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10/04/2014 | Noticias

Imperfectas, precarias e inexplicables, las películas de David Trueba espectador

Imperfectas, precarias e inexplicables, las películas de David Trueba espectador

©Enrique Cidoncha

El director y guionista lamenta que el cine no esté a la altura de la pintura y la arquitectura

Ameno y dinámico. Así fue el coloquio que protagonizó David Trueba en la Academia tras el pase de El último caballo, una de las siete películas que el director y guionista madrileño escogió para su proyección en la institución porque forman parte “de mi memoria, de mi formación como espectador”. El público disfrutó con los comentarios, historias y explicaciones del autor de Vivir es fácil con los ojos cerrados, que se alzó con seis de los siete Premios Goya® a los que aspiraba en la última edición de los galardones.

Contó el menor de los Trueba que hizo una lista y salieron las películas Vida en sombras, Viridiana, Historias de la radio, Queridísimos verdugos, Epílogo, El último caballo y Suspiros de España (y Portugal). “La elección siempre es aleatoria porque tiene que ver con tu memoria, el momento en que las vistes… A veces, vuelves a ver una película y no es lo que tú recordabas como cuando la descubriste por primera vez”.

El realizador también apuntó que, además, el espectador español tiene “una dificultad añadida porque parte de un material precario, poco conocido y poco considerado. Uno va al Prado a observar un cuadro de Velázquez y sabe que está ante una obra maestra respetada en todo el mundo”.

Conoció su ciudad “y lo que pasaba en España” en el cine de barrio en el que pasó horas y horas, tiempo en el que le atrapó “el ingenio y los diálogos” de Edgar Neville, al que calificó de ‘Capra madrileño’. “Tenía 14 años cuando vi por primera vez El último caballo y me pareció tan bonita… Eran geniales Fernando Fernán-Gómez, Conchita Montes, José Luis Ozores…; y Vida en sombras, entre otras muchas películas españolas “cuyo estado de conservación es lamentable. El patrimonio del cine no está a la altura de la arquitectura. Por ahora, no creo que dejen que se caiga la Catedral de Burgos, pero nuestras pequeñas catedrales cinematográficas sí que caen”.

Y tras la pintura y la arquitectura, la ingeniería. David Trueba siempre ha sido consciente de que dedicarse al cine “no era lo mismo que ser ingeniero, una profesión muy desarrollada en España, mientras que el cine siempre ha sido una pelea a brazo partido por querer hacer lo que querías”, destacó este espectador de películas “imperfectas, precarias e inexplicables”.


Por los cuentos infantiles

Siguiendo su instinto, se ha formado un gusto cinematográfico que también le influye a la hora de rodar. “Cuando miro el agujero está todo lo que forma parte de mi vida, pero no tengo referencias directas, sino que presto atención a lo que quiero contar y cómo voy a ponerlo en imágenes. A los actores y a los técnicos nunca les doy indicaciones directas, les facilito elementos que tienen que ver con el espirítu de la película como un libro, una canción…”.

No copia películas, pero sí transcribe novelas y el orden de las secuencias de guiones, un método que recomendó a los futuros escritores y cineastas. “Traduje al inglés sin mirar el original ‘El guardián del centeno’ y luego cogí la obra original y me di cuenta del orden de las palabras, la musicalidad. También reproduzco el orden de las escenas de los guiones, así me di cuenta que El verdugo es la historia más económica que he visto: 24 secuencias bien puestas en una películas para la historia”, indicó el realizador, cuyo paso por el American Film Institute sólo le sirvió para “consolidar más la visión industrial del proceso de escribir un libreto”.

Y es que David Trueba empezó en el oficio de una manera “infantil: escribiendo cuentos. Fuí el último de los ocho hijos que quedaba en casa todavía. Mis hermanos venían del colegio y contaban cosas terribles de una profesora, que si a un chico le había pegado, que no dejaba a los chavales ir al baño… Una imagen terrorífica. El primer día que me llevó mi madre al colegio me puse llorar como todos los niños felices porque intuía un secuestro institucional, y sale esa profesora y, claro, mi lloro se convirtió en sollozos porque dijo ‘el único que me faltaba’. Viendo cómo estaba, mi madre dijo que regresaríamos al día siguiente, y esas 24 horas se transformaron en ¡cuatro años! Volví sin saber leer ni escribir, y mis hermanos empezaron a decirme que si les escribía un cuento me lo compraban”, evocó.


Ligereza y naturalidad

El dinero fue el impulso para coger lápiz y papel, y encontrar “el vehículo perfecto para mis aficiones. Lo pasaba bien contando historias, luego hice cortos, guiones para otros y un día me dijeron que por  qué no dirigía…”, relató el cineasta, que encuentra que Viridiana “es una historia perfecta”; La vida por delante, “una comedia como las mejores comedias americanas”;  La mujer del panadero, “una obra maestra mundial”; y que admira “la ligereza y naturalidad” de los filmes de Renoir, “unas sensaciones que parecen muy fáciles de transmitir, pero que exigen un gran esfuerzo “porque el cine es un aparato que llega una mañana y destruye toda la verdad”.

Busca recuperar esa autenticidad en sus filmes, y por eso le gusta mucho trabajar con “gente que no ha hecho nada en el cine –caso de Natalia de Molina en Vivir es fácil con los ojos cerrados–“, expone el también novelista y mal espectador de sus largometrajes “porque me da vergüenza ajena. Pasa el tiempo y tienen algo de arqueológico. Es como cuando miras el álbum familiar y aparece tu foto con 14 años y piensas, ‘¡Dios mío, qué pintas!’, pero luego te entra ternura y dices, pero ¡es que era yo!”. Eso sí, siempre disfruta con la visión de La silla de Fernando, obra en la que Fernán-Gomez conversa durante dos horas “y como era un genio tan divertido…”.

Le gustaría ser como Woody Allen y rodar una película al año, pero le van surgiendo cosas y ahora tiene entre manos una novela. En la cabeza también tiene el proyecto cinematográfico de ‘la alemana’ –Trueba tiene un título propio para sus películas, a la de Madrid, 1987 la llama 'la del water' y a la de Vivir es fácil… 'la del profesor de inglés'-, “pero todavía no está escrito”.




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