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ACADEMIA
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¿Quién se hará con la pantalla global?
AntonioBanderas
Tribuna
E
n el año 1984, invitado por la Dirección General de Cinematografía,
tuve la oportunidad de viajar a Nueva York por primera vez. Desde
el momento en que el coche que me había recogido se introdujo
en las rectas y largas calles de Manhattan; desde el momento en el
que me asomé a la ventana de mi hotel y decidí lanzarme a la calle, me
di cuenta de que todo me era familiar, reconocible, casi mío.
Paseando, me topé de frente con Tiffany's, y frente a su puerta en
la Quinta Avenida recordé a Audrey Hepburn, su elegancia natural
sincronizada con la melodía de "Moon River". Allí estaba el Empire
State Building al que trepó King Kong en aquella primera y creativa
versión en blanco y negro, dirigida por Cooper y Schoedsack, o las
típicas escaleras de incendio que fueron testigo de amores y luchas
raciales y por donde se derramaba la poderosa partitura de Leonard
Bernstein en West Side Story.
Manhattan era y es un plató cinematográfico y, de alguna manera,
sentí una tremenda atracción hacia la posibilidad de trabajar en él.
No fue hasta siete años más tarde cuando esa posibilidad se hizo
realidad, cuando tras muchas pruebas y audiciones, se me ofreció el
personaje de Néstor Castillo en la película Los reyes del mambo tocan
canciones de amor.
Tras de mí quedaban un buen puñado de películas españolas, que
me habían dado experiencia y que me habían permitido dotarme de
una cierta seguridad. Entre aquellas películas se encontraban las cinco
que había realizado bajo las ordenes de Pedro
Almodóvar, que ya en aquellos momentos se había
convertido en uno de los directores preferidos
de la industria cinematográfica norteamericana.
Era este un amor que nunca llegó a materializarse
en términos prácticos. Es decir, a pesar de las
muchas ofertas que el director manchego recibió
de Hollywood, ningunas de sus películas han sido
producidas por la industria de aquel país, pero
yo confieso haber sentido el calor que despedía
esa admiración hacia Almodóvar, pues allí se
me consideraba parte de su halo, del aura de
modernidad y ruptura que representaba y sigue
representando Pedro. Esto me abrió muchas
puertas y me brindó muchas oportunidades.
Desde que comencé a trabajar en la industria
norteamericana hasta nuestros días, las cosas han
cambiado mucho. El Hollywood al que yo llegué
todavía seguía siendo un lugar de difícil acceso
para la comunidad hispana, y ni que decir para los
españoles, que en aquel momento prácticamente
no existíamos en aquel contexto. Sin embargo, se
podía entrever que algo comenzaba a moverse, y
quizás estos movimientos no se producían solo
en la industria cinematográfica sino en otros
ámbitos de la enorme y multicolor sociedad
norteamericana.
Década tras década el trabajo duro,
perseverante e incansable de una comunidad
latina que había ido llegando a Estados
Unidos desde sus países de origen por causas
económicas, sociales y políticas adversas, se
había ido consolidando y comenzaba a recibir un
reconocimiento social que de una manera u otra
"Hollywood
ya no es un lugar,
es una marca"
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