Si en el cine trabajar con la imagen es esculpir en el tiempo, entonces trabajar con el sonido supone esculpir en el aire. Un asunto más peliagudo de lo que parece: desde que vista y oído se acoplaron delante de la pantalla, al lado sonoro le compete, no solo aquello que está dentro del plano, sino también lo que está fuera, así como la dimensión musical de la narrativa (cuando la hay) y, a veces, aportar al conjunto una dimensión táctil vedada a la cámara. A lo largo de esta entrevista, Alfonso Pino demuestra saberse al dedillo todo esto: no podía ser de otra forma.
Nacido en Madrid en 1935, ganador de siete premios Goya (el primero por ¡Ay, Carmela! en 1991), Alfonso Pino tiene 123 títulos en su filmografía según IMDB, a los que habría que sumar infinidad de trabajos no acreditados en doblaje, publicidad y otras especialidades.
Trabajos que, saltándonos su debut como sonidista (Pestañas postizas, 1982), pasan por dos de las películas más particulares del cine español de los 80 (Sáhara y La muerte de Mikel, 1984) para luego arrojar un ‘quién es quién’ en el que figuran nombres como
Vicente Aranda, Carlos Saura, Fernando Trueba, José Luis Garci, Manuel Summers y unos Álex de la Iglesia y Alejandro Amenábar todavía en pañales, por mencionar solo unos pocos. ¿Cómo lidia alguien con los requisitos de directores y filmes tan diferentes entre sí?
De la cinta analógica al sonido digital, de la ley Miró al renacimiento comercial del cine español en los 90 y los 2000, Alfonso Pino se las ha visto en todas, y más allá. Y de todas ellas nos habló en una tarde, con su hija Nuria como anfitriona atentísima y su Goya por Tesis como testigo mudo: de cómo estar al quite de cineastas y productores, de cómo resolver retos técnicos (a veces dados por las limitaciones de un equipo obsoleto, otras muchas por las tentaciones de la nueva tecnología) y de cómo hacer frente a los requisitos de una profesionalidad que exige que todo esté lo mejor posible, aunque sea para Super 8: escuchémosle con los oídos bien abiertos.
Yago García