Marina Seresesky: “El cine señala nuestros problemas, pero no los resuelve”

Por Enrique F. Aparicio · Fotos © Manolo Pavón · 10 julio, 2019

Cuando cuatro bailarines africanos llegan por casualidad al desierto pueblo de Fuentejuela de Arriba, lo que parece un choque externo de culturas acaba revelando lo que late desde hace mucho entre sus muros: el aislamiento y el miedo al otro descubren las tensiones entre sus escasos habitantes, que pugnan por mantener su independencia y por proteger su identidad. Pero en un mundo hiperconectado y migrante, solo el entendimiento con los demás es signo de evolución. Carmen Machi y Pepón Nieto protagonizan la segunda cinta de la argentina Marina Seresesky –una “inmigrante de lujo”– que, con los elementos más característicos de la comedia de costumbres patria, apunta con su cámara a la España vacía.

“Integrarse o morir” es el late motiv de la película, ¿cree que es nuestro mayor reto como sociedad?

Escribí el guión hace mucho, y este tema nunca se ha ido de la actualidad. Pero ahora, más que nunca, es necesario dejar de tenerle miedo al otro, a lo distinto, y hacer frente común para avanzar como sociedad. Un pueblo como Fuentejuela de Arriba es un reflejo de la sociedad y debemos caber todos.

¿Parte de su experiencia personal como extranjera que vive en un país distinto al suyo?

Yo he sido una inmigrante casi de lujo, porque soy blanca y eso te ahorra casi todos los problemas. Pero, cuando llegué a España y estuve tramitando mis papeles, compartí momentos con mucha gente que no lo tenía tan fácil, y que lo sigue teniendo muy complicado. No hace falta pasar por la experiencia de la migración para comprender lo dura que es, basta con mirar a la calle.

Los caminos de la inmigración en España son muy diversos.

Hay tantas experiencias como migrantes. Viniendo de África es muy complicada, siendo negro es más complicado, siendo negra más todavía. Siempre hay alguien que está peor, esa es la realidad. Antes de hacer la película, durante el boom del conflicto de los refugiados –que parece que ha pasado, pero nada más lejos de la realidad– leí un estudio que sugería acogerlos en los pueblos despoblados de España. La conclusión era que ni de los pueblos querían acoger a esos extranjeros ni los refugiados, que venían de vivir en ciudades y trabajar en muchas cosas distintas, se veían en pueblos tan pequeños. Pero parece que no nos ponemos de acuerdo, cada vez es más difícil.

“Una película protagonizada por una mujer de más de 50 es un milagro”

Últimamente se ha puesto de moda el término la España vacía, para definir las zonas de nuestro país cuya densidad de población es solo comparable a las zonas más frías de Escandinavia. ¿Cree que eso afecta a nuestra idiosincrasia?

Es un gran problema que ahora parece haber entrado en la conversación. La película la escribí hace años y desde entonces no se ha avanzado en este sentido. Es un problema institucional, necesitamos que se respalden las voluntades personales que sí se están moviendo. Si no se toman buenas decisiones, no se solucionará este gran problema. Hay una buena parte de España, bellísima y fértil, deshabitada. A nosotros nos toca señalarlo, en este caso con humor, pero no resolverlo.

Sergio del Molino sostiene en La España vacía la tesis de que sobre estos pueblos imponemos dos puntos de vista: el entrañable y pintoresco de los pueblos idílicos de nuestra infancia y el sórdido de la España negra y pobre, de Las Hurdes a Puerto Hurraco. Es curioso cómo la misma materia prima genera esta doble vertiente de historias.

Lo que dice esto es que hay una concentración de conflictos tan poderosa que nos permite hacer ficción de todo tipo. Mi abuela decía: pueblo chico, infierno grande. Porque en un pueblo pequeño están todas las manifestaciones de la sociedad pero muy concentradas. Es un caldo de cultivo maravilloso para la ficción y muchas veces siniestro para la realidad. Pero para los que escribimos, los lugares pequeños son perfectos, porque te permiten acotar, reducir los elementos.

Las comedias de costumbres son desde hace años las películas más taquilleras de nuestro cine, pero después de muchos años de estar mal vistas, mientras primaban las comedias a la americana.

Para mí Berlanga es el gran referente, pero es verdad que desde su época se ha mirado mucho para fuera, y se han hecho películas a la usanza americana. Cuando volvimos a reírnos de nosotros, sobre todo con el gran taquillazo de Ocho apellidos vascos, en el que conjugaron varios factores que la convirtieron en histórica, redescubrimos que lo nuestro nos apela más y mejor. Después hemos seguido esa estela porque hay mucho material. El público apoya estas películas, está preparado para reírse de sí mismo, aunque algunas cosas parezcan intocables.

Parece que el tópico de que una buena película “no parece española” ha pasado.

Profundizar y afinar en nuestra esencia es una camino que ojalá continúe. Ahora que estoy de promoción, oigo a menudo que “hay mucha comedia mala”. Pero también hay mucho drama malo, y mucho thriller malo. Lo que pasa es que la comedia se ve más. La comedia es un reflejo maravilloso, y creo que hace falta más. Berlanga es el mejor ejemplo de que la comedia puede hacer avanzar a la sociedad. Además, hoy en día con las plataformas, se puede hablar de muchas cosas y desde muchos puntos de vista.

Visibilidad y referentes

Los pueblos pequeños son universos femeninos, porque con una población tan envejecida lo habitual es que haya muchas viudas, y las mujeres suelen ocupar posiciones de poder a pesar del patriarcado feroz. Es el caso de Teresa, la protagonista, que aspira a ser la alcaldesa.

El personaje de Carmen Machi intenta salvar al pueblo pero se está salvando ella, saliendo del círculo de ser ‘la mujer de’. Estos pueblos son muy femeninos pero muy poco feministas. Es algo que está tan grabado en el ADN que las circunstancias muchas veces no te permiten salir de ahí. Una vez tuve una conversación con gente de un pueblo que, al decir “alcaldesa”, me respondieron que esa palabra no existía, para ellos era como escuchar “teléfona”. Les parecía un invento. No creo que una película cambie el mundo, pero pone su gota, porque la visibilidad lo es todo. Las comedias no solo te hacen reír, te pueden dar referentes. Que una película esté protagonizada por una mujer de más de 50 años sigue siendo milagroso.

En este entorno de reglas tan marcadas, la introducción de la otredad hace brotar los prejuicios. Para el pueblo, los que llegan son negros y solo negros, no personas individuales. Y despiertan en ellos deseo sexual y de caridad.

Quería retratar el abanico tan grande del racismo. Hay un racimo radical, para el que esta gente son animales y delincuentes; pero hay otro racismo bienpensante, el de “yo tengo un amigo negro”. Ese es el que tiene el personaje de Carmen Machi, que dice no tener problemas con ellos pero, si se le sientan al lado, agarra el bolso con más fuerza. Me parecía interesante que una actriz tan popular encarnara ese tipo de racismo “aceptable”, el que tenemos todos. Y es el más peligroso, porque no nos enfrentamos a él.

España es un país de inmigración relativamente reciente, es ahora cuando hay una segunda generación que ya ha nacido aquí y cuya experiencia no está siendo tratado en el cine o los medios.

Es el gran reto. Dejar de hablar y ponerse a escuchar. Cuando comenzamos el rodaje y la prensa se comenzó a hacerse eco, decían que era una comedia sobre las diferencias culturales. Y yo respondía: todo lo contrario, de lo que trata es de que somos exactamente iguales, aunque comamos cosas distintas y vistamos diferente. Es una película sobre las cosas que nos unen. En lo importante, somos iguales.

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