Apuestas personales: El otro cine español de San Sebastián

Por María Gil · 26 septiembre, 2018

Zona abierta y de riesgo, Zabaltegi-Tabakalera da cabida a cinco propuestas con participación española. 

Los largometrajes Belmonte, Trote y Teatro de guerra y dos historias documentales cortas, Los que desean y 592 Metroz Goiti, comparten este espacio ecléctico donde caben todas las duraciones, estilos y posibilidades, pero al que los cinco realizadores acuden con una cosa en común: poner algo de ellos mismos.

Belmonte | Federico Veiroj

Viejo conocido de San Sebastián, Federico Veiroj ha pasado por prácticamente todas las secciones del festival. Idilio que ahora se completa con la participación de su cuarta película, Belmonte, en Zabaltegi-Tabakalera.

Esta cinta sobre la crisis de la mediana edad de un artista, a raíz de los cambios en su familia, “surge de la combinación de un humor y una manera de ser muy particulares del propio Gonzalo Delgado”, protagonista del filme y colaborador habitual del realizador uruguayo como coguionista y director de arte en sus anteriores largometrajes. “La apuesta de trabajar con él es casi el motor de la película. Me puse a unir ideas para que las actuara. Por otra parte, es pintor en la vida real y sentía que le podrían gustar”, explica Veiroj, que buscó explorar “la combinación de la vida personal, laboral y familiar en un personaje que no da y no se da tregua; su impulso lo gobierna”.

Rodada en Montevideo, “en algunos sitios emblemáticos que hace mucho tiempo quería filmar”, el director de Acné, La vida útil y El apóstata asegura que todas sus historias tienen bastante de él mismo. “Siempre, de alguna manera, estoy dentro. No sé cuánto ni me pongo a pensar, pero sí que me es muy natural identificarme con demasiadas cosas”, aunque “no son el relato de algo vivido por mí” y “se atan a personas/personajes muy concretos. Es un proceso hermoso el de escribir para un rostro que uno conoce muy bien”.

Veiroj aborda su regreso a Donosti –“donde me siento como en casa”– con la certeza de que Belmonte “va a estar cuidada al cien por cien”.

 

Trote | Xacio Baño

Dos primeras veces para Xacio Baño en San Sebastián. El realizador gallego se estrena en la muestra con su debut en el largometraje, Trote. “Es una continuación temática y también formal de mis anteriores producciones. Temática porque trata el ‘yo’ de los personajes: quién soy, quién necesito ser, quién no soy, quién aparento ser. Sigue una senda de temas existencialistas. Y es también una continuación formal porque el tratamiento de la imagen, de la diégesis, cámara y sonido habla de un estado vital propio. Hay algo en la imagen que se ve que se va rompiendo y abriendo: por ahí estoy yo escondido”, explica.

La cinta aborda la historia de Carmen, mujer en un ambiente opresivo de un pueblo en el que se celebra la fiesta de ‘a rapa das bestas’, tradición que “nos ayuda a completar los huecos de los personajes y de la sociedad que formamos”.

Seleccionado en Locarno con las historias en formato corto Eco y Ser e voltar, y también con Trote, Baño defiende que “me gusta hacer el cine con las manos. Hay algo de tocar y de sentir a la hora de la creación, un quehacer con los recursos más próximos, uniendo las piezas sueltas que han quedado del puzzle, que produce filmes más personales y más desprejuiciados. Este es el camino que me he marcado: jugar con lo próximo, sentir que la arquitectura que hay que levantar para hacer una película no me impide sentirla con los dedos”.

Con la esperanza de que su visita a Zinemaldia sea la primera de muchas, el director se muestra feliz de que el resultado final sea fiel a su intención originaria de hacer una película muy animal e instintiva, y de sensaciones. “Es el viaje que proponemos al público. El filme deriva entre la cabeza, lo mental, lo mal llamado humano, hacia el instinto, los intestinos y las necesidades primarias. ¿Qué sentimos cuando miramos directamente a los ojos de un caballo? ¿Nos reconocemos en él? ¿Él se reconoce en nosotros?”, se pregunta.

Teatro de guerra | Lola Arias

Escritora, directora de teatro y cine y performer, Lola Arias confronta a veteranos argentinos y británicos de la guerra de Malvinas/Falklands en Teatro de guerra. Su debut en el largometraje le lleva por primera vez a San Sebastián, donde aterrizará tras la Berlinale y el BAFICI.

Para la directora argentina, la película “aborda cuestiones universales: ¿qué hace la guerra con las personas? ¿Qué significa ir a una guerra? ¿Qué significa reencontrarte con tu enemigo y tratar de reconstruir las memorias de un conflicto? Habla sobre la memoria”, desgrana.

Su faceta multidisciplinar –“hace muchos años que trabajo en una zona fronteriza entre las artes”– ha hecho que el proyecto haya mutado a lo largo de los años. “Empezó como una videoinstalación solo con veteranos argentinos, después surgió la idea de hacer una obra de teatro y una película, que funcionan en distintas direcciones. El filme comienza en el cásting y acaba haciendo visibles quiénes eran ellos antes, los jóvenes que fueron ellos, algo que no está en la obra de teatro, ni en la videoinstalación”

De los más de 60 veteranos que entrevistó durante dos años, son seis los protagonistas, en los que buscaba “alguien que tuviera una buena historia para contar, que tuviera una sensibilidad para entender su propia experiencia, una cierta manera de estar frente a la cámara y en un escenario”. Lo más complicado fue convencer a los veteranos ingleses de que “un proyecto dirigido por una mujer argentina sobre la guerra podía ser interesante”, pero también que antiguos enemigos acudieran a relacionarse con aquello que les llenaba de odio. “Marcelo no podía ni escuchar música en inglés, por lo que reunirse con veteranos ingleses era impensable”, ejemplifica.

Considera “pretencioso” afirmar que Teatro de guerra ayudó a sus protagonistas a curar heridas, pero sí cree que “les dio una nueva perspectiva sobre sí mismos y sobre lo que vivieron”. Unas experiencias verídicas que se mezclan en un filme “muy construido. La cinta entra en una tradición de cine que trabaja con lo real sin atarse a esas viejas ideas de lo que es el documental”.

Como creadora defiende su responsabilidad de “tratar al otro de manera que sienta que tiene un lugar en la obra, incorporarlo como artista y colaborador” y cree que todos sus proyectos nacen de un interés “por los procesos y experimentos sociales, que significa poner ideas en cuestión y juntar a personas que nunca convivieron para crear una obra de arte”.

592 metroz goiti | Maddi Barber

“Para los que hemos conocido cómo era antes no hay manera de evitar esta realidad”, manifiesta Maddi Barber sobre la construcción de la presa de Itoiz en 1993, origen de su corto documental 592 metroz goiti. Un número que sentenció al territorio. “La cota 592 fue la que delimitó qué se inundaría y qué no, marcando una división clara en el paisaje. Nací en un pueblo que quedó a unos 150 metros de la cota 592, y por tanto, no fue inundado. Entonces fui muy consciente de que esa cifra puesta sobre un mapa jugó un papel decisivo sobre la vida de cada planta, casa, piedra, río, puente, persona y animal del lugar”, explica.

Veinticinco años después, para Barber “lo ocurrido es parte del presente de la región. Fue un proceso largo y conflictivo hasta que diez años después del inicio finalmente anegaron los pueblos. La desaparición de poblaciones con cientos de años de vida supuso un cambio radical en la historia del lugar. Es otro ahora”.

En su cortometraje propone una historia de muchas especies y de cómo se relacionan entre sí y con ese entorno alterado, ya sea desde la cercanía o la distancia. “La vigilancia y la visión se han conceptualizado históricamente como armas de control y poder pero a través de mi experiencia con los guardas forestales me pregunté qué pasaba si se conceptualizaban como tacto, como una manera de cuidar aquello que es observado”, desgrana.

Una interacción que ella misma pone en práctica en 592 metroz goiti. “Mi presencia en el lugar era mi forma de acercarme a lo ocurrido y de cuidar ese lugar. Y la cámara la herramienta para ejercer ese cuidado”,

Ilusionada por la selección en Donosti, confía en que “la cercanía haga que la gente que participó en el proyecto de una u otra manera pueda venir a verlo y podamos compartir impresiones”.

Los que desean | Elena López Riera

Familiarizada con la colombicultura “desde pequeña”, Elena López Riera dedica a esta competición y a esos hombres mirando al cielo pendientes de sus palomas su tercer cortometraje. “Hay algo muy sexual, muy carnal y al mismo tiempo muy poético. Para mí es fascinante observar a esos hombres que proyectan en sus pájaros lo que quizá no son capaces de formular con palabras en su día a día. Ver a todas esas figuras tan viriles, tan concentrados, que al final están observando como los animales luchan por seducir… me parecía una metáfora bastante contundente”, manifiesta.

La realizadora oriolana llega “feliz” al certamen donostiarra tras su paso por Locarno, donde logró el Pardino d’oro al Mejor Cortometraje Suizo, una selección que se suma a la de sus anteriores trabajos Pueblo (Quincena de Realizadores de Cannes) y Las vísceras (Locarno).

López Riera lo tuvo “muy fácil” para acceder a ese mundo masculino cerrado. “Es gente que conozco, hay incluso miembros de mi familia en el corto, y están muy contentos de que su deporte se vea”, explica, pero eso no ha restado reflexión y tiempo al proceso. “Para mí es muy importante el montaje. Iba grabando, sin plan previo, algunas veces yo sola y otras acompañada por otros operadores. La edición ha durado casi el mismo tiempo, porque si veía que faltaba algo, volvía a grabar”, relata.

Afincada fuera de España, regresa a su ciudad natal a través del séptimo arte. Orihuela ha sido el escenario de todas sus historias, en las que aborda el contraste entre las tradiciones ancestrales con el mundo contemporáneo. “Lo que más me interesa de esta relación un poco perversa con el lugar de origen en el amor-odio, es saber que no podría volver pero que tampoco puedo marcharme, que ya soy extranjera para siempre y que por mucho que siga mirando mi pueblo a través del cine, en parte ya es la mirada de una forastera”, reflexiona.

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