Se ha inspirado en su madre, también en su padre, todas sus historias están “contaminadas” de su biografía. Pedro Almodóvar no quiere que le hagan un biopic “porque estoy en mis 24 películas, aunque no de manera tan evidente como en Dolor y gloria y Amarga Navidad”, título de la nueva propuesta del internacional manchego protagonizada por cinco intérpretes con los que ya ha trabajado –Bárbara Lennie, Milena Smit, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo y Leonardo Sbaraglia, nombres a los que se suman Quim Gutiérrez y Patrick Criado– que muestra que la ficción no puede vivir sin la realidad y la realidad siempre necesita una dosis de ficción.
Uno de los relatos de su libro ‘El último sueño’ fue la simiente de Amarga… que deja patente que quien conoce mejor el oficio son los mismos que lo hacen. “Lo que más me atraía es que la película dentro de la película se cuestiona a sí misma. También me divertía no ser complaciente con el director -uno de los personajes- , que es una suerte de alter ego porque cuando escribes lo mezclas todo”, indica un Almodóvar sereno ante el estreno este viernes de su nuevo viaje cinematográfico.
Amarga Navidad es un juego de cine dentro del cine que se despliega en dos líneas temporales que giran sobre un director de cine que sufre un bloqueo creativo y que escribe sobre una directora de culto con una vida que no le satisface. Intercalando ficción y realidad, en la película se escuchan frases “que me pertenecen absolutamente -cita las expresiones ‘soy pudoroso y hermético’ y ‘no puedo trabajar si no tengo libertad absoluta’”-. Y en aras de esa libertad total, ¿un creador tiene restricciones? “Cada uno tiene su respuesta, que son sus límites morales, lo que no quiere decir que tenga derecho a todo. Es extremadamente difícil, y de eso va la película; cuando llega a una veta inspiradora que tiene que ver con la realidad que rodea al creador y esta incluye a otras personas, es muy complicado que piense en ellas. Piensa en la idea, y eso es bueno y malo”, expone el cineasta, que a la pregunta de si ha sido considerado con los hombres y mujeres de su ámbito que refleja en la película, responde que es algo “que no descubres hasta que la persona o personas te lo dicen. Mis películas se basan en muchas cosas que son reales, a veces participa de ideas de alguien, otras de una conversación, de algo que has que oído , que te han contado o de una realidad que has vivido”, subraya.
Como hizo en Dolor y gloria, Almodóvar vuelve a indagar sobre sí mismo en Amarga Navidad y entra en zonas oscuras y duras. “Me he convertido en mi propia musa, cosa que no es grata. Mi vida se ha reducido mucho, me he ido fijando más en mí y en lo que me rodea, que también es menor, pero me gustaría no seguir haciéndolo. Cada vez veo a menos gente y ceno por salud con amigos de vez en cuando. El exterior es el cine y las series que veo, los libros que leo, los programas que escucho, y para mí esa es la realidad”, destaca el realizador, que de todas las sensaciones que le ha dejado su último filme se queda con las interpretaciones. “Uno de los principales placeres ha sido ser el que mira el trabajo de los actores después de haberlo trabajado con ellos”, añade.
Una película “rabiosamente política”
Es “el ser más libre del universo” cuando escribe –“en el resto de mi vida soy bastante libre, pero no el más libre del universo”- y cuando se le ocurren cosas que le atraen “no me impongo objetivos, ni a quién va dirigido, ni fórmulas, porque soy contrario a ellas. Me encantaría volver a escribir y hacer una película como Mujeres al borde de un ataque de nervios, pero no tengo la fórmula de hacerlo, lo que hace que vaya cambiando de una a otra y que los éxitos no los pueda repetir”, declara el director y guionista, que cuando crea historias que no le satisfacen “las guardo en un cajón. Lo mejor es no tirar nada porque, mezcladas con otras ideas, las he aprovechado y me han dado muy buen resultado”.
Nunca como ahora ha sentido tanta necesidad de hacer películas. En un “momento histérico” en su carrera, tiene en su mesa un guion terminado y otro a la mitad, ambos con fondo apocalíptico –“desde la democracia, este es el peor momento en el que hemos vivido”-, pero le interesaría “muchísimo encontrar una idea que dinamitara directamente al presidente Trump y a toda la gente que le rodea. No soy violento, pero la violencia que me ha provocado este hombre no la he conocido nunca en mi vida. Cuando pienso en él, solo pienso en la violencia necesaria para exterminarle. No está en mi ADN, pero me gustaría mucho en este momento hacer una película rabiosamente política contra todo aquello que nos rodea y que es espantoso. Soy director de cine, sería ideal hacer algo práctico y útil para todos los demás, incluido yo mismo”, admite este profesional que no quiere perder el contacto con La Mancha, de donde viene, para alimentar su creación.
Almodóvar ejerce un oficio “que te da un poder enorme, descomunal. Un director tiene todos los pretextos para pedir lo que quiera y como quiera, porque le pertenece como autor. Yo tengo mucho cuidado porque invito a los intérpretes a que se sumerjan lo más profundamente que puedan en lo que les ofrezco. Esa inversión es delicada porque los actores, además, trabajan con un banco de dolor y de experiencia y puedes fracturar a mucha gente. En el set, la naturaleza del trabajo de un director es dar órdenes y ser obedecido sin cuestionarle. Fuera del set no hay órdenes, y si las das, mal hecho”, manifiesta el cineasta, que tras rodar en inglés La habitación de al lado quiere volver a trabajar con Tilda Swinton, Julianne Moore y Ethan Hawke.
El que es uno de los pocos cineastas “que hace la película que quiere hacer, otra cosa es cómo te sale. En todas, incluso en las que no me gustan, hay partes que me satisfacen”, no cae en la tentación de rehacer lo hecho. “Las películas te pertenecen, lo peor es cuando los errores te han venido impuestos desde fuera, parte que, afortunadamente, no tengo. Reconocerte en los errores es importante, pero también lo es cerrar las películas y no volver a ellas”, concluye.


