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02/11/2012 | Noticias

Una cuestión de amor

Una cuestión de amor

©Miguel Ángel Rebollo

Javier Rebollo presenta en la Academia El muerto y ser feliz, cinta doblemente galardonada en el último Festival de San Sebastián

“Yo quería estar cada vez más cerca del cine para ver películas, después pasé a desear aproximarme más para hacerlas, y me di cuenta entonces que era mejor solo verlas”. De este modo evoca el realizador sus primeros años de vida y su salto al cine. “Los cineastas no tienen patria, son de un lugar que no está en los mapas y que es el cinematógrafo”, destacó Javier Rebollo en un diálogo con el público que se centró en su última película, El muerto y ser feliz. Explicó la imagen que dio pie a su última historia –“Yo hacía trabajos para el programa de ‘Documentos TV’ y en uno de ellos tratamos la cuestión de los enfermos terminales: había un hombre admirable que se llamaba Julio y me contó un diálogo admirable”–. Alguien había preguntado a aquel señor si tenía diabetes, y él había contestado que también. Según el director de Lo que sé de Lola, era muy singular “su manera de entretener la muerte. Estaba obsesionado con ganar quinielas y la alegría con la que jugaba se le quedó en el estercolero de la cabeza”. De ahí parte El muerto y ser feliz, de un hombre que juega una quiniela con ilusión, aún sabiendo que está muy enfermo.

El realizador contó también que viajó, incluso antes de escribir la historia, 25.000 kilómetros por Argentina –“¿Qué productor te permite eso? Lluís Miñarro y José Noya”–. Su película, según sus propias palabras, “tiene presupuesto medio, pero está hecha con aliento amateur, con aliento de correr mucho. Un director, como un marinero, tiene que saber poner la vela”. Por esa necesidad de correr rodó en una o dos tomas porque, como relata, “quería que mi velocidad fuese la de los personajes. Yo era como Santos, el personaje principal, no quería detenerme porque esto significaba recordar y correr me permitía olvidar. Es una ecuación literaria, que Milan Kundera formula muy bien, el índice de la velocidad es proporcional al olvido, el índice de lentitud es proporcional al recuerdo”.

 

En este último barco ha estado acompañado por Pepe Sacristán, intérprete al que ha dirigido “desde la perplejidad y el respeto. De manera marxista: más rápido, más alto, más lento, más bajo. Discutimos el primer día de los ensayos, por lo que les di fin. No dirigir actores es también una forma de hacerlo”. Alabó la decisión del jurado de la 60 edición del Festival de San Sebastián por otorgarle la Concha de Plata a la Mejor Interpretación Masculina: “se dieron cuenta que Sacristán está ahí escondido, interpretando de una forma muy moderna, en sordina”.

 

 

Citas y más citas

 

Javier Rebollo citó a lo largo del encuentro a una veintena de autores –François Truffaut, Felipe Vega, Anthony Mann, Franz Kafka, Samuel Beckett, Jerry Lewis, Miguel de Cervantes y Joan Manuel Serrat, entre otros muchos–. Recordó las palabras de la voz en off de su última cinta con precisión y las repitió evocando algunos momentos de la trama.

 

Defendió la improvisación –“las cosas más bonitas de una película suceden por casualidad, pero tienes que estar preparado para ello”–, alabó la exaltación que produce hacer cine –“me excita captar el instante en conjunción con el que todo sea demasiado caro”– y explicó las que fueron sus pretensiones con su último filme –“he intentado decir cosas que ya se han dicho, pero de otra manera. Los géneros y los mimbres ya los conocemos”–. Para él, “hacer cine es una cuestión de amor, el equipo sigue siendo el mismo desde 1995. Al fin y al cabo, es una familia que te acompaña y te comprende, basta una mirada para entenderse. Las familias en el cine son normales y sanas; a los actores también necesito quererles”.

 

Ante la pregunta de un espectador, Rebollo hizo una radiografía del cine español en la que aseguró que nuestra cinematografía “vive una de sus mejores momentos. Las voces diversas de autores consagrados conjugan con las de arriesgados como Oliver Laxe o Marc Recha. El momento creativo es brillante, pero industrialmente estamos en el peor de nuestra historia”. Aún así, su cinta se cierra con otra cita alentadora: “…que para todo hay un remedio si no es para la muerte…”. Sus últimas palabras fueron casi un grito de guerra –“¡Que viva el cine español!”–, a lo que el público respondió con sentidos aplausos.




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