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15/11/2011 | Noticias

Detras de las cámaras

Detras de las cámaras

Yuyi Beringola, Rafael Martos, Marina Rodríguez, Ramiro Sabell y Tere Montoya, de arriba a abajo.

La Academia premia a cinco profesionales del cine

Una de las caras más visibles del laboratorio Fotofilm, una script, un jefe de eléctricos, una sastra y un ayudante de cámara recibirán el próximo 22 de noviembre un tributo de la Academia y se les invitará a ser académicos asociados. El miércoles 23 de noviembre, a las 18.00 horas, en Club de la Sociedad de Autores y Editores en Barcelona, Judith Colell entregará el premio a Marina Rodríguez, que no puede trasladarse a Madrid para acudir al homenaje. La Junta Directiva ha decidido reconocer a una serie de profesionales de toda la vida que no pueden acceder a los Goya ni al resto de los premios de la Academia porque no han sido jefes de departamento y, sin embargo, llevan toda su vida en el mundo del cine. Tere Montoya, de Fotofilm; Yuyi Beringola, script en activo; Rafa Martos, cincuenta años como jefe de eléctricos, Marina Rodríguez, una sastra de 77 años; y el ayudante de cámara Ramiro Sabell, serán los cinco profesionales “invisibles” reconocidos por la institución en el segundo año de estos premios.

La voz dormida y La piel que habito son las dos últimas películas en las que ha trabajado Yuyi Beringola, que a los siete años supo que quería ser script. “Lo he vivido desde niña porque mi madre –peluquera- y mi padre –foquista- son de la profesión. Estaban rodando un western italiano en Almería y me llevaron. Recuerdo que había un chico como apartado de todo en el que me fijé y le dije a mi madre: yo quiero hacer lo que él. Es decir, ser script”, recuerda.


Dicho y hecho, porque desde que hizo varias películas como meritoria con Isabel Mula, “que me adoptó profesionalmente”, no ha parado. “Soy muy afortunada, he tenido mucha suerte. El premio me ha dado mucha alegría, lo entiendo como un galardón a todo un colectivo, sobre todo a las que nos precedieron”. Beringola cuenta que su oficio consiste en “dar continuidad a la película, que no se note que las secuencias son de diferentes planos. Ahora, con la ayuda del ‘combo’, es más fácil, no es tan laborioso como antes”.


Elaborar partes a los montadores para que éstos sepan “lo que más le ha gustado al director”, es como una criba, y también al equipo de producción –lo que se ha rodado, el número de planos y secuencias, la hora a la que empieza y termina cada día el rodaje–, son también funciones de una script, oficio en el que hay “más chicas que chicos, y no es solo aquí, sino que se da en todo el mundo. Nosotras tenemos más capacidad de organización, y para hacer este trabajo necesitas tener un carácter tranquilo, ser ordenada y curiosa”.


Tiene muy presente el primer largometraje que hizo, La Sabina, –“aprendí mucho con José Luis Borau, que me decía : ‘tú a mi lado, a mi lado”–, pero es incapaz de escoger uno de los numerosos filmes en los que ha participado. “Veo mi currículo y pienso: qué suerte haber estado en esta película, y en esta, y en esta otra…”, confiesa esta profesional de 54 años, que lleva a rajatabla el consejo que le dio una colega inglesa: “Siempre hay que chequear las cosas dos veces”.


“En este país no estamos considerados, aquí no acabamos de cuajar porque los operadores son muy celosos”, afirma Rafael Martos, que durante cinco décadas llevó a cabo las peticiones de directores de fotografía como Vittorio Storaro, José Luis Alcaine, Javier Aguirresarobe… “Hay que hacer el trabajo rápido y limpio, y dar con el punto que te piden”.


Ya jubilado, Martos echa de menos el cine, medio que le ha proporcionado “mucha felicidad y también muchos malos ratos. Es un trabajo nada monótono que me ha permitido conocer a mucha gente y muchos países. Llegué a hacer seis películas en un año”.


Este premio de la Academia se suma a los muchos que recibió en el pasado “el equipo obrero. Este galardón es un acto de justicia. Empecé en el 58 y he conocido a muchos jefes de eléctricos, muchos de ellos pioneros, que no tuvieron ningún reconocimiento”, expone Martos, que recuerda especialmente al director de fotografía Juan Amorós, y la filmación de Tristana, “por la gran persona que era Luis Buñuel”.

 

 

Vidas dedicadas al cine


Desde los 21 hasta los 70 años. Marina Rodríguez, sastra en medio centenar de títulos, ha trabajado a lo largo y ancho del mundo, y recuerda lugares tan emblemáticos y dispares como Kenia, Cuba, Uruguay, Italia o Afganistán. No son escasos, ni poco destacados, los cineastas con los que ha coincidido a lo largo de cincuenta años de profesión: Pedro Almodóvar, Vicente Aranda, Karra Elejalde, Fernando Guillén Cuervo, José Luis Cuerda, Antonio Mercero, Fernando Fernán Gómez, Pilar Miró, Mario Camus, Judith Colell y Orson Welles, entre otros muchos, han dirigido historias en las que sus manos, con ayuda de aguja e hilo, han dado luz a los sueños de los figurinistas con los que ha compartido mucho más que trabajo. “Javier Artiñano e Yvonne Blake son trabajadores de una talla impecable”. Su carrera llega hasta el barcelonés Joa­quín Oristrell, con el que esta costurera del séptimo arte trabajó en su último proyecto cinematográfico, Insconcientes, en el que cosió con pasión para que Leonor Watling y Luis Tosar se sintiesen en los albores del siglo XX.


Ella, que recuerda al Curro Jiménez y a Sancho Gracia con cariño, considera que “para los técnicos siempre es más difícil, si cabe, que para directores y actores”. Asegura no haber tenido un problema con nadie en sus años de profesión y comenta divertida que en los rodajes siempre se decía que “si lo decía Marina, seguro que era verdad”.


Ramiro Sabell ha compartido rodaje con cineastas muy diferentes: desde Schaffner en Patton, pasando por Villaronga en 99.9 y por la novel Ana Belén en Cómo ser mujer y no morir en el intento, y llegando incluso a colaborar mano a mano en las últimas escenas que rodó Pilar Miró en El perro del hortelano. Le apetece volver a rodar, pero con sus amigos, “sentirme en familia en el rodaje de un proyecto ilusionante. Fue bastante notable el cambio generacional que se dio hace diez o quince años; de todos modos, la vida es así y la gente va empujando”.


“Creo que no ha cambiado la forma de hacer cine, sí en cambio los métodos técnicos: ahora, por ejemplo, la sensibilidad de la luz es mayor. Lo que no cambia es la responsabilidad, eso es algo que uno siempre lleva dentro…”. Con estas palabras resume este ayudante de cámara su visión de la profesión y del compromiso con el día a día. Una carrera que empezó en 1960 como ayudante de decoración para, dos años después, pasar a meritorio de cámara, elemento que le ha acompañado, sin dilación, en más de 150 producciones. No se atreve a citar virtudes de unos o de otros pero tiene claro que “cuanto más gente conozcas mejor, a partir de ahí cada uno tiene sus particularidades, pero todo es trabajo”.


Reconoce también que “es de agradecer que la profesión te reconozca, pero el homenaje para mí es que te llamen. La gloria la tengo dedicándome a algo que siempre me ha gustado, y que encima me hayan pagado por ello es un privilegio”.


La vida laboral de Tere Montoya estuvo, si cabe, mucho más detrás de los focos y las cámaras que las de sus cuatro compañeros. Conocida por toda la profesión, se movía por el laboratorio de Fotofilm como si de su casa se tratase asegurando “tener más salidas para los problemas que el mismo metro de Sol. Entraba a trabajar a las siete de la mañana y a las ocho de la tarde no me daba ni cuenta de que habían pasado trece horas. Percibo que ha pasado el tiempo cuando comparo el número de copias que se distribuyen de las películas, si ahora se pueden lanzar quinientas para una superproducción, antes lo normal eran veinticinco o cuarenta”.


Por su memoria pasean infinidad de nombres propios que han brillado en los títulos de nuestra cinematografía década tras década: José Luis Garci, Andrés Vicente Gómez, Gonzalo Suárez, José Luis Alcaine, Fernando Trueba, Enrique Cerezo, al que conoció cuando él tenía 16 años, y Tedy Villalba, al que recuerda con especial cariño porque en 1987 le invitó a la primera ceremonia de los Premios Goya en el Lope de Vega. Asegura preferir a los nacionales, aunque su profesión la haya hecho  coincidir con mitos como Claudia Cardinale o Brigitte Bardot.


A pesar del amor que profesa a su trabajo, llegó al cine casi por casualidad. “En 1965 entré a trabajar en Fotofilm por un amigo. Quizá en aquellos tiempos lo que quería era casarme y ser ama de casa…”. Se muestra agradecida a todos sus compañeros cuando insiste en que “el homenaje me lo han hecho todos los días de mi vida: los detalles que la gente del cine ha tenido conmigo año tras año me han hecho verdaderamente feliz”.


El año pasado, la Academia inició este homenaje a especialistas con largas carreras al servicio de la cinematografía. En su primera edición, este reconocimiento recayó en el ayudante de cámara Miguel Ángel Muñoz, la maquilladora Carmen Martín,el ayudante de dirección José Ramos Paíno, el eléctrico Fulgencio Rodríguez y la técnica de posproducción Marichu Corugedo.




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