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ACADEMIA
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Manuel Muñoz Rivas
explora
El mar nos mira de lejos
El mar nosmira de lejos
es su primer largo y, tras su exhibición
en Berl n, concursa en Sevilla, su ciudad.
Poder estrenar en la Berlinale fue un muy buen comienzo
para la andadura de la película, y de cara al estreno nacional,
la sección oficial del Festival de Sevilla nos pareció tanto a mis
productores como a mí la mejor opción de las deseables. El
SEFF es un termómetro de lo que semueve en el amplio espec-
tro del cine de autor europeo, y al equipo del festival hay que
reconocerle el mérito de que ha sabido conectar con la ciudad
porque las salas se llenan, y eso es una alegría.
El mar…
es un documental ficcionado, ¿hasta qué punto se ha
apoyado en su experiencia comomontador?
La sala de montaje es un lugar privilegiado desde el que
pensar el cine. Tiene algo de taller o laboratorio de experimen-
tación, donde se ensayan hipótesis, se juega, se busca y se en-
cuentran soluciones. Y hay un tipo de revelación o de asombro
muy particular que cualquiera que haya trabajado mínima-
mente con montaje siente que tiene que ver con el tiempo, el
tiempo comomateria prima,maleable. Tanto el propio espacio
(oscuro, silencioso) como la dinámica del trabajo (solitario, re-
flexivo) favorecen ese ‘pensar el cine’, es decir, pensar su sin-
taxis y su relación con la vida. Mi experiencia como montador
me asiste a la hora de pensar cómo filmar una escena, tratar
de imaginar o sentir por anticipado el tiempo interno de una
secuencia, decidirme sobre la pertinencia de respetar la unidad
temporal de una escena o sobre el tipo de desglose con el cual
‘fabricar’ su duración.
¿Qué le llamó la atención de esa playa en el sur de España y de
sus habitantes para ponerse a rodar?
Siempre me gustaron mucho, plásticamente, las cabañas
de pescadores que hay en la zona protegida de Doñana. Son
una rara excepción, pues en kilómetros y kilómetros de dunas
y costa, son la única construcción humana visible, y tienen
un cierto aire romántico que me seduce. Los hombres que
las habitan también me gustaron por su manera de estar en el
mundo, su resistencia, su singularidad.
Quizá se trata sencillamente de esto, de filmar personas y
lugares que te gustan. Por otra parte, leí los escritos de varios
arqueólogos que, desde hace ya un siglo, han recorrido esta
zona buscando vestigios de una supuesta antigua ciudad
perdida, Tartessos. Yme pareció bonito pensar en estos pocos
hombres de mi película, que viven hoy en el lugar, un poco
aislados oen losmárgenes, comoguardianesdeunamemoria, o
mejor aún, deuna fantasía, que ellosmismos ignoran. Todo ese
litoral quepertenece aDoñana tieneunaspectodesértico, pero
al afinar la mirada se descubren trazos, huellas de gentes o
cosas que estuvieron ahí en algún momento. Y algo de esto
hemos hecho con la película, una exploración del territorio,
caprichosa, azarosa, siguiendo pistas, huellas, evocando
ausencias o prestando atención a presencias fugaces y a
vibraciones sensibles del propio paisaje.
¿Entiende el cine comounamanera de acercarse a la realidad?
Más bienyodiríaque es unamanerade ‘estar’ en la realidad,
o de ‘estar conmayor intensidad’ en la realidad. Me parece que
en lo profundo del deseo de hacer cine hay algo de esto, un
deseo de inmersión, de contacto con las cosas, deseo de perte-
nencia también, de comunión. Es un deseo que por lo demás
suele quedar insatisfecho, pues la paradoja es que el acto de
mirar, la distancia de la contemplación, te sitúa ante el mundo
como testigo. Es compleja y fascinante la pregunta de cómo
resolver o superar esa paradoja o tensión, entre el contemplar
y el estar en las cosas. Sea como sea, supongo que el cine nos
permite ver mejor.
Mientras hacía El mar… siempre tuve la impresión de que
la película no debía de estar al servicio de la realidad, sino al
contrario, la realidad como materia prima maleable al servicio
de la creación de algo nuevo.
El mar nos mira de lejos
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