo un logro. Fuimos los primeros españoles en
conquistar Europa. Allí se me sumaron Ángel Izquierdo, Matías
Marcos, Manuel Galiana y Julio Díez, formando esa avanzadilla
internacional que luego forjaría grandes
animadores a su vuelta a España.
Ese momento fue definitorio para mi salto
a EE. UU. Cuando la producción de Asterix
acabó, fui a Los Ángeles y después a Corea para
trabajar en la versión 2D de Alvin y las ardillas.
Posteriormente volví a Europa, a Dublín, para
formar parte de la producción de George Lucas
y Steven Spielberg En busca del valle encantado
y, de ahí, pasé a trabajar en Londres en ¿Quién
engañó a Roger Rabbit? Fue esa cinta, gracias a
la técnica revolucionaria con la que fue creada
y el Oscar especial que recibió, la que me abrió
las puertas de los estudios Disney y me ofreció
la oportunidad de formar parte de esa segunda
época de oro de la animación trabajando en filmes
como Aladdín, La bella y la bestia o El rey león.
Fui el primer animador español contratado en los
estudios Disney y junto a la responsabilidad de
estar a la altura de los grandes clásicos con los que
crecí, estaba la responsabilidad adicional de ser el
representante de todo un equipo de profesionales
de la animación española, que ya empezaban
a despuntar por toda Europa. De mi éxito o mi
fracaso dependía la confianza de los estudios
Disney a la hora de contratar a otros profesionales
españoles. La cosa funcionó y Disney comenzó
a contar con más y más españoles en sus filas.
Antonio Navarro en layouts, Oskar Urretabizkaia
en CGI, Sergio Pablos animando... Ya no estaba
solo. La calidad de todos estos artistas abriría más
puertas a otras generaciones. Fuimos pioneros
en un mundo en el que la animación era un gueto
y hemos tenido la oportunidad de participar
del big bang animado. Ahora son cerca de 20 los
largometrajes de animación que se estrenan al
año, y ya es de lo más normal que en cualquier
producción de Hollywood haya un nombre
español. Tenemos talento, tenemos iniciativa y
el mundo es nuestro. Pero hubo un tiempo, hace
ahora muchos años, que alguien tuvo que abrir
camino y fue todo un honor recorrer ese trecho.
•Raúl García es animador y director.
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