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12/05/2015 | Noticias

La Bardem, una actriz de saga

La Bardem, una actriz de saga

Las intérpretes Pilar Bardem y Berta Ojea pusieron el colofón al ciclo ‘Mujeres que no lloran’

La Bardem no es una actriz que necesite de calificativos. Heredera de una saga digna y conocedora de lo que fueron los cómicos de la legua, sigue a sus 76 años creciéndose cada vez que pisa un escenario. Haya llegado para lo que haya llegado. Y es que de casta le viene al galgo, porque a ella, cuyas abuelas, tías y primas fueron actrices, no le ha quedado otra que ser madre de actores. Conciencia infalible y voz contundente de reivindicaciones con sentido, la intérprete nacida en Sevilla fue la encargada de poner broche dorado, acompañada de la actriz Berta Ojea, al ciclo ‘Mujeres que no lloran’, que hizo pasar por la Academia de Cine a intérpretes y directores para poner en valor el lugar qué ocupa la mujer en nuestro celuloide. Y tuvieron tiempo para compartir experiencias, alabanzas y posturas respecto al “espejo” que debería ser el cine español de nuestra colectividad. “Si nuestra sociedad está más avanzada que nuestro cine, en el terreno de la creatividad, debemos tomar conciencia”, manifestó Ojea.

Dicen que José Luis García Sánchez no podía pensar en otra persona que no fuese Pilar Bardem para encarnar a la filósofa María Zambrano en María querida –“Él declaró que quería hacerme una proposición indecente y yo he de confesar que sabía de la pensadora lo que la mayoría de los españoles sobre ella, casi nada. Todo esto por el desconocimiento en el que se han críado las mujeres de mi generación…”–. Pero nada le impidió ponerse manos a la obra con un guión, “muy complicado porque todo eran pensamientos filosóficos”, y compartió un rodaje capitaneado por García Sánchez, “en el que casi todo eran mujeres”. Se dejó las lumbares filmando y quiso in situ demostrarlo, con movimiento de silla incluído: “Me pasé toda la película sentada en el borde de un sillón y recostada para hacerme pequeñita. Yo había dejado de fumar y La Zambrano no paraba de fumar. Ella no tenía gatos: tenía gatas. Era feminista hasta en eso, debe ser lo único en lo que nos parecíamos”. Berta Ojea quiso resaltar que “pocas veces hay en el cine una conjunción de dos mujeres tan fuertes: María Zambrano alumbró mucho, pero La Bardem también lo hace”.

 

Fue maniquí de Balenciaga y cuando empezó a trabajar como actriz “yo hacía televisión por la mañana, dos funciones de teatro y después un café teatro: dormía hora y veinte. Sólo sumando lo pequeño pude sacar adelante a mis hijos, que me han salido bien hermosos. Ser mujer en aquel momento y separarse daba para hacer una película de terror. Mis vecinas no entendían que una mujer pudiese decirle a su marido: ‘¡Vete!’”. Pero incluso fue más atrás y quiso recordar a las mujeres de su familia a las que ha seguido los pasos –“La tradición viene de La Sampedro, que empezó en el teatro y se murió con la pena de que su padre no fuese a verla. Eran cómicos de la legua, porque no podían entrar en los pueblos… A mi abuela no se la pudo enterrar en sagrado, pero el público amaba a sus actores y empatizaba con ella, esto ahora no pasa. En Madrid hay una calle que se llama Loreto Prado y Chicote, una gran cómica a la que la gente ovacionaba para que repitiese su parlamento”–.

 

La generosidad es otro de los fuertes de Pilar Bardem y por su boca pasan multitud de nombres de compañeros que, de un modo u otro, la han acompañado en el viaje: María Botto –“Sin su complicidad este filme no habría sido posible”–; Fernando Guillén y Gemma Cuervo –“Cuando yo volví de Canarias, ellos decían ‘Que venga Pilar’. ¡Como si fuese yo La Xirgú!”–; Álex Angulo; Lola Dueñas –“Me alegro muchísimo de que mi Lolita me robase el Goya®”; Mabel Rivera –“Le llegó el milagro cuando hizo Mar adentro y estaba a punto de tirar la toalla. Todo el mundo se preguntaba quién era, y es simple: era una gran actriz”–…

 

Y es que, como ella mismo recalcó, los actores se entregan a este oficio “de manera suicida”. Pilar Bardem, después de haber pasado por mucho y haberlo visto casi todo, aseguró que quiere ser “como Asunción Balaguer. Ahí la tienes, a los 89 años, subida al escenario como una rosa de primavera. Debe habérsele metido dentro el espíritu de Paco Rabal y sigue viviendo por y para él”. Su amiga del alma, Amparo Baró, “a la que he llorado mucho”, le solía decir: “Cuéntame una tragedia que me ría”. Ha sido siempre muy graciosa contando los dramas, “porque si nos reímos un poco de lo que nos pasa, los tragos se pasan mejor”.

 

 

Un espejo deformado

 

Y un mal trago para esta dos intérpretes es la situación de las mujeres en su oficio, el del cine. Pilar Bardem se extraña cuando percibe que a los actores “cuando llegan a cierta posición se les llame don o señor, y a las mujeres la”. Y Berta Ojea tiene mucho que decir sobre este tema, porque es de las que cree “que estamos retrocediendo. No sé quién tiene la culpa, pero hay que poner la luz en los datos: hay que empezar a contar que las mujeres tienen una vida propia. El arte, aunque es transformador, puede ser muy conservador y guardar mucho los estereotipos”. La coruñesa quiso también recordar una cita de Hamlet. “’Mostrar un espejo al mundo, ese es el fin del arte dramático’. La cultura es un lugar donde nos reconocemos, como colectivo y a nosotros mismos. Estamos propiciando un espejo deformado y es necesario que la cultura tome conciencia, siempre con la libertad del creador de fondo, pero sabiendo que debemos mostrar todos los colores y las edades de esta sociedad”.

 

Ahí quedan los datos que, entre todas, quisieron subrayar: las actrices cobran menos que los actores, están peor tratadas en los títulos de crédito, forman parte sólo del 20% del elenco, tienen cuatro veces más la posibilidad de salir desnudas…Y fue precisamente Ojea la que reivindicó no tener miedo a las cuotas –“Si algo nos diferencia con estas mujeres como La Zambrano, que eran capaces de partirte el corazón de felicidad, es que nosotras no hacemos meras reivindicaciones sino que tenemos derechos con rango de ley. En la Ley de Igualdad de 2007 se habla en su articulado sobre el compromiso de la cultura de incluir cuotas. En EE.UU. las tienen y muy fuertes: los negros comenzaron a aparecer en cine y televisión cuando el Estado obligó a que tuviesen una determinada presencia. Y es que no es lógico tener un cine que vaya por detrás de la sociedad”–.




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