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ACADEMIA
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Fernando Rey, un caballero
frecuencia que presencia es caballero. “Fer-
nando era un caballero, algo que ni antes ni
ahora es frecuente. Un hombre educado,
siempre equilibrado, sin excesos. Al mismo
tiempo era fascinante, porque representaba a
esa burguesía republicana que nunca existió.
Conservó las esencias de la esa cultura”, re-
flexionaGarcía Sánchez; y coincideGutiérrez
Aragón. “Él era un caballero, un hombremuy
educado que se hacía querer en los rodajes.
Nunca protestaba por nada. Hacía todo loque
se le pedía, nunca daba problemas”.
Ni a los directores, ni a sus compañeros
actores ni a los técnicos. “Era cojonudo, ma-
ravilloso”, recuerda Juan Diego, con el que
compartió planos en Pasodoble, “me acuerdo
de que, cuando rodábamos enCórdoba, en los
descansos nos contaba anécdotas de Buñuel.
Antoñita Colomé, que era como un rabo de
lagartija, no paraba, y Fernando le decía: ‘te
quieres estar quieta, ¡no paras!’ Había unas
discusiones muy bonitas entre los dos. Era
muy bondadoso, muy entrañable, muy profe-
sional”. “Cuandome encuentro gentedel cine
que trabajó conél, loprimeroquemedicenes:
tupadre erauncaballero”, explicaCasado. “Él
comprendía el cine comouna obra conjunta, a
mí me hablaba con mucha admiración de los
técnicos, de los eléctricos, losmaquinistas…Y
de hecho se llevaba fenomenal con ellos, eso
lo veía yo en los rodajes”. Y remata de nuevo
Juan Diego: “Más que caballero, que para eso
necesita caballo, yo destacaría su bondad. Lo
solidario, lo tranquilo que era. Un tipo muy
afable”.
De pantalla adentro, su educación es casi
legendaria. Para el resto del mundo, “quedan
las películas, las que hizo con Buñuel sobre
todo. Su personalidad impregnaba todos los
personajes que hacía. Tenía un sello propio”,
concluye Gutiérrez Aragón. “Murió hace casi
25 años, pero para algunas cosas parece que
hayanpasadodoscientos”, se lamenta suhijo.
“Hablo con gente joven, joven de menos de
35, y no saben quién es. Se ha perdido un po-
quito su memoria. Me parece que quizás es
un problema inherente a la idiosincrasia de
este país, pero yo no creo que sea recordado
como se merece”. Juan Diego apunta: “Para
que perviva un recuerdo hay que avivarlo.
Queda su trabajo, su filmografía, y la memo-
ria de los que trabajamos con él. Yno creoque
haya nadie, ni en España ni en el extranjero,
que no pueda decir que era un gran profesio-
nal, un gran actor y una gran persona”.
“Yo quería ser algo queme llevara lejos”, reconocía el mismo intérprete en la
entrevista que concedió a Pascual Cebollada para su libroFernandoRey. Algo que
consiguió, aunque quizás más tarde de lo que le hubiera gustado. “Se quejaba de
que todo le había llegado tarde”, explicaGutiérrezAragón, “Buñuel le llegó tarde,
cuando ya era mayor; el éxito internacional también, cuando ya era viejo… Y lo
mismo cuando hicimos El Quijote. Porque Fernando Rey era una figura más bien
fuera. En España, aunque era un actor muy conocido, no era un actor popular”.
La duda como herramienta
Las cumbres profesionales le llegaron tras décadas de subida en las que cono-
ció todas las caras del trabajode actor, y en las queReypuso rostro a la propia evo-
lución del cine español. De las pomposas producciones historicas de CIFESA de
los años cuarenta a las comedias de los cincuenta, la primera etapa de su carrera
le marcó con un sentimiento de inseguridad hacia el futuro que no le abandonó
jamás. Casado lee una carta de su padre a Buñuel fechada el 6 de mayo de 1970.
“HablandodeTristana, en laque su interpretaciónestaba cosechandomagníficas
críticas, le dice a Buñuel: ‘yome voymañana aMadrid. Estoy parado, pero espero
que el futuro seme arreglará’. Ni siquiera en esemomento tenía tranquilidad”. Él
mismo confesaba: “Yo llevaba ya veintidós años en los platós, pero solo a partir
de Viridiana supe que lo mío en el cine no era provisional…Hasta entonces, era
actor porque las circunstancias me lo habían hecho”.
Ese temor de intruso lo incorporó a su trabajo. “La inseguridad, la duda, no le
perjudicaban sino que le beneficiaban, las utilizaba en su trabajo, y en la vida dia-
ria”, comenta Casado. Para José Luis García Sánchez, que le dirigió en Pasodoble,
“Fernando, senso estricto, no era un actor, como tampoco lo era Fernán-Gómez.
Eran ellos en la pantalla, narrando un personaje, que lo hacían estupendamente.
El que sí fue actor, al final, fue Paco Rabal: se convertía en otro. Pero ninguno de
los dos ‘fernandos’ hacía elmenor esfuerzode convertirse enotro. Con supresen-
cia arrolladora bastaba”. Algo en lo que coincide Gutiérrez Aragón: “Contó con el
cariñode la gente, quemás que ver a sus personajes veíanal propioFernandoRey,
como otros actores de esa época. El cine español siempre ha sido muy criticado.
Los temas, lo que hacemos, lo que no hacemos…Pero, en cambio, con los actores
el público siempre ha sido generoso”.
Surge una de las palabras que se transparentan casi siempre detrás de las
sílabas Fernando Rey: la presencia. Su hijo, testigo privilegiado, reconoce que
“le veo caminar en las películas, y el tío tiene una elegancia alucinante que ya
la quisiera para mí. Nada de eso es preparado. En casa, o cuando iba por la calle,
era igual”. “Era un hombre alto, de buena presencia”, expone Gutiérrez Aragón,
“tenía el complejo de los mofletes, pero como se dejaba barba lo disimulaba. A
nivel internacional sus armas fundamentales fueron su presencia física y apren-
der inglés, que otros muchísimos no lo hicieron”.
Conexi n inglesa
El inglés lo aprendió siguiendo un consejo de Edgar Neville, y resultó funda-
mental para lograr su gran éxito internacional, The French Connection, cuando
según la leyenda le llamaron confundiéndole con Paco Rabal, que no lo hablaba.
Insufló al idioma su inconfundible timbre. “Fernando tenía voz de cultura.
Cuando decía occidente, sonaba de verdad a occidente. Cuando lo decía otro,
sonaba conzeta”, explicaGarcía Sánchez. Laúnica voz que, por contrato, doblaba
a LawrenceOlivier oquenarróBienvenido,MísterMarshall podía ser temible. “No
gritaba cuando se enfadaba”, explicaCasado, “simplementehablabaunpocomás
alto y yome queríameter debajode losmuebles. Le recuerdoun gesto. Inflaba las
aletas de la nariz y ahí yo me echaba a temblar”.
Algo que probablemente nunca experimentó ninguno de sus compañeros
de rodaje. Porque la única palabra que brota alrededor de su recuerdo con más
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