Julia Juániz: de las noches de Arellano a las luces de Hollywood
Hablar de Julia Juániz es adentrarse en un territorio donde la carne se vuelve celuloide y el tiempo se quiebra en favor de la imagen en movimiento. Cómplice y amiga, hemos creado un afecto del norte que rasga la intimidad y asienta nuestra amistad en algo sagrado. He compartido sus éxitos y reconocimientos aferrada a la humildad que la caracteriza. Su cosmología del cine es una linea arquitectónica de fuga abierta, eficaz, aguda, obsesiva y brillante, así es su corpus creador, un compromiso y una vocación a la que se entrega en cuerpo y alma, desangrando su propia mirada sobre la mesa de montaje. Ella ha transitado del analógico al digital, intuyó que la tecnología puede cambiar pero que el montaje se hace en la cabeza. Su genialidad trasciende al tiempo que habita en la soledad de las sombras de la sala de edición.
Ha nacido y vivido para insuflar vida, ritmo y vísceras al metraje. Esta vocación, nació en las noches estrelladas del cine de su Arellano natal, donde una Julia niña devoraba con ojos magnéticos historias que sembraron su obsesión por el misterio de la pantalla. Desde ese origen forjó su resistencia y un mérito colosal: como mujer y montadora, ha conquistado un espacio históricamente masculinizado, imponiendo su autoridad estética. Cerebro invisible y mano firme, ha entablado un diálogo de igual a igual con creadores como Carlos Saura —en Goya en Burdeos o Tango—, Daniel Calparsoro, Ramón Barea, Víctor Erice, Chus Gutiérrez, Rafael Gordon o Paula Cons en España. Pero la maestría de Julia Juániz trasciende las fronteras europeas, consolidando una sólida trayectoria en el cine estadounidense que la ha llevado a ser miembro activo de la Academia de Hollywood (AMPAS).
Su precisión quirúrgica en el montaje de thrillers internacionales destaca en producciones de primer nivel, como Black Butterfly (2016) para el cineasta Brian Goodman —protagonizada por Antonio Banderas—, y el largometraje de acción Bent (2017), dirigida por el oscarizado guionista de Crash, Bobby Moresco.
Asimismo, se encargó de la edición de Finding Steve McQueen (2019) bajo las órdenes de Mark Steven Johnson, director de éxitos comerciales como Daredevil. Su pulso creador bebe del eco perenne de las vanguardias del arte ruso, la audacia de Dziga Vértov y el montaje de Serguéi Eisenstein. Sin embargo, su genealogía visual se completa con un feroz compromiso feminista impregnado por referentes como Esfir Shub, Germaine Dulac o Maya Deren, herederas del desprecio por la narrativa patriarcal. Esta colisión matérica estalla en las texturas visuales de sus negativos pintados a mano; arañar el celuloide y aplicar pigmento puro es un acto de amor carnal que dota de fuerza telúrica a sus piezas de videoarte feminista, como “I am a woman” o en exposiciones como “Emakumearen Eremua” en el Museo La Neomudejar en 2017.
Frente a la deconstrucción y el dolor del mundo, Julia jamás nos abandona en el abismo. Acariciando el mar, las nubes y la infancia, su vanguardismo es radicalmente luminoso: nace de una inquebrantable fe en el ser humano y en su sagrada capacidad de soñar. En mitad de esa tempestad de hierro y militancia, emerge su admiración por Charles Chaplin; el vagabundo simboliza la resistencia poética frente a la deshumanización. Julia Juániz no edita para complacer; lo hace para abrir mundos, recordándonos que el cine es el último refugio de la esperanza, la libertad y el indomable espíritu humano.
Francisco Brives