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“Montar conPepe fueun lujodesdeel principio. Yunvicio
de los que crean hábito. No solo es un técnico que domina a
la perfección tanto el montaje clásico como el moderno, sino
que puede llegar a solucionar problemas en principio irreso-
lubles, como montar planos que no se han rodado”, relata
el cineasta Pedro Olea, que recuerda que en El maestro de
esgrima faltaba un plano clave para una escena de acción.
“No lo había rodado, claro, y el decorado se había desmon-
tado. Pepe, saltándoseun raccordque hubiera escandalizado
aunmontadormás convencional, solucionómágicamente el
problema sacando de su chistera un plano trampantojo de la
misma secuencia. Funcionó perfectamente y nadie lo notó.
Lo del lujo de trabajar con Salcedo es por cosas como esta y,
sobre todo, por su dominio del rigor y del ritmo cinemato-
gráfico. Y por su sorprendente capacidad de trabajo. No sabe
negarse a quien pide su colaboración y puede montar varias
películas a la vez –lo normal en él ha sido una por la mañana
y otra por la tarde–, sin perder detalle de ninguna y sacando
el máximo partido de todas”, cuenta.
Olea conoció a Salcedo a través de Eloy de la Iglesia –era
montador suyo y también de José Luis Borau, Gutiérrez Ara-
gón, Pedro Almodóvar…–, y el clima “relajado y divertido”
que Salcedo creaba en el trabajo le parecía envidiable. Desde
Akelarre al inédito telefilme La conspiración, Salcedoha ejer-
cido su complicidad a lo largo de siete largometrajes en los
que Olea ha participado como director y en dos como copro-
ductor, “aportando siempre un gran sentido del humor, tan
necesario en una fase de la producción que tiene bastante
de claustrofóbica y que él convierte casi en un picnic a pleno
sol. Por encima de su calidad de montador, Pepe es un tipo
sensacional. Tenerle como montador es eso: puro vicio”.
Olea cita a Orson Welles, que solía decir que el cine es
el mejor tren eléctrico que le pueden regalar a uno. “Tam-
bién ese tren eléctrico puede aparecer en la sala de montaje,
donde cobra sentido el oficiodel cómplice perfectodel direc-
tor: elmontador. Pepe,muchas gracias por haber compartido
conmigo tantas veces esa sala del tren eléctrico que ha sido
siempre tu montaje”, destaca.
Un ejemplar único
Montador por excelencia de Pedro Almodóvar, que ha
contado con este veterano técnico en todas sus obras desde
Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón hasta Julieta, Sal-
cedo ha compartido su larga carrera con Agustín Díaz Yanes,
Jaime Chávarri, Gonzalo Suárez, Manuel Gómez Pereira,
Santiago Tabernero, Daniel Calparsoro y Buñuel, con el que
comenzóde ayudante enTristana. Una extensa lista en laque
figuranYolandaGarcía Serranoy JuanLuis Iborra, con los que
elmontador colaboró en la que era suprimera película detrás
de la cámara, Amor de hombre. “Lo primero queme sorpren-
dió fue su respetohaciaunos directoresnovatos e inexpertos.
Nos trató como si tuviéramos una larga trayectoria, pero ante
nuestros nervios nos dijo que no nos preocupáramos porque
si él veía que faltaba algún plano, como iba revisando el ma-
terial a diario, nos lo diría para arreglar el entuerto. ¡Y anda
que no ha solucionado errores nuestros de novatos! Desde
el primer día, tuve la sensación de que tras esos ojos tristes
y gamberros a la vez, se encontraba un hombre de inmensa
personalidad. Y nome equivocaba. Me fascinan su profesio-
nalidad, su sentido del humor y su discreción. Jamás hace
comentarios sobre los directores con los que trabaja, como
mucho algún halago esporádico, y eso te da confianza”, re-
memora García Serrano.
La directora, guionista ydramaturga conecta con la gente
que tiene sentido del humor ácido, “así que con Pepe fue
fácil. Nos llamaba Telma y Juan Luis”, apunta, y solo tiene
elogios para esteprofesional nacidoenCiudadReal “que sabe
todo sobre su profesión. Era un placer verle montar nues-
tra película en moviola, con la delicadeza de un cirujano
haciendo un trasplante. Y nos hacía propuestas de montaje
para que diéramos nuestra opinión. No le importaba lo más
mínimo montar un plano, deshacerlo y volverlo a montar.
Su equipo trabajaba con él con una precisión que me dejaba
boquiabierta. Es único para crear un ambiente distendido
con el equipo, pero con un rigor exquisito. Y cuando hubo
que montar en el ordenador, lo hizo como si los secretos del
montaje no se pudieran esconder detrás de un sistema digi-
tal”, apunta.
Salcedo ganó para siempre a García Serrano. Se cayeron
tan bien que en la siguiente cinta que hizo con Iborra, Km. 0,
el montador hizo un cameo como taxista. Otros directores se
lo habían pedido antes y se había negado “porque es muy tí-
mido. Connosotrosbastóun: Pepe, por favor, nosgustaríaque
salieras”, cuenta la cineasta, que ha compartidomuchas risas
ymuchos cigarros con Salcedo. “Ahora los dos hemos dejado
el tabaco, por suerte. Y como también tenemos una hija única
cada uno, de edades aproximadas, compartíamos orgullosos
sus logros, sus carreras, sus vidas profesionales después...
Además, hemos sido vecinos muchísimos años, así que nos
veíamos fuera del trabajo, para comer, charlar, reír”.
A Yolanda García Serrano también le llama la atención
la humildad del montador. “Podría ser un ser vanidoso. Es
“Es único para crear un ambiente
distendido con el equipo, pero con un
rigor exquisito”
yolanda garcía serrano
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