Sentado al lado del equipo que registrará esta charla para la posteridad, escucho los sonidos de pasos casi imperceptibles, el roce de telas y el rumor de voces y risas casi susurradas que avisan de que, detrás de un cortinaje como boca de lobo, Ana Belén vuelve a pisar el escenario del Español donde se crio como actriz y que es, desde casi niña, como su segunda casa. Lo hace con la naturalidad con la que los humanos nos manejamos en espacio conocido, pero también con reverencia. Seguro que todavía siente ese latigazo emocional que se produce al mirar el patio de butacas desde ahí arriba, cortesía de los fantasmas de los teatros del mundo, que anda que no habrán germinado vocaciones.
Estamos en penumbra, pero da lo mismo porque ella tiene algo que ilumina las estancias. Es como si las energías del lugar, dispersas hasta entonces, decidieran converger a su alrededor. Mueve con elegancia ese cuerpo de adolescente que conserva rebasados los 70; no es mayor aunque lo diga y lo repita. Y no lo será nunca. Sería mejor rendirse ante la evidencia de que es una mujer sin edad con la cara fresca como de sábado por la mañana, que se mueve por el mundo acompañada de esos sentires y pensares de los que disfrutan los que se encuentran a gusto en su piel, a sabiendas de que si lo que ha de llegar no es bueno, tienen sitio para el dolor y, si lo es, están preparados para recibirlo con una sonrisa que, en su caso, es leyenda.
Ahí, en ese escenario donde su Adela le rompió a la Bernarda la vara de moler voluntades, la acompañan también otros personajes paridos en parecidos santuarios. De Antígona a Fedra, Electra, Ofelia, Semíramis, Porcia, Julieta, Cleopatra y aquella chavalilla de barrio, de vida sin ningún sabor a miel.
En la memoria del cine están, más allá del prodigio abandonado, la sirvienta humillada de Españolas en París, la maestra que fuera El amor del capitán Brando, o la diva entre plumas de La corte de faraón. O Desideria, casada infiel de turbias pasiones. O la señoritinga asesina de La petición, o aquel Tormento de cuántos hombres respiraron a su alrededor, o la Mari Gaila absuelta por Divinas palabras. Y aquella novia sacrificada que se perdió en los recovecos de La colmena. O la bella que fumaba entre las sombras de una sala de proyección, mientras rondaban Demonios en el jardín. Y Pilar, la libertaria, la castiza Paloma, en pleno vuelo, o las fascinantes damas de elegantes enredos que aprendieron por las bravas que El amor perjudica seriamente la salud, que no se puede ser infiel sin mirar a quien y que no hay muchas cosas que hagan que la vida valga la pena. Al lado de todas ellas brilla como merece aquella traicionada Fortunata que paralizó a un país ante el televisor. Y a todas ellas les ha regalado en mayor de los presentes: les ha infundido vida cierta.
Ana Belén es, además, la voz de la memoria de unas cuántas generaciones porque se transmite de padres a hijos, lo que no deja de tener su punto prodigioso. Citar una sola de sus canciones sería como intentar sacar una cereza de un cesto: no se puede porque las que están entrelazadas saldrían detrás. Las hay de poesía cantada y otras como películas. Románticas, y pura diversión. Pero, en muchas de ellas, expone, desde la melancolía o desde la batalla, su compromiso contra toda forma de injusticia y abuso en general, y contra las mujeres en particular. Muchas las ha firmado Víctor Manuel, compañero de vida desde que se hizo mayor aquella niña ilusionada de ojos soñadores que corría por Lavapiés disfrazada de antigua con un sombrero hecho con una palangana y un trozo de tul que alguna vez sobró.
Juan Luis Álvarez