Una vida “moderna, pero muy bonita” | Encuentro con Antonio Giménez-Rico y Valeria Vegas

23 abril, 2019

Durante 35 años, Vestida de azul ha sido una joya escondida que ha ido pasando de mano en mano, labrándose el estatus de cinta de culto cuyos iniciados se reconocían entre sí usando citas de la Loren, Eva, Tamara, Eva o Josette. Ayer, en la Academia de Cine, las protagonistas de la película de Antonio Giménez-Rico volvieron a la pantalla grande dentro del ciclo programado por la institución para conmemorar el día internacional del libro, pase que contó con la presencia del realizador y Valeria Vegas, autora del volumen Vestidas de azul, que analiza la representación de la mujer transexual en los años de la Transición.

Vegas alabó la “ausencia de moralina” del documental. “No es una película prejuiciosa, lo cual es de agradecer teniendo en cuenta los prejuicios que había en esa época”, donde las mujeres transexuales funcionaban normalmente como personajes cómicos y estereotipados. Ese retrato realista partió de la propia fascinación de Giménez-Rico con las protagonistas. “En esos años se pusieron de moda locales con espectáculos de transformismo, como el Centauros. La gente del cine y los intelectuales los frecuentaban. Me interesaron esas artistas y mi intención era hacer una película de ficción, por lo que empecé a documentarme. Pero enseguida me di cuenta de que la película la tenía delante, solo había que retratar esas vidas, que la película ni critica ni juzga, solo muestra”, explicó el director.

Con la ayuda de Teo Escamilla –“al que propuse ser operador y acabó convirtiéndose también en productor”–, Giménez-Rico empezó a rodar en 16mm la cotidianidad de seis mujeres trans “sin guión, viendo lo que iba surgiendo sobre la marcha. Me gané su confianza y abrieron su vida para la película”. Vidas marcadas por la falta incomprensión sobre su identidad, por parte de la sociedad y por ellas mismas. “Cuando se hizo la película, no había un discurso de género”, explicó Vegas, “ni siquiera ellas saben identificarse. En ese momento a las mujeres trans se las definía como travestís, transformistas o directamente maricones. En toda la película no se dice la película transexual, porque ellas no se consideraban así, consideraban que el género lo definía la genitalidad”. Una genitalidad que, en palabras de Giménez-Rico, “no se podían plantear modificar, porque era su herramienta de trabajo. Ellas siempre decían que no podían someterse a una reasignación genital porque se quedarían sin ingresos. Todas ejercían la prostitución. Nuestra intención era encontrar alguna que no lo hiciera para mostrar también esa parte, pero nos dimos cuenta de que era la única salida que tenían para sobrevivir”.

 

Interés y escándalo público

La cinta sigue a sus protagonistas en su día a día, donde su identidad supone un conflicto cuando les es requerido el DNI, van al médico o les citan para la mili. También con sus familias, que las consideraban “artistas, y normalizaban su identidad como parte del espectáculo”. Vegas, que se ha puesto en contacto con las protagonistas supervivientes y su entorno, contactó que “a día de hoy, el tema sigue siendo tabú para esas familias. De la hermana de Eva sí percibí cariño. Me dijo que si su hermana hubiera nacido quince años después, su vida hubiera sido completamente distinta”.

Porque en los años años que retrata Vestida de azul, la prostitución y el espectáculo eran las únicas salidas posibles. Y en el espectáculo, “no se valoraba su calidad como artistas, sino que los empresarios querían explotar un fenómeno: tenías que ser una señorita guapa enseñando aquello que te diferenciaba del resto de señoritas guapas”, contó Vegas. La escritora, comparando la situación actual del colectivo, explicó que “cuando nos quejamos ahora de la situación de las mujeres trans, somos poco solidarios con esta generación, que tanto lucharon y padecieron. Hasta el año 2007 no tuvimos ley de identidad de género. Es paradójico porque, aunque eran años en los que se progresó muchísimo, la democracia estaba muy bien para las mayorías, pero no para minorías como las personas trans. La ley de escándalo público, heredera de la ley de peligrosidad social, seguía usándose como herramienta arbitraria y servía para hacer limpieza moral”.

A pesar de todo, las vidas de estas mujeres despertaron el interés de la industria y del público. Giménez-Rico explicó que “todos los productores a los que expliqué el proyecto querían hacer la película. Una vez acabada, el director del Festival de San Sebastián quedó fascinado, y allí la presentamos”. El cineasta recordó divertido cómo “cuatro de las protagonistas vinieron al festival, y era un espectáculos verlas vestidas con trajes de noche desde las ocho de la mañana”. Ante el temor de que no les gustara la película, que todavía no habían visto, Giménez-Rico las instó a verla en el pase de prensa de la mañana. “Nos metimos en un palco y yo, más que ver la película, estuve observando su reacción. Ellas estaban emocionadas y me daban las gracias, por lo que entendí que habíamos hecho algo que tenía valor”, explicó. 35 años después, la ovación de un público entregado a las historias de estas mujeres vestidas de azul refrendaba el valor de una cinta que muestra, citando a Josette, una vida “moderna, pero muy bonita”.

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