Paula Ortiz: “El cine, por costar tantos esfuerzos, a veces se vuelve cobarde”

Por Juan MG Morán · Fotos: ©Enrique F. Aparicio · 15 marzo, 2017

Protagonista de la sección ¡Bienvenidos!, la directora se ha incorporado recientemente a la Academia

La literatura y el cine le han cambiado la vida en más de una ocasión a esta cineasta que, con solo dos películas, se ha plantado en firme y de manera contundente frente al cine español. Convencida de que la vida es más ancha gracias a la ficción, ha puesto a su primer hijo el nombre del protagonista lorquiano de su última película, Leo. Paula Ortiz, que lleva estos días en su mochila un libro de cartas de Carmen Laforet y Elena Fortún, quiere creer «que llegarán otras generaciones de políticos que entiendan que somos lo que vivimos, y también lo que soñamos.  Y somos la música que cantamos, las fotografías que hacemos, las películas que vemos…».

 

Es filóloga de carrera, ¿se le quedó pequeña la palabra?

Nunca. Admiro tanto y tan profundamente a los que saben crear un mundo en una sola frase y a los que te cambian la vida con dos palabras… Yo no soy capaz. Necesito más lenguajes, todos funcionando a la vez: la luz, el color, el movimiento, la música y la palabra para, con todos ellos, poder contar algo.

¿Qué le atrajo de ser cineasta?

Nunca lo consideré una profesión, sino un anhelo de intentar hacer lo que las películas hicieron en mí. La profesión me era y aún me es un camino desconocido. Vengo de trabajar en la docencia, y me siento muy privilegiada por lo que el arte me ha enseñado. Pero hacer cine es otra cosa, porque el arte y la vida se imponen a veces más allá de ti.

¿Puede la ficción salvar vidas?

Y tanto… A mí me ha salvado la vida más de una vez una película. Este mes, sin ir más lejos, si no fuera por una película seguiría dando vueltas a ciertas melancolías vacías. La ficción es terapeútica. Es alivio en ti de lo vivido en otros, es ensanchar tus posibilidades. Es gozo, es aprendizaje y, a veces, es cambio.

¿Qué le ha enseñado el cine?

A través del cine he aprendido el mundo. El mío. El cercano y el lejano. El de la realidad  y el del sueño, y también el de la pesadilla. El cine va al centro de la vida, a las semillas, a los peligros. Reconstruye toda nuestra experiencia, nuestras emociones, nuestras ideas, nuestra conciencia. La vida es más ancha gracias a las películas.

Si ya es complicado rodar en España, ¿hacer cine de autor es como clamar agua en el desierto?

Todo cine es complicado, porque exige enormes esfuerzos financieros, técnicos y humanos… El problema es que por lo complicado que es, este arte a veces se vuelve cobarde.

Mariano Barroso en el discurso de la presidencia en los Premios Goya afirmó que “hay otro tipo de cine que es tan necesario como el que llena las salas. Su rentabilidad es la de la cultura, la del conocimiento y de la identidad”. ¿Se valora esto?

Apenas, y esto no solo pasa en el cine. No se entiende el valor radical de la cultura. Cuando hablo de radical lo digo en su sentido etimológico: es raíz. No flor, no somos el último ornamento social… Somos quienes creamos discursos, experiencias, vivencias, conciencia de lo que somos individual y colectivamente. Contar y escuchar nuestros sueños y pesadillas nos hace una sociedad mejor, más sana, más crítica, más libre. Más consciente.

Frente a un mercado voraz

De su estética cinematográfica se dice que es muy cuidada y estilizada, a veces incluso con carga negativa.

Sí. Suelen hablar de nuestro ‘esteticismo’ con una intención de banalidad que es justo el polo opuesto de lo que buscamos. A veces hay un matiz algo paternalista y condescendiente en esta valoración, un matiz que no nos toma en serio. Más de una vez me he preguntado si nuestra propuesta estética (hablo en plural porque somos un equipo) se valoraría igual si yo fuera un director hombre francés u oriental.

¿Hay un exceso de testosterona en nuestras películas?

Sí la hay… Yo muchas veces me busco en las películas y no me encuentro. No creo que sea la única que no encuentra ahí su sentir.

¿Faltan en nuestro cine historias contadas por mujeres?

Faltan en todos los ámbitos. El hombre, heterosexual, blanco y occidental sigue siendo el centro del poder, y por ello de los relatos. Hace tiempo que se entendió que esto no debía ser nunca más así: todos y todas las que no somos ese hombre teníamos el derecho y el deber moral de tomar la voz, la palabra y la imagen. Pero la práctica es otra cosa, el mercado es voraz y no lo permite.

¿Es partidaria de las cuotas?

Creo en las políticas de igualdad, en toda política social que corrija las injusticias y pueda ayudar a dar igualdad de oportunidades a todos y todas. Ojalá no hubiera que sacar a la palestra pública estas cuestiones porque fuéramos capaces de gestionar las oportunidades de manera justa por nosotros y nosotras mismas.

La Academia reclama la presencia de jóvenes cineastas en sus filas, ¿por qué no dudó cuando recibió la llamada a unirse?

Porque si quieres participar en el cine, en su discurso, en sus posibilidades, hay que hacerlo desde todos los frentes posibles. La Academia es un lugar importante para luchar por el trabajo en el cine, y por un cine mejor.

Cuando esta institución ha cumplido treinta años, ¿qué papel debe jugar?

Creo que debe alzar la voz, visibilizar nuestro cine. Todo nuestro cine. Debe participar en diálogos con otras artes y otras instituciones culturales, debe hacer accesible el cine a todos y todas en la medida de lo posible. Debe trabajar para que las películas estén al alcance de todos en cualquier momento y lugar… Debe sublimar el cine, darle el lugar que merece y al mismo tiempo hacerlo accesible, cotidiano. Podemos hacer mucho.

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