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ACADEMIA
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En memoria de Joan Potau, excelente guionista y mejor persona
A
veces, ver por primera vez una película retrotrae a experiencias olvidadas,
sepultadas tras las miles de horas de películas a que sometemos a nuestras cada
vez más cansadas retinas. Viendo recientemente La librería, la última creación
de Isabel Coixet, de pronto se hicieron presentes, en tropel, sensaciones enterradas
bajo casi veinte años de olvido. Y se me apareció de repente la tercera película de
Isabel, aquella A los que aman (1998) que tanto amé cuando la vi por vez primera;
y que sigo amando tal vez con mayor fuerza ahora mismo. Porque gran parte de la
inspiración de la adaptación de la novela de Penelope Fitzgerald ya estaba ahí, en la
granrevisitacióndelRomanticismoquesuponeestahistoriadeamorescontrariados,
esa reflexión sobre el precio que ha de pagar la pasión cuando sematerializa. Está en
el paisaje, que Paco Femenía fotografía buscandomaterializar la obsesión de Néstor
Almendros, esa “luz lógica” en cuya búsqueda tanto se afanó el hispano-cubano. El
paisaje como contenedor (más aún en A los que aman: hay mucho Caspar Friedrich
en esos inmensos espacios abiertos por encima de los personajes, en esos cielos
llenos de cúmulos), pero también como amenaza, como en la tormentosa secuencia
junto al río, esa confesión entre una Matilde enferma de amor traicionado y ese
doctor que la ama en silencio desde niño.
También están los libros, claro. Los libros como excusa vital, como refugio.
Y de una manera más radical aún que en La librería, en la que son origen y
final de todas las vicisitudes de la protagonista, Florence. Aquí los libros son la
inspiración y el motor del comportamiento de todos los personajes (empezando
por ese Stendhal que jamás se menciona, pero que tanto tiene que ver, en sus
teorizaciones sobre el amor, con la trama y el diseño de los protagonistas). Pero
también el terrible refugio, como ocurre con La divina comedia, ese territorio en
el que Jonás, (vaya nombre para un no-aventurero), decide irse literalmente a
vivir para intentar olvidar el momento en que fue cobarde y consintió la muerte
de la joven asediada por los cazadores (y la razón, igualmente, por la que decide
emascularse: hay soluciones más radicales que el olvido para expiar la inacción).
Y está también el futuro, representado en ambas por sendas niñas sabias, y
pelín malvadas: cada una a su manera, tanto la Christine de La librería como
la Armancia de A los que aman serán portadoras de un secreto que se llevarán
consigo. Un secreto que en el primer caso no parece que haya hecho más que
bien en la portadora, mientras que en Armancia se hace interrogación abierta:
tras actuar como involuntaria servidora del destino trágico, ¿vivirá una vida
plena haciendo lo contrario que su hermana, ver mundo, conocer las ciudades?
Sobre eso, como sobre otros aspectos de esta historia de historias que es el tercer
filme de Coixet, nada sabremos. Seremos nosotros los impelidos a imaginar
continuaciones. De la misma forma que será solo nuestra responsabilidad el
asumir o no que el único amor posible es el nunca consumado, como ocurre
también en La librería. O que el camino del matrimonio es la senda más segura
para el engaño… y la muerte.
• M. Torreiro es crítico, ensayista y profesor
M. Torreiro
| Ecos lejanos
A los que aman,
de Isabel Coixet (1998)
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