En el cartel de la última película de Almodóvar, Amarga Navidad, intuimos a una Bárbara Lenny vestida de rojo y gafas de diseño. Su rostro aparece enmarcado en un perfil azul de cabello alborotado que nos resulta familiar; podría ser otro de los protagonistas, Leonardo Sbaraglia, el propio Almodóvar, o ambos a la vez en un colorido juego de espejos. Pero a mí me gusta pensar que quien se esconde tras el perfil de melena electrizada es Esther García.
Vestida de azul estampado con corales vibrantes llama la atención en el hall de la sede del Instituto del Patrimonio Cultural, la insólita Corona de Espinas con aire de nave espacial y estructura de hormigón visto -donde rodaron La piel que habito- y donde hoy Esther posa disciplinada ante el fotógrafo que ilustra este texto.
La misma Esther que ha sido manicurista en Mi vida sin mí, funcionaria de prisiones en Hable con ella, controladora aérea en Los amantes pasajeros, matrona en Madres Paralelas, o presentadora de telediario en La piel que habito. Esta “segoviana de cara dulce y aspecto de treintañera” -palabra de Pedroooo– ha sido todas ellas y ninguna a la vez.
Porque la Esther de la vida real produce. Mucho y muy bien. Mucho, avalada por una carrera inagotable de cinco décadas. Y muy bien, de las que ganan Oscars y Goyas, y Baftas y Cesars, y el Premio Nacional de Cinematografía y el de Honor en Donostia. Antes de entregarle este, Pedro Almodóvar desde el escenario del Kursaal comenta: «Si El Deseo es una empresa familiar, Esther es la madre». De inmediato pienso en aquella frase del historiador Phillippe Ariès: “Te falta una sola persona y ya ves el mundo vacío”.
Ese mundo que Esther descubriría años antes, a hombros de su padre, viendo Los Tarantos de Rovira Beleta, en un salón de baile de Cedillo de la Torre saturado por la fumarada de los parroquianos. Ahí comenzó su historia de amor con el cine hasta que se lo volvió a cruzar en un rodaje. Estación de Delicias. Madrid. Exterior. Noche. Pedro Olea rueda Pim, pam, pum… ¡Fuego!. Del ballet que orquestan en perfecta sincronía los equipos técnicos y artísticos al grito de ¡acción! surge el flechazo. Ya no podrá vivir sin él.
De ahí a la serie Curro Jiménez coincidiendo con Mario Camus, Pilar Miró, Rovira Beleta y los hermanos Romero Marchent. Siempre fue una moderna, porque en una época, los 70, en la que apenas había productoras, ella se abre camino entre especialistas, bandoleros y caballistas. Y lo hará en adelante inspirándose en mujeres como Josefina Molina, Patricia Ferreira, Cristina Huete o, de nuevo, la Miró, mientras el país avanza hacia la transición democrática.
En mitad de ese ambiente de deseo de modernidad y ganas de transgredir está ella, descubriendo su vocación con Ozores, Trueba, Gonzalo Suárez, Colomo o Iván Zulueta. Estamos ya en los movidos 80, y entre El año de las luces y viviendo La vida alegre, Esther coincide con los hermanos Almodóvar en el rodaje de Matador, tras el cual deciden crear una productora que nace con La ley del deseo y que hasta Átame! -sí, aún después de Mujeres al borde de un ataque de nervios– cabría en una bolsa de deporte.
Lo que sigue es Historia de nuestro cine. Y de El Deseo. Y de Esther. Ya no hay bolsa de deporte que pueda contener toda la filmografía de Almodóvar, ni el impulso en la carrera de Isabel Coixet, Álex de la Iglesia o Guillermo del Toro. Ni la confianza en Lucrecia Martel, Julia Solomonoff, Pablo Trapero o Damián Szifro. No hay texto que pueda albergar a los más de 70 directores y directoras con los que ha trabajado. Ni las aventuras vividas. Ni los parajes explorados.
Incluso tras las raves de Sirât, confiesa que Acción Mutante es la película en la que más ha llorado por el “esfuerzo titánico” -palabra de Esther– y al momento siento el deseo de averiguar en la que más se ha reído. Intuyo que no hay una única respuesta. Advierto que cualquiera con Félix Sabroso.
Leo en El año del pensamiento mágico a la escritora Joan Didion preguntarse “¿Quién es el director de los sueños?. ¿Acaso yo solo podría averiguar lo que pensaba soñando o escribiendo?”. Y al instante tengo la tentación de averiguar lo que piensa Esther viendo -de nuevo- todas sus películas. ¿En cuanto al director de sus sueños?, eso está claro como un cielo despejado de verano. Siempre fue ella misma.
Cristina Teva