Oliver Laxe: “La fe es una mezcla de amor y locura, y hay un poco de eso en mi cine”

Por Chusa L. Monjas · Fotografías de Quim Vives · 5 junio, 2025

Este viernes estrena su cuarta película, Sirât, con 183 copias

“Mi única presión, mi miedo, es engañarme”, dice Oliver Laxe durante la gira de promoción de Sirât, el viaje de un padre y un hijo por el desierto de Marruecos, donde buscan a su hija y hermana entre raves ilegales, con el que está haciendo mucho ruido. Director de altura –mide 2 metros–, Laxe acompaña con devoción a la que es su cuarta película, obra protagonizada por Sergi López y Bruno Núñez junto a cinco raveros –Stefania Gadda, Joshua Liam Herderson, Richard Bellamy, Tonin Javier y Jade Ouki– que presentará al público este viernes 6 de junio (se estrena con 183 copias) tras conquistar el Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

En su búsqueda por “ser más libre, estar menos en la personalidad y más en la esencia”, este hijo de emigrantes que no mide las consecuencias –“soy un loco temerario, pero tengo fe porque siempre hay una red”–, asume encantado su papel “dentro de este variado ecosistema que es el cine español, que fue muy generoso con O que arde”, señala el cineasta que también dirige una asociación de desarrollo rural en su tierra, Os Ancares.

Se le ve feliz.

Sí, lo estoy. Ahora mismo tengo un diálogo muy fuerte con la vida. Y conseguir que la película conecte tan profundamente con el público, que le remueva y le haga mirar adentro en este contexto en el que todos, incluido yo, estamos tan narcotizados y tan distraídos… No es fácil lograr que el cine vuelva a ser un espacio donde se puedan experimentar cosas fuertes que ya no vivimos en nuestra vida. Para mí, el éxito no es Cannes, es que la gente vaya a ver la película y que esta hable con este tiempo y con los espectadores.

¿Cómo ha sido este viaje de Sirât?

Empecé Sirât antes de filmar Mimosas. Ha sido un camino de pasar de alguien que está muy identificado con una imagen idealizada de sí mismo, que soy yo. Esto de ser especial es algo muy neurótico que he buscado. Como yo en esencia no me quiero, he necesitado generar una imagen idealizada de mí mismo como persona equilibrada, buena, correcta, espiritual, sensible. O sea, como que es algo que sé que es parte de mi neurosis. Porque la neurosis es una polaridad, también hay algo noble en ello. Soy esencialmente especial, como todos. El problema es que la neurosis te hace especialito. Yo he sido muy especialito.

A veces también he podido desprender arrogancia, que está muy en esa necesidad de ser especial. Este viaje ha sido bajar más a mi carencia, al niño herido y abrazar más mi vulnerabilidad. Voy a acompañar a la película, pero en paralelo tengo ganas de acariciar, de celebrar mi herida.

En Sirât toma decisiones arriesgadas, ¿no le dio miedo?

No puede haber alguien más alejado de una red que yo. A mitad de la historia tomé una decisión arriesgadísima, y sí, tuve miedo, y esa ha sido la principal dificultad de esta obra. A los autores les pasa lo mismo, que es hasta qué punto eres capaz de sostener tu gesto y lo que tú crees que es lo que tienes que hacer. Y ahí, con Santiago Fillol [el coguionista], tuvimos fe. Recibíamos muchos feedbacks, sobre todo de Europa, de gente que nos decía que no querían que el espectador sufriera. Y, porque no comprendían el proyecto o no habían visto mi cine y no sabían, no entendían que yo no soy un sádico y que, sin paternalismos, esta era la mejor manera que he encontrado para servir, cuidar y compartir con el espectador. Necesito tener experiencias de muerte que me ayuden a conectar, a dialogar más con la vida, porque carezco de ellas, porque vivo en un mundo donde, yo el primero, hemos extirpado la muerte de nuestro día a día y eso nos ha hecho generar más angustia, tener incluso más miedo.

La vida nunca llama a la puerta, nunca avisa. Vivimos en una suerte de dimensión tan neurótica como sociedad, que cada día tenemos que recordar lo pequeños y finitos que somos, y eso nos va a quitar angustia y nos va a hacer más libres y emancipados.

Vuelve de Cannes con el Premio del Jurado, una sensación que no es nueva para usted porque sus tres anteriores trabajos también salieron con reconocimiento de este festival O que arde con el Premio del Jurado en Un certain Regard y Mimosas y Todos vós sodes capitans fueron distinguidas en las secciones Quincena de Realizadores y Semana de la crítica respectivamente–. ¿Qué ha visto el jurado en Sirât?

Honestamente y humildemente, fue la película de la que se habló durante el festival. La conexión con el público fue increíble, no había pasado con ningún filme. Parafraseando a Pasolini, he entendido muy bien el mensaje. Él decía: lo que el público quiere, o de lo que disfruta secretamente o inconscientemente, es de la libertad del autor. Lo que más ha valorado la gente es: ¿de dónde venís? ¿Cómo sois capaces de hacer este triple salto inmortal? ¡Qué valientes! Y eso es luz, es amor, es fe. La fe es que siempre hay una red. Y es gracias a haber puesto siempre mi obra desde una perspectiva de crecimiento personal. Hago mis películas como si fueran la última. Si es un fracaso ¡bien!, me hará salir de mi neurosis y de mi especialito.

Tengo fe en lo que hacemos. Obviamente, nos tiemblan las piernas a veces, otras calculamos, pero sobre todo somos unos salvajes, indómitos, asilvestrados. La fe es una mezcla de amor y locura, y hay un poco de eso en mi cine.

Más allá del premio, ¿qué ha sido lo más destacable que se ha traído de Cannes?

La conexión con la cinefilia internacional y haber entendido el mensaje: te has tirado desde el piso 40, ahora tírate desde el 120. En la siguiente película quiero doblar la apuesta. También espero ser más maduro, tener más fe y estar más conectado a mi esencia y menos a mi ego.

La película nos está diciendo que hay un camino en ese equilibrio entre relato e imagen, entre lo masculino y lo femenino. Sirât es muy masculina, pero hay un equilibrio entre los dos arquetipos. El relato del héroe es masculino; lo semántico, lo que el autor quiere expresar, la conquista, el ir hacia adelante, la aventura, pero está equilibrado con el arquetipo femenino. La energía femenina del mundo, que es lo lírico, lo esotérico, lo ambiguo, lo polisémico. Eso lo cuido mucho en mi cine.

¡Volvamos a las salas!

Uno de sus propósitos con Sirât es atraer a los jóvenes a las salas.

Es el objetivo. Hago lo que está en mi mano; que se consiga o no, no lo está. Yo siento mucha identificación. Bailo mucho en las raves con gente de 20, 30 años, y de alguna manera no es una cuestión generacional de edad, al final es una cuestión de comunión de heridas. He sufrido mucho la falta de referentes, he tenido a mi familia, a mis padres, y son referentes fuertes. Pero hablo de referentes espirituales: de luz, de serenidad, de gente que te conecte, que te agite el corazón, y esto lo he encontrado en el cine. Esa luz la he sentido en cineastas intrépidos, valientes, que me han hecho tener fe en el ser humano. Vamos a intentar rascar adentro y tocar dentro de esos espectadores y ojalá vuelvan al cine, que es un sitio donde las imágenes nos pueden transformar. Volvamos a que el cine sea una ceremonia. En Cannes pasa eso, la gente son niños que van a ver una película con la sensación de que esa historia puede cambiarle la vida.

El cine es un misterio. Hace una apuesta que cree que el espectador puede sentir de alguna manera, pero ¿quién sabe?

Confiaba en el trabajo, por eso estrenamos justo después de Cannes. Sabía que teníamos una historia fuerte, pero no a este nivel, esto sí que ha superado las expectativas. Tengo ego, pero nunca me he proyectado en los Oscar y cuando Neon [la distribuidora será la encargada de llevar el largometraje a las salas estadounidenses] me habla de los Oscar…

Me fui con veintipocos años a Marruecos asumiendo que iba a ser un francotirador, que iba a hacer cine en los márgenes, lo que es muy legítimo. Lo de los Oscar no me lo esperaba, pero es una peli que puede conectar mucho en Estados Unidos, dialoga con el cine americano de los años 70, el nuevo cine americano. Estamos en una época muy similar a los 70 con una sociedad muy polarizada, guerra de Vietnam, retorno a la espiritualidad, un poco New Age, el uso de los psicodélicos de manera medicinal, retorno de cierta polaridad… Espero que Sirât, con sus imperfecciones, hable del momento en el que estamos como lo hicieron en su época Apocalypse Now o Easy Rider.

Es pronunciar su nombre y todo el mundo lo asocia con espiritualidad.

En la película está escondida, es sutil. No desligo mi proceso creativo de un proceso de desarrollo personal. Muchas veces mi proceso creativo es un impedimento para mi madurez espiritual. Hay algo neurótico en mí como artista que me impide madurar más espiritualmente, pero creo que esta polaridad es buena porque repercute en mi cine. Este choque se ve en mi cine, entre tradición y modernidad. Hay algo ahí que es muy de estos tiempos, de un ser humano que quiere trascenderse, pero que vive anestesiado, despistado, distraído, y que no tiene las mejores herramientas para hacerlo, pero que tiene ese anhelo fuerte de trascendencia. Y eso está en mi cine, en estos personajes que llegan a ese desierto y miran al cielo impotentes, desnudos, barridos con sus egos, y la vida les dice cruza, tírate al abismo, cruza un terreno minado. Esta tensión en mí está en mi cine y hace que vibre, que tenga una verdad. Esta película es, sin querer, más espiritual que las demás porque me he ligado más a mi herida terrenal de niño. He madurado más, estoy menos en mi neurosis.

A la hora de dirigir, ¿es más visceral o cerebral?

Creo que todas las intenciones que teníamos, y las intenciones son algo cerebral, de hacer una película popular; una película joven que pueda conectar con los jóvenes; que sea un ceremonial que haga a la gente mirar dentro de sí, las hemos cumplido.

Hoy en día, el artista tiene que bajarse de su caballo. Como público nos distraemos, tenemos poca capacidad de concentración. ¿Cómo ayudar al espectador a subir a mi caballo y que se deje invadir por las imágenes? El género, que es esa mezcla de cultura popular y alta cultura, es lo que nos ha ayudado en esta historia a través del suspense y las vicisitudes que viven los personajes.

Además del cine, ¿qué hay en su vida?

Raíz. Intento honrar a mis antepasados, el sitio donde vivo, cuidarlo, me cuida, mis maestros, mi práctica, mi terapia… Intento estar a la altura de lo que he heredado. Es que soy de un sitio que es increíble, Os Ancares, y veo mi sensibilidad y mi psicología, también lo veo del lado del linaje de mi padre. Tengo la raza del campo, esa juventud del campo que se peleaba a navajazos con los de la otra parroquia por los lindes.

Sergi López: “El cine tiene una función educativa, ilustrativa, alimenta las almas del público”

Es pura energía. Campechano, jovial y con los pies en el suelo, Sergi López se pellizca por la suerte que tiene. “Estoy disfrutando de una parte más profunda de mi trabajo, con el que tengo una relación lúdica. Esto es un juego, tienes que pasártelo bien, aunque actúes el dolor o la tragedia”, afirma este hombretón de Vilanova i la Geltrú, donde nació y vive desde hace 59 años. Con un historial con el que cualquier actor soñaría –ha competido diez veces en Cannes y ha participado en 100 películas de directores únicos–, este catalán que triunfó antes en Francia que en España se ha puesto frente a la cámara para Terry Gilliam (El hombre que mató a Don Quijote), François Ozon (Ricky y Potiche, mujeres al poder), Guillermo del Toro (El laberinto del fauno), Stephen Frears (Negocios ocultos), Isabel Coixet (Mapa de los sonidos de Tokio), León de Aranoa (Un día perfecto), Agustí Villaronga (Pan negro), Woody Allen (Rifkin’s Festival), Iciar Bollain (La boda de Rosa), Alice Rohrwacher (Lazzaro feliz) y Albert Serra (Pacifiction), entre otros. Ahora, también está en boca de Oliver Laxe, a quien le dijo que le había gustado mucho la historia de Sirât, “pero que no sabía si era capaz de atravesar el territorio que le proponía. El desafío fue acercarnos al dolor extremo, bestial, de mi personaje”, subraya”, dice López, que no es nada cinéfilo.

¿Por qué confió en Oliver Laxe?

Confié en el guion. Siempre estás esperando que aparezca algo que no sepas cómo calificar o que no sepas a qué compararlo, y Sirât lo era.

Trabajar con Oliver ha sido como una posesión. En este misterio de hacer algo que todo el mundo sabe que es mentira tienes que agarrarte algo. Y él, que está poseído por lo que hace y es muy espiritual, te ayuda a tener fe, te alimenta continuamente, no te abandona.

Siempre he dicho que soy saltimbanqui, un payaso y he quitado importancia a lo que hago. Con esta película me he dado cuenta que tengo un lazo emocional bastante fuerte con este oficio, y he aprendido que actuar no es algo que solo decides tú, sino que hay algo también de abandonarse, de abrirte.

Se subraya la importancia de la formación en su profesión. Aquí está rodeado de actores naturales. No hay una fórmula, lo importante es formarse bien, ya que hay escuelas que van bien a unos y a otros no. Me encanta trabajar con personas que no han actuado nunca. Lo que persigo es ser uno más, que no se note que estoy actuando.

¿Cuál es el secreto de su prolífica carrera?

Alucino con las películas que he hecho, la gente y los idiomas en los que he trabajado, las veces que he competido en Cannes y Venecia, los premios que me han dado [ha ganado el César y el Premio del Cine Europeo, entre otros]. Lo que me pasa con el cine, me pasa con la vida, y es que nunca he sido ambicioso. Cuando empecé, mi sueño era ganarme la vida como payaso, el hecho de no tener la estrategia de llegar a un sitio, me ha hecho centrarme en cada proyecto, ir paso a paso.

¿Qué personajes son los que te apetece interpretar a partir de ahora?

Lo que me mueve es la historia, no el personaje. El cine tiene una función educativa, ilustrativa, alimenta las almas del público y hay un mensaje, aunque no sea explícito.

Ahora empieza a tener más peso en mis decisiones el director o directora, una figura primordial. Yo vengo del cine de autor, por lo que para mí todo el sentido está en el punto de vista de la persona que tiene la pulsión de contar.

¿Cómo es su convivencia con la fama?

Correcta. Oigo demasiado hablar de mí, tengo suficiente. No quiero más.

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