Toreros, censores y la Palma de Oro. Viridiana, 60 años después

Fotografías de Javier Almohaya · 19 mayo, 2021

Pere Portabella y Pedro del Rey, productor y montador respectivamente del clásico de Luis Buñuel, se encuentran en la Academia 60 años después del triunfo en Cannes de Viridiana, en un encuentro moderado por Guillermo Chapa

Una mujer tan beata como la protagonista no puede terminar acudiendo a la habitación de Paco Rabal, de noche y a solas. A no ser que en la habitación haya otra persona. Esa fue la consideración de la censura respecto al final de Viridiana, obra maestra de Luis Buñuel, única película suya rodada en España durante el franquismo y única Palma de Oro en Cannes cien por cien española. El maestro aragonés, sorprendido, diría después que el inesperado ménage à trois idea del censor era mucho más provocador que el final original.

Así lo contó ayer en la Academia Pere Portabella, en un encuentro moderado por Guillermo Chapa y presentó el presidente de la Academia Mariano Barroso, que también contó con una intervención en vídeo de la actriz Silvia Pinal. El cineasta, artista plástico y político catalán fue también productor de tres cintas históricas para el cine español: Los golfos, El cochecito y Viridiana. Interesado en “los movimiento de vanguardia europeos, en el arte que sirve para que el mundo avance”, se decidió a colaborar para que en España también hubiera cine comprometido. Primero, con la cinta de Carlos Saura, “un guion sobre el subsuelo de una gran ciudad”, después con la de Marco Ferreri, a quien hubo que “enviar dinero porque se había quedado sin financiación, y no podía ni alquilar las camisas”. Y con la de Luis Buñuel, tras el entusiasmo del aragonés por Los golfos y un encuentro casual en el Festival de Venecia.

¿Cómo lograron que existiera una obra tan rupturista como Viridiana? “Para la dictadura, era un mérito que alguien de la talla de Buñuel rodara en España”, explicó Portabella. Tras ajustar el guion con la censura, rodaron y montaron en tiempo récord para llegar al Festival de Cannes. “Nadie vio la película antes de ir a Cannes. Ninguna autoridad podía pedirte eso”.

Pedro del Rey, que había montado también Los golfos y El cochecito, fue el elegido para la hercúlea tarea de montar a tiempo la película. “Tras el primer montaje se pidió un permiso de traslado temporal para llevarla a París. Cuando Luis dio el visto bueno al copión estábamos a un mes del festival. Hubo que hacer todo el proceso de mezclas paralelamente al subtitulado”, explicó. “Cogimos un avión en cuya bodega iba el material. En ese momento estaba el problema de Argelia, había tiros y carreras en París. Tardaron ocho días en despacharnos el material”, comentó. Cuando pudieron ponerse a trabajar en las mezclas, “hicimos doble jornada para llegar a tiempo, y se consiguió hacer una copia estándar. La cinta llegó en diferentes latas a Cannes, porque se iba mandando según se iba terminando”.

El resto es historia del cine. La cinta llegó a tiempo para proyectarse el último día del certamen. El jurado, que ya tenía el palmarés decidido, dio un golpe de timón y le otorgó la Palma de Oro. “En la proyección, estalla todo”, recordó Portabella. “Al día siguiente, L’osservatore Romano –el diario oficial de la Santa Sede– dice, y con razón, que cómo un país católico puede haber mandado esta aberración. El Vaticano se comportó como le correspondía”.

Lo siguiente fue salvar la cinta. “Lo primero era no informar a nadie, ni a los técnicos, para que no pagaran las consecuencias”, desgranó Portabella. “Domingo Dominguín, que había financiado parte de la cinta, se encargó de pasar la frontera con ella. Como era torero, metió la película entre los capotes y cuando atravesó la aduana española no lo pararon. Dejó el material en unos estudios importantes. El empresario que puso el dinero para el traslado, el marido de la protagonista Silvia Pinal, entró como copropietario de la película. Se la llevó a México y, con una mordida, convirtió la película en mexicana”.

Y mexicana sigue siendo, de manera oficial, a día de hoy. Pero, para Portabella, “como todo lo que ha ocurrido con Viridiana, bien está lo que bien acaba”.

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