La clase de Jaime Chávarri
Si el cine español construyera un cuadrado, con los vértices Iván Zulueta, Víctor Erice, Carlos Saura y Pedro Almodóvar, en el centro de esta figura geométrica estaría Jaime Chávarri. Profundamente curioso, ardientemente atento a lo que ocurre a su alrededor y a lo que proponen las nuevas generaciones, humilde a rabiar, dueño de una memoria excepcional y, sobre todo, amante del cine. “Yo entré en el cine como meritorio en una película de Marisol y ahí pensaba quedarme”, que dicho por él suena a verdad. Y no es cierto.
Madrileño de 1943, nacido en una familia de postín, licenciado en Derecho, el cine, su pasión, creció como posibilidad natal cuando en un guateque hizo migas con Iván Zulueta y supo que existía una Escuela de Cine. Si con Zulueta conoció el ‘underground’ y a él le prestó una casa familiar para rodar parte de Arrebato, con Erice llegó al cine industrial fue director artístico (en El espíritu de la colmena), trabajo que también realizó con Saura (Ana y los lobos), para alcanzar así a Elías Querejeta, el pope del cine de autor de esos años. Muestra del olfato de Chávarri es que de un documental de encargo nació El desencanto. Él jura y perjura que desde sus inicios supo que no sería un cineasta-poeta como Erice y que por ello ha tenido una larga y dúctil carrera, salpicada de encargos y divertimentos (en los que podrían incluirse sus dos filmes porno), y de que, en realidad, todo ha ocurrido porque sí.
Y esa es la gran mentira de Chávarri. Su ironía, su humor, la aparente frivolidad con la que ilumina sus conversaciones esconden su poso intelectual y creativo.
No puede ser casualidad que fuera un rodaje suyo, el de la práctica El asesinato de Sharon Tate, el que hiciera que la censura entrara en la Escuela de Cinematografía, reducto de rojos en el franquismo. No puede ser coincidencia que el mismo cineasta que retrató la debacle y el derrumbe de la familia Panero estuviera metido en el Movida: no solo ha actuado con Pedro Almodóvar, sino que Almodóvar y él estaban juntos viendo una película ‘underground‘ de Chávarri el 23 de febrero de 1981, cuando un puñado de nostálgicos del franquismo quisieron meter la marcha atrás a España. Y Chávarri, erre que erre con su sinceridad: “Casi siempre he adaptado novelas porque no me gusta escribir, no me sale. Leer sí, escribir no. ¿Un ejemplo? Los viajes escolares (1976) y El río de oro (1986) son mis únicas películas de autor, dicho entre comillas. En un programa de televisión me dijeron que estaban 10 años por delante de su fecha de estreno. Eso es lo peor que puede ocurrirte, porque nunca podrás arreglarlo, nunca serán actuales”. Cierta frivolidad, humor y mucha clase. Estilo Chávarri.
Con todo, hay algo que le apasiona mucho más que leer o ver cine: impartir clase. Hace 20 años que está centrado en la enseñanza: “En estas dos décadas puede que no haya dirigido un largo, pero he estado filmando con los alumnos, relacionándome con gente joven de la profesión”. Y en los próximos años, tras estrenar La manzana de oro, ¿qué? “Soy un espectador maravilloso. Me encanta la enseñanza. Seguiré así, no hay problema”.
Gregorio Belinchón