La educación audiovisual, cuestión de Estado

Por Fernando Lara · 28 junio, 2019

Fernando Lara ha sido, junto a Mercedes Ruiz y Marta Tarín, Coordinador del proyecto de la Academia ‘Cine y Educación’.

Cuando el pasado 28 de marzo nuestra Academia presentaba su libro Cine y Educación, con el Documento Marco elaborado sobre el tema, estaba entregando una antorcha libremente elegida a otras manos que han de continuar la imprescindible carrera. Su papel de impulsora y dinamizadora de una cuestión que considera esencial finalizaba ahí, en esa presentación pública. Ahora tienen que ser las autoridades educativas correspondientes, tanto a nivel estatal como autonómico, las que de una vez por todas tomen en sus manos la realización del proyecto.

En el mismo acto, los partidos políticos presentes coincidían en la necesaria implantación de la educación audiovisual en todos los niveles de la enseñanza previos a la universitaria e incluso, con gran satisfacción nuestra, propugnaban un acuerdo o Pacto de Estado sobre la materia. Un Pacto que (no queremos ser exclusivistas ni protagonistas únicos) debería quedar incluido en uno mucho más general sobre la Educación en nuestro país. Cuestión decisiva, sobre la que los grupos parlamentarios dicen siempre estar de acuerdo, pero solo en principio porque, legislatura tras legislatura, no acaba de convertirse en realidad… Aunque si nos limitamos a la puesta en práctica de un Plan de Alfabetización Audiovisual, como lo denomina la Comisión Europea, no parece tan complicado llegar a un consenso suficiente y culminar así un anhelo de muchas generaciones, hasta ahora frustrado. Lo plantea con meridiana claridad el propio Documento Marco de la Academia, abogando “porque se pongan en marcha las acciones necesarias con el fin de llegar a un Pacto de Estado con los diversos grupos políticos para la definitiva introducción de la enseñanza audiovisual en la regulación educativa”.

Siempre se han manejado por parte de los responsables públicos, fueran del partido que fueran, dos obstáculos que decían insalvables para poner en práctica la educación audiovisual: las dificultades para llegar a acuerdos entre las distintas autoridades estatales y autonómicas, dado que buena parte de las competencias de enseñanza se hallan transferidas a estas últimas; y el problema de la no existencia de un profesorado preparado y apto para enseñar la materia. A lo que cabría añadir un tercer factor que se ha desarrollado aceleradamente (y por fortuna, ante la inacción de dichos poderes públicos) en los últimos años: la multiplicidad de valiosas iniciativas particulares que están abordando la situación, más de un centenar según deja constancia el libro de la Academia. Pues bien, sin querer presumir de nada, ni pretender ser redentores ni ponernos “estupendos” –como diría el Don Latino de Luces de bohemia–, podemos decir con orgullo que en este volumen se responde suficientemente a tales obstáculos, proponiendo una serie de soluciones sobre la relación entre la Administración central y las periféricas, mostrando diversos itinerarios para la formación del profesorado y sugiriendo módulos de colaboración público/privada.

“Cuanto más se profundiza en el lenguaje del cine, mayor es el placer de contemplarlo”

Porque nuestro Documento Marco y sus cinco anexos (que incluyen listas orientativas de películas), elaborados por un muy relevante grupo de una quincena de profesionales, es ante todo un semillero de ideas con capacidad suficiente para ser adoptadas por aquellos a quienes corresponda gestionarlas. Que no es la Academia, como recordó en la presentación su presidente, Mariano Barroso, quien además no dudó en situar para la entidad el proyecto “Cine y Educación” a similar nivel de relevancia que los Goya. Cuando lo emprendimos, a mediados de 2017 y con el impulso decisivo de la querida Yvonne Blake, entonces nuestra presidenta, ya dijimos que no buscábamos elaborar solo un par de folios de buenas y consabidas intenciones, sino de ir lo más lejos que nuestro entendimiento y experiencia permitieran. Y así lo hicimos para lo que ha acabado siendo un libro de 253 páginas, nada dogmático ni defensor de una línea exclusiva de actuación.

Al contrario, por ejemplo en la polémica de si la enseñanza del audiovisual debería constituir una asignatura o conformar una materia transversal que agrupara diversas iniciativas en este sentido, desde desplazarse a salas de cine para ver determinadas películas a lo largo del curso académico hasta integrar “equipos de rodaje” con el fin de conocer mejor el medio, decimos claramente que –al menos en una primera etapa– parece más adecuado el segundo camino, desarrollado mediante prácticas educativas innovadoras y con impulso motivador. En definitiva, se trata de llegar “por el conocimiento al disfrute pleno” del alumno (lo que podría ser nuestra consigna), evitando cualquier tentación memorística o examinadora en beneficio del “placer de abarcar cuanto una obra creativa puede proporcionarle, que es mucho y enormemente estimulante”, según se afirma en el Documento Marco. No es cuestión de “aprender o saber de cine”; igual que cualquier otro arte, el cine se vive, se siente, se interioriza, nos enriquece como seres humanos. Pero lo que sí aseguramos es que cuanto más se profundice en él, en su lenguaje, en su estética, en su historia, mayor será el placer cultural de contemplarlo.

Con motivo del acuerdo parlamentario sobre el retorno de la Filosofía a los institutos, la ministra de Educación, Isabel Celaá, señalaba en octubre pasado que “creemos que, con ello, ayudamos a los alumnos que crecen inmersos en un mundo repleto de información, en una sociedad hiperconectada, a desarrollar un pensamiento crítico que les permita distinguir lo importante de lo accesorio y los fundamentos del mundo en el que vivimos”. Palabras muy justas, y que podemos y debemos hacer extensivas a un mundo audiovisual en el que “habitan” nuestros niños y adolescentes desde muy pequeños, con una media de cuatro horas diarias ante una pantalla, sea de ordenador, televisor, tablet o móvil. Esa imprescindible formación de un pensamiento crítico ya la detectó Umberto Eco en su Apocalípticos e integrados, de 1964 (“la civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis”); ya la desarrolló mucho más recientemente, en 2014, Juan Antonio Pérez Millán a lo largo de su fundamental Cine, enseñanza y enseñanza del cine, y así lo han propugnado otros numerosos y lúcidos tratadistas en días tan necesarios para ello como los actuales.

Entonces, si la sociedad ve la necesidad de la enseñanza audiovisual hoy en España, si –como comprobamos durante la labor de nuestro grupo de trabajo– hay pleno consenso en los sectores educativos y cinematográficos, ¿qué falta para ponerla en marcha? Simple y llanamente, voluntad política.

 

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