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28/10/2010 | Noticias

Diálogo sobre Rosa María Sardá

Diálogo sobre Rosa María Sardá

Texto del dramaturgo Josep M. Benet i Jornet para Rosa María Sardá, con motivo de su Medalla de Oro

Foto: Marino Scandurra

-Hola a los presentes. No estamos aquí para explicar quien es Rosa María Sardá. Eso lo sabemos todos. Y por ello, cuando le concede la Medalla de Oro, lo que hace hoy la Academia es celebrar la existencia de esta mujer, la andadura de esta actriz, de esta sarcástica, burlona, ingenua, arpía, triste, desolada, divertida, pícara gran actriz. Y así la Academia se honra a sí misma.
-Pero de todos modos sí estamos aquí para hablar de la Sardá.
-No sé si le gustará. Tiene fama de enviar al quinto pino a los periodistas que pretenden que les cuente cosas suyas.
-Bueno, nosotros no somos periodistas. Somos actores, somos sus amigos. Y con los amigos, en cambio, tiene fama de soltarse bastante.
-Y de todos modos no vamos a contar nada ni de tu vida privada ni de tu vida publica, Rosa.
-¿Ni tan sólo que nació en el barrio de Horta, reducto barcelonés con personalidad propia y donde empezó, de chiquita, a actuar en compañías de aficionados del barrio?
-No, ni eso.
-¿Ni tan sólo que cuando se puso a trabajar en una oficina y todo lo que hacía era un desastre y su jefe, a pesar de ello, la trataba con tanta delicadeza que yo siempre he sospechado que estaría enamorado de ella?
-¿Qué dices? ¡Ni pensarlo! Si acaso, creo que sí podemos recordar que, casi por casualidad, un buen día, autodidacta total, entró en la compañía profesional de Dora Santacreu y Carlos Lucena, y que considera a esos dos actores sus auténticos y mejores y quizá únicos y desde luego añorados maestros.
-Y que después de hartarse haciendo papeles de criada pizpireta un buen día Ventura Pons, entonces director de teatro, le dio el papel protagonista de una bonita obra inglesa que se llamaba L'Knack o qui no té grapa no engrapa, (en castellano vendría a ser algo así como El Knack o quien no tiene gancho no come) en versión de Terenci Moix, y que su dudosa ingenuidad algo revoltosa le supuso convertirse en la revelación de la temporada.
-Oye. Eso de citar a Ventura Pons me hace pensar que estamos en la Academia de Cine y no del teatro. Y que tanto tú como ya amamos apasionadamente el teatro, pero que ahora le toca al cine, y que nos estamos más que desviando de la cuestión.
-Pues sí. Por cierto, si alguien no la conociera... A la Sardá, digo. Alguien de Laponia o de Etiopía... Para explicarle quien es la Sardá, ¿con qué actriz la compararías?
-Es que... depende. Cuando se pone dramática quizá con la Magnani.
-Puede que sí. Pero su lado cómico, que ha sido tan utilizado...
-Carol Burnett.
-¡No cites a la Burnett, por Dios, que la Sardá te va a matar! Durante años todo el mundo decía, sin parar, que ella era la Burnett de aquí, y Rosa al final estaba completamente harta y dispuesta a pegarle un tiro a quien volviera a repetirlo!
-Perdona, Rosa, no me mates a la salida. Y además, la Sardá es la Sardá, como la Espert es la Espert y no la Xirgu. Ahora he quedado bien, ¿no?
-A la salida recuérdame que te degüelle. Pero naturalmente, la Sardá es la Sardá.
-Y siempre pensó que le habría gustado se actriz de cine. Le encanta y lo da todo en el teatro, pero el cine... Soñaba con llegar al cine, pero no. El cine no le llegaría nunca.
-De modo que se metió en la tele. Durante años hizo mucha tele. Y continua haciendo tele. Si en la tele no lo ha hecho todo, poco le faltará.
-Sí, pero volvamos al cine.
-Es que, de algun modo, la tele le sirvó como trampolín para llegar al cine.  
-Pero antes ya había hecho alguna peli.
-Alguna cosita, y no estuvo mal, pero lo que la lanzó definitivamente fue que Berlanga la escogiera, no sé si decir como protagonista, porqué Berlanga siempre ha sido muy coral, de Moros y cristianos, en 1987.
-Desde entonces ya no paró.
-En más o menos una cuarentena de filmes la hemos tenido.
-Y que por muchos años.
-Pero no vamos a citar ninguna más de sus películas. Nosotros, no. Nosotros hablamos de una señora muy comprometida con los problemas. Con perdón, con los problemas sociales. Por ejemplo, está metida hasta el cuello en la suerte que sufre el pueblo saharaui. ¡Ánimo y adelante, Rosa!
-Volvamos al cine. Ella en el cine. ¿Te has fijado en sus primeros planos? Hay en su rostro una especie de desesperanza aceptada que me hace temblar de pena.
-Y a mí temblar pero de risa cuando se suelta el pelo y le pega un buen corte de mangas al pobre interlocutor que tiene delante.
-Es curioso. Siempre ha dicho que no tiene ningún interés en los personajes trágicos. No digo trágicos de hoy en día, esos sí. Pero no le hables de autores griegos o del mismísimo Shakespeare. Ella dice que lo que le interesa son las mujeres de hoy, las mujeres sencillas y normales, las que encuentra por la calle (a condición de que no se le acerquen), las que tienen problemas para llegar a fin de mes, las que tienen hijos que dan problemas, las que tienen encontronazos con sus maridos o compañeros, las que viven y luchan y sufren y a veces también están contentas, las que nunca han llevado ni llevarán coturnos. Esas son su obsesión.
-Pues está bien. Aunque confieso que Shakespeare, por mucho que sea sobado el decirlo, me chifla.
-Y a mí. Y en el fondo, en el fondo, a ella quizás también.
-Bueno, que le guste lo que quiera. Pero que continue en el cine. Y en el teatro. Pero señores directores de cine, si por casualidad aún no le habeis pegado bocado, probad la gozada de contar con la Sardá en vuestro reparto.
-Sí. ¿Y sabeis por qué? Porqué cuando actúa delante de la cámara nunca finge; con ella, delante nuestro tenemos siempre la verdad. La verdad que te corta el aliento. Esa mirada tan... No sé, aunque suene cursi, esa mirada tan desnuda no la vemos cada día.
-Rosa, ¿te das cuenta?, te queremos y te admiramos. Necesitamos tu mirada.
-No nos falles nunca, Sardá.
-Haznos reir, Sardá.
-Haznos llorar, Sardá.
-Haz lo que te dé la gana, pero no abandones la pantalla. Y... como nos toca terminar, ¿nos permite que ahora te apludamos un poco? ¿No te enfadarás?
-Sólo un poquito. Un poquito, poquito. Así.

Y se ponen a aplaudir. Y con un poco de suerte todos los presentes se añaden al aplauso... algo más que un poquito.









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