“Para ser estrella yo no sirvo”, dice un actor que procura huir de las alfombras rojas y los ‘photocall’. “Yo no sirvo para ser estrella porque soy actor”. Y en esa frase, que en otros podría sonar a guion teatralizado, esconde Miguel Rellán el secreto de una carrera en la que ha llenado de carácter y personalidad a un centenar de personajes en cine, series y teatro. Porque Miguel Rellán empezó actuando de espaldas en el escenario cuando era un niño para después, ya adulto, no perder jamás la cara al público, ese que siempre le ha acompañado en cinco décadas de profesión. Aquel hijo de médico descubriría años después, en la facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla, que en un teatro cabía el mundo entero. Y empezó a interpretar vidas ajenas para llenar la suya propia. Una vida en la que jamás, desde que se subió a Madrid para no volver a bajarse de las tablas, le faltó el trabajo, “un lujo” que sabe que muy pocos intérpretes saborean.
Profesional de los de vieja escuela, sin épica ni imposturas, Miguel Rellán sabe que “esto de ser actor” es, sobre todo y ante todo, un oficio. Y un oficio que sirve para “medio llenar la nevera” y también, para iluminar a los demás. “Me di cuenta de que el teatro no cambia el mundo, pero sí cambia a personas”.
Y quizá a esos que ha iluminado puedan después cambiar el mundo…
Decir polifacético sobre Miguel Rellán es una redundancia sobre quien ha consagrado su vida al arte de interpretar. “Porque el peor trabajo es el que no se hace”, que le dijo alguna vez Fernando Fernán Gómez. Y siempre desde el respeto a sus personajes, ya fuera en series de televisión de esas que dan fama de la que no se puede huir; papeles de cine con los que ahí, en segundo plano, llena de luz la pantalla, o en el teatro, ese que no ha dejado de hacer jamás.
Pero quizá todo esto sea demasiado solemne, demasiado serio; y él huye de ahí. En lugar de todas estas letras que buscan describir un rasgo de su oficio, habría que describir lo evidente: que es un gran conversador, una metralleta de anécdotas brillantes, una fuente de historias asombrosas, un coleccionador de amistades que son figuras. Y, sobre todo, un hombre que sabe disfrutar, que sabe reírse. Y por eso, a aquel niño tímido que debutó de espaldas, ni sus compañeros ni el público lo han dejado de admirar y de acompañar. Casi nada.
Fernando Muñoz