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ACADEMIA
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L
omalo de las películas perdidas es que se olvidan. El cine español, que practica
con deportividad esta desmemoria, está plagado de joyas aún por reivindicar,
a veces incluso filmografías completas como la de Cecilia Bartolomé (Alicante,
1943), cineasta brillante y feminista con menor suerte en los manuales del Nuevo
Cine Español que sus colegas varones. Cuando lo cierto es que, solo Margarita
y el lobo (1969), mediometraje que la directora dirigió como práctica final de la
Escuela Oficial de Cine, merecería un libro entero. Presentada por su director a
la censura oficial –en vez de a la censura interna de la institución, menos dura–,
fue secuestrada antes de ver la luz y supuso la inclusión de Cecilia Bartolomé
en la lista negra del Régimen, no pudiendo volver a dirigir hasta nueve años
después (Vámonos, Bárbara, 1978). Quienes consiguieron verla antes de su
secuestro –José María González Sinde y Huarte, por ejemplo–, lucharon sin éxito
contra la censura para convertirla en un largometraje. Es más, la cinta estuvo a
punto de viajar clandestinamente a París, donde se hubiese estrenado junto a un
mediometraje de Agnès Varda, algo que hubiese supuesto el exilio definitivo de
la directora. Por esto y porque el filme era propiedad de la EOC, Margarita y el
lobo se quedó en Madrid y, poco a poco, fue cayendo en el olvido.
Pero, ¿qué tenía la película para merecer esta suerte? En la España del fran-
quismo, absolutamente todo. Para empezar, era la historia de una separación enun
país en el que el divorcio estaba prohibido. Además, era una sátira que ridiculizaba
a las clases pudientes afines al Régimen, caricaturas de la seriedad y el buen hacer
de los vencedores de la guerra, tan seguros de símismos y de su superioridad como
clase social. Sobre todo, era una defensa a ultranza de la libertad de la mujer en un
momento en el que lo único que se esperaba de ella era que fuese un cándido ángel
del hogar. Una libertad, por cierto, de la que la propia Bartolomé hacía gala no solo
en el contenido de su película sino también en la forma.
Siguiendo la estela operística de su corto Carmen de Carabanchel, Bartolomé
estructuraba sus denuncias de una España absolutamente obsoleta en forma de
musical. Nada en la película, ni losmomentosmás pretendidamente dramáticos –la
separación, los intentosdelmaridopordemostrarleaMargaritaquecarecede talento
artístico…– escapaba al humor, al esperpento y a las letras absolutamente irónicas
de una banda sonora que despuntaba en temas como Credo ibérico o Caperucita.
Además,Margaritahablabaa cámara rompiendo la cuartaparedypotentísimas imá-
genes de archivo se intercalaban en una acción que presentaba desordenadamente
los hechos de la novela de Christiane Rochefort en la que se inspiraba.
Probablemente, no exista un filme tan moderno y radical como Margarita y
el lobo en el cine español hasta Después de…, el díptico documental que la propia
directora dirigió con suhermano en la Transición (y que también fue secuestrado).
Por mucho empeño que pusiese la censura franquista en hacerla desaparecer, esta
maravillosa ópera prima está ahora al alcance de cualquiera que quiera verla en
un Vimeo abierto colgado en internet (
. Así es Mar-
garita y el lobo, al fin y al cabo, una película perdida y olvidada, pero sobre todo
inolvidable.
• Andrea G. Bermejo es redactora jefe de Cinemanía
AndreaG. Bermejo
| ¿Quién teme a la loba feroz?
Margarita y el lobo,
de Cecilia Bartolomé (1969)
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