La sonrisa de Orson Welles | Encuentro con Elena Jaumandreu

29 enero, 2020

La montadora de Campanadas a medianoche acude a la Academia de Cine

La primera sesión del año del ciclo ‘Montar, soñar’ de la Academia de Cine convocó la presencia de uno de los grandes referentes del cine mundial: Orson Welles. Elena Jaumandreu, montadora de Campanadas a medianoche, recordó al genio que hacía “temblar los cristales de las ventanas cuando gritaba. Aunque a mí nunca me gritó”. Esta profesional comenzó su aprendizaje desde pequeña, pues su padre “era pionero del montaje en España, y cuando un ayudante le falló y me metió a mí a ayudarle. Vio que me gustaba y seguí con él. Durante mucho tiempo fui la hija de, luego ya fui yo”, explicó.

Para Jaumandreu es fundamental “hace aquello que te gusta para poder hacerlo bien. Yo no me doy cuenta de que pasan las horas mientras estaba montando. De repente me entraba el hambre y pensaba ¿será hora de comer? Cuando mirada el reloj, eran cinco de la tarde”.

Cuando le llegó el encargo de montar la cinta de Orson Welles, Jaumandreu se encontraba “terminando las mezclas de otra película. Me querían obligar a dejar ese trabajo a medio, pero Welles tuvo que esperar, porque el otro director merecía el mismo respeto”. Llevaba entonces pocos años de carrera, en los que “trabajé con muchos directores que estaban empezando, y aprendíamos a la vez. Cuando había secuencias que faltaban, las pedía a rodaje. Todos aprendíamos a base de que todos nos ayudaran”.

Sobre si le imponía trabajar con uno de los mayores genios de la historia del cine, la montadora aseguró que “no tenía ni idea de cómo trabajaba Orson Welles. Luego me enteré de que estaba acostumbrado a mandar en montaje. Pero yo montaba según veía la imagen, y cuando él venía, le enseñaba lo que había hecho. A veces, mientras veía la moviola, levantaba la mirada y me sonreía. Con el tiempo me he dado cuenta de que, cuando rodaba, ya estaba pensando en el montaje”.

En esa época de Campanadas a medianoche, “el montador lo hacía todo, también el sonido”, explicó Jaumandreu. “Un trueno, una puerta, lo que sea lo colocabas tú”. La película “tuvo que ser acortada, unas dos bovinas –casi media hora–. Quedó mucho material que ni se montó, con el que perfectamente se podría haber hecho otra película”.

Esta veterana cineasta, ya jubilada, contó también cómo ser mujer y dedicarse a su oficio requería sacrificios: “en aquella época, ser madre soltera no estaba bien visto. Y siendo madre tuve que elegir. Sacrifiqué mi trabajo para poder tener una familia. Me dediqué al montaje de doblaje, que tenía unas horas más reducidas”, narró. Ahora, con la retirada, no ha abandonado su pasión. “Surgió hacer un corto un grupo de jubilados. Rodamos dos días, terminando muy tarde. El que había montado el grupo murió de un infarto, así que tomé las riendas y a día de hoy seguimos rodando”.

Fotos © Pilar Melero

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