Oda al hombre llano
Entre dioses, mitos y leyendas del séptimo arte, más allá de los egos, las alfombras rojas y los premios son los mortales los que acaban estrechando la distancia entre la butaca y el objetivo, reduciendo cual Prometeo el abismo de la más bonita de las mentiras para convertirla en la verdadera cultura de masas. En el cine español es difícil explicar cómo se prende esa identificación, cómo ese paralelismo con el hombre de a pie se hace carne del verbo sin hablar de Antonio Resines. Con bigote y sin bigote, a risa y llanto, el actor llano vino del norte para instalarse en el imaginario colectivo patrio como hombre tranquilo, casi pasivo de tan solo aguantar, y acaso reflejo de la masculinidad que echó a andar en nuestra cinematografía a la par que la Democracia. De punta en blanco y entre cómics de Tintín, Resines comparece atareado, guionizado a puro nervio impasible como la gran mayoría de sus personajes y sorprendido, por la ocasión de verse entre los grandes de nuestro cine y por los recuerdos que va desenmarañando al recorrer la maratón de la nostalgia.
Ahí salen a su encuentro los Fernando Trueba, José Luis Cuerda o Emilio Martínez-Lázaro, pero también el anecdotario de una carrera llena de casualidades: pasó en un par de años de no poder estudiar cine, por miedo institucional y censura al arte, a trabajar a las órdenes de todo un Mario Camus, casi como pidiendo permiso e intentando no estorbar demasiado. “Jamás”, responde Resines, preguntado acerca de la escamosa condición de deidad, tentación misma con la que se escribe su profesión, pero es en realidad esa misma negación, quizá duda cauta, lo que le revela como un maestro de la interpretación más natural y menos impostada. De nuevo, más nuestro y hasta más auténtico, capaz de emborronar la suspensión de la incredulidad y de conectarla a tierra. Por eso mismo Resines es capaz de presidir su salón en roble y Goya, y por eso mismo la pequeña pantalla, la más popular, también le ha regalado un lugar de excepción en su catódica y caótica historia. El hombre común, quizá el menos común de sus pares, habla en plata cuando toca y eleva la prosa para hablar de sus maestros, todo sin olvidar que su mito se ha escrito a trabajo y casualidades, y que la última palabra la tiene siempre quien paga la entrada.
Matías G. Rebolledo