David Casademunt: “Toda adolescencia es una peli de terror”

Por Enrique Aparicio · Fotografías de Lander Larrañaga · 11 octubre, 2021

Compite en sección oficial de Sitges con su ópera prima El páramo

El aislamiento como respuesta a un exterior amenazante. El páramo, de David Casademunt, se adelanta 150 años al confinamiento por la covid con una historia en la que los personajes también se encierran escapando del peligro. En este caso, el tumultuoso siglo XIX español se queda a las puertas de un caserón en mitad del páramo que da título al filme, donde un niño (Asier Flores) deberá convertirse en adulto descubriendo los secretos que encierran sus padres (Inma Cuesta y Roberto Álamo).

 

Sitges es todo un paraíso cinéfilo para los aficionados al género.

Es como llegar a un templo. Cuando salieron las entradas a la venta, a los 45 minutos a estaban agotadas para todas las sesiones. Eso me dejó muerto. He ido al festival muchas veces como espectador, pero es mi primera vez al otro lado. No era consciente de las expectativas que íbamos a generar.

El guion de El páramo data de 2014, ¿cómo ha cambiado la historia hasta el resultado final?

En agosto de 2014, tras ver Braveheart –que es mi película favorita, la descubrí con once años y me volvió loco–, pensé: tengo que ser honesto, y escribir un proyecto que sea como el cine que me gusta, el que me convirtió en cinéfilo de adolescente. Me puse a escribir una historia que sucedía en el siglo XIII, sobre un niño que se quedaba solo en una cabaá, en mitad de un páramo. Sabía que me lo estaba poniendo difícil, porque sus características de producción no son fáciles para una ópera prima. Pero también pensaba que el camino para levantar una primera película es tan complicado que me tenía que apasionar aquello que tenía entre manos.

Tras ese primer borrador, entraron Martí Lucas y Fran Menchón, amigos míos de toda la vida y con los que estudié en la ESCAC, y empezamos a desarrollar el relato. Por los mimbres que tenía, decidimos que el género era el del terror. El guion fue evolucionando, pasamos por la Incubadora de la ECAM o por el TIFF de Toronto, entró la productora Rodar y rodar… Todos los cambios fueron a mejor.

Esta es una película con monstruo, lo cual la sitúa en una rica tradición del cine de género. A lo largo de la historia se han dado múltiples significados a estas criaturas… ¿Cuál es el suyo?

Personalmente, las películas con monstruo me gustan en todas sus vertientes; desde las que lo tratan de forma ligera y divertida, por la pura diversión de la acción, hasta aquella para las que es un derivado metafórico de las miserias de los personajes. Me fascinan las cintas con criatura. ¿Dónde se ubica la nuestra? Lo descubrirá el espectador cuando la vea.

Coloca la cámara en la subjetividad de Diego, el niño protagonista. Vemos lo que él ve, escuchamos lo que él escucha.

Para mí, una de las cosas más terroríficas que hemos vivido es que cuando somos niños no conocemos de la misa la mitad sobre las vidas de nuestros padres. Hay mucha información que se nos omite. Esta película parte de esa premisa: al vivir todo a través de los ojos del crío, no sabemos exactamente qué pasa a su alrededor. Esa inquietud es uno de los detonantes del suspense y el terror.

En la adolescencia esos miedos cobran forma.

La adolescencia en sí es una peli de terror. Los cambios de niño a adulto son terroríficos. Una película como Crudo, de Julia Ducournau, yo la leo así. Utiliza ese relato para contarte la pubertad de una chica. Me gusta definir El páramo como una película coming of age, porque también está relatando el hacerse adulto desde una experiencia traumática. Ese momento puede estar plagado de monstruos.

Situar la película en el siglo XIX, ¿qué elasticidad le permite como creador?

Uno de los temas importantes de la película es la soledad, como resultado del aislamiento. Con esa premisa, se descarta la actualidad, porque la tecnología interfiere con ella. Para plasmar esa soledad, era indispensable llevar la historia hacia atrás en el tiempo, y por eso también nos vamos a la naturaleza: de ahí surge el páramo, ese espacio que no sabemos dónde está exactamente –lo cual también genera inquietud–, y que vive un momento de conflicto. El siglo XIX es muy oscuro para España, lleno de guerras, persecución religiosa (con un rebrote de la Inquisición), con la pena de muerte a la orden del día… Me pareció muy interesante porque proporciona un contraplano del que huyen los personajes.

También es importante que esta historia tiene una pátina de cuento de terror, y llevarla 150 años atrás me permitía un cierto juego estético o incluso folclórico, acercándolo a la fábula.

Debuta en Sitges en un certamen que marca el reencuentro con el público tras la pandemia.

Me hace mucha ilusión, porque se nota en el ambiente las ganas que hay de salir de casa y volver al cine. Sé que hay miedo y pesimismo por el futuro de las salas, pero el otro día vi Dune en una sesión que estaba a reventar y fue muy emocionante volver a vivir eso. Las entradas en Sitges han volado, incluso Àngel Sala ha dicho que, sin las restricciones de aforo, sería el año con mayor afluencia de la historia. Formar parte de eso es mágico, y me da esperanza.

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