El falso culpable y la regla de Kant | Encuentro en torno a El cebo

Por Foto: ©Alejandra Donat · 30 enero, 2020

El escritor Lorenzo Silva, el periodista cinematográfico Fernando Lara y el magistrado Javier Carazo debatieron en la Academia sobre la película de Ladislao Vajda, en la inauguración del ciclo ‘Cine y justicia’

Una niña aparece asesinada en el bosque de un pequeño pueblo suizo e inmediatamente las sospechas recaen sobre el vendedor ambulante que encontró el cadáver. Sobre esta premisa se construye El Cebo, historia que analizaron el autor de novela negra Lorenzo Silva, el periodista cinematográfico Fernando Lara y el magistrado Javier Carazo en un encuentro en la institución, donde esta historia de 1958 con participación española, les sirvió para reflexionar sobre la investigación policial, el falso culpable y el tomarse la justicia por su mano.

El origen de El cebo es “una serie de películas de ficción con una orientación moralizante”, según Lara, que recordó que tras respaldar una cinta sobre los abortos clandestinos y otra sobre la sífilis, el productor suizo Lazar Wechsler se embarca en esta coproducción hispano-germano-suiza “para poner en guardia sobre el peligro que corren los niños”. El elegido para dirigir este filme “pedagógico” en principio no iba a ser el cineasta húngaro nacionalizado español Ladislao Vajda, pero “su maestría dirigiendo niños, como se había visto en Marcelino, pan y vino” le allanó el camino.

El investigador policial y el buhonero acusado de El cebo fueron los dos roles sobre los que se centraron los ponentes, “los mejores construidos”, para Silva, “uno que se salta el imperativo categórico de Kant y el otro, que ve como el Leviatán institucional avanza sobre él y no puede evitarlo”. Desde el comienzo, el espectador sabe que el vendedor no es culpable y lo que transmite la cinta “es la angustia de que todo el mundo le acuse y como se va dejando vencer hasta confesar un crimen que no ha cometido”, secundó Lara.

Son tres los espantos a los que, a juicio del escritor, se enfrenta el policía protagonista de este clásico del cine negro español. El primero “que el aparato del Estado para el que él lleva trabajando toda la vida habría triturado a un individuo”; el segundo “el conocimiento directo del dolor que provoca una niña desaparecida”; y el tercero “que sabe que el asesino está suelto”, enumeró. Y en esa carrera por atrapar al criminal, el propio agente de la ley convierte a otra niña en un cebo para localizarlo. “Al principio es una persona segura de sí misma. Al ver fallar el engranaje de la Justicia se sale y, en esa intemperie, vuelve a ser un individuo con toda las dudas e incertidumbres”, aseguró sobre este personaje que se toma la justicia por su mano.

A la pregunta retórica de Carazo “¿Es excusable porque va a salvar a otras niñas?”, Silva no dudó: “Lo que hace no está justificado, pero ya por esa vieja regla de Kant, el imperativo categórico de no poder usar a un ser humano como un fin. Y menos si este ser humano es vulnerable e incapaz de gestionar el peligro al que se expone”.

Foto: ©María Pérez Ávila

Un final para juzgar

A pesar de que se estrenó en 1958, en plena dictadura, El cebo no tuvo problemas con la censura en España. “Eso sí, hubo una autocensura de la productora, los Estudios Chamartín, para que no la calificaran para más de 18 años”, explicó Carazo. “Se libró porque se ambientaba en el extranjero y todos los males sucedían en el extranjero no en nuestro país”, amplió Lara, que apuntó que la censura “solo pidió que se aligeraran los diálogos. No se podía hablar de violación, era tabú. En la versión española se sustituyó por las palabras ‘maltrato’ y ‘delitos morales’”.

Los tres coincidieron en la ambigüedad moral de la película, especialmente en su cierre, donde hay una mímesis del investigador con la víctima, pero también con el criminal. “Es un final feliz, pero desasosegante, no propone la absolución del comisario, los hechos son cuestionables y deja que el espectador juzgue moralmente”, dijo Silva.

“El autor de la novela y co-guionista de El cebo junto a Vajda Friedrich Dürrenmatt aceptaba el final que tenía la película, la captura del criminal, pero no era suyo, y la prueba es que la novela de la misma historia –que publicó con el nombre de La promesa– tiene el final distinto”, expuso el periodista cinematográfico, para el que el libro “es mucho más negro y deseperanzador, el investigador no descubre al asesino, sino que se queda como en un bucle infinito en la gasolinera mirando los coches que pasan por si en alguno está el culpable”.

Foto: ©Lola Arévalo

El rostro del mal

La cinta de Vajda está relacionada con una larga tradición de películas en torno al falso culpable y al asesinato de niñas, de las que enumeraron M el vampiro de Düsseldorf, de Fritz Lang (1931); La noche del cazador, de Charles Laughton (1955) y las posteriores a El cebo, Plenilunio, de Imanol Uribe (2000); o la cinta de Sean Penn de 2001 El juramento, basada en la novela de Dürrenmatt y que protagonizó Jack Nicholson.

“Yo veo películas de zombies y me parece cine cómico.  En historias como esta es donde se ve el rostro del mal y el mal que provocan los seres humanos. Eso sí que me aterroriza porque es un horror que sucede a diario”, concluyó Silva en este encuentro que abrió el ciclo ‘Cine y Justicia’, programado por la Fundación Academia de Cine en colaboración con la asociación de Juezas y Jueces para la Democracia.

 

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