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E
ste verano hemos estrenado coche y la verdad es que su puesta
de largo llegó muy pronto, en apenas una semana; justo cuando
nuestra hija pequeña vomitó hasta los potitos de su época
de bebé. Teniendo en cuenta que Lucía acaba de cumplir cinco
años, no resulta difícil imaginar el aspecto de la nueva y flamante
tapicería: había más mierda que en la cueva de Las brujas de
Zugarramurdi. Podía haberme acordado de Álex de la Iglesia justo
en ese momento, con la niña en bragas en mitad del monte y su
padre bajando santos del cielo a una velocidad de vértigo. También
podía haber pasado por ahí un Resines de la vida con la moto de
Amanece que no es poco, porque estoy seguro de que a Cuerda le
hubiera entusiasmado la escena. Pero no, a solo tres kilómetros,
en un diminuto pueblo del valle valenciano de Gallinera, se nos
aclaró cualquier duda sobre la deriva cinematográfica de aquella
peripecia. Justo al entrar por la única calle transitable, con un
calor del carajo y en plena fiesta mayor, con las ventanillas bajadas
para la misión imposible de ignorar el hedor del vómito, ahí nos
dimos de bruces con una banda de música. ¡Qué momento! Se
abalanzaron sobre nosotros compactos y disciplinados como
una centuria romana. No tuvimos otro remedio que retroceder;
una retirada a tiempo es una victoria. Y fue entonces cuando
identifiqué sin ningún género de duda el universo al que nos
habíamos incorporado: ¡el de Berlanga, eso era una película de
Berlanga en estado puro! Mi mujer me miró y estallamos en una
sonora carcajada; los músicos no entendían nada, y no me extraña,
pero el pestazo se nos hizo más soportable.
Si exceptuamos una tarde de desasosiego con la
magnífica Dunkerke y el obligatorio peaje de Cars 3,
esta ha sido mi principal relación de este verano con
el cine, la gran experiencia. Y me apetece contarla
porque de verdad me imaginé que podíamos estar
dentro de una película de Berlanga, que también
podía ser de Fernando Trueba, o de Almodóvar,
claro. Cualquiera de ellos –y otros y otras– son
retratistas de la vida, contadores de historias
que nos pueden hacer reír –como es el caso– o
llorar; cabrearnos, removernos, incomodarnos,
sorprendernos, emocionarnos… y eso tiene un
mérito acojonante. Y son solo la punta del iceberg.
Por eso estoy orgulloso de que el cine español haya
dejado o esté dejando atrás complejos y prejuicios,
internos y externos. Yo los tuve; y no niego que
existiera base porque, por ejemplo, la época de las
‘españoladas’ no es precisamente para sacar pecho.
Y la defensa de nuestro cine basada exclusivamente
en argumentos patrióticos también me da una
grima enorme. Pero hay mucho más, muchísimo, y
tanta cosa buena… Solo propongo que el juicio sea
imparcial, no sumarísimo. Por eso, cuando todavía
escucho a alguna gente hablar en esos términos
despectivos, todo me huele a rancio, a antiguo, a
prehistoria. Casi que prefiero el vómito de Lucía.
Carles Francino
Premio Alfonso Sánchez 2017
Lucía y el vómito, una historia de cine
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