Santiago de Pablo: “El cine debe poner más en un primer plano a las víctimas de ETA”

Por Chusa L. Monjas · Fotos © Enrique F.Aparicio · 21 noviembre, 2018

Su obra Creadores de sombras. ETA y el nacionalismo vasco a través del cine ha sido galardonada con el Premio Muñoz Suay 2018

Interesado en cómo el cine español ha abordado la historia de ETA desde sus orígenes a la actualidad, Santiago de Pablo comenzó escribiendo historia política del País Vasco contemporáneo, del nacionalismo y de ETA. Y llegó un momento en el que este catedrático de Historia contemporánea en la Universidad del País Vasco dio un paso más para analizar “no la historia en sí, sino cómo se ha conformado el imaginario colectivo sobre esa historia”. Y como el cine es un medio de masas que llega a muchísima gente, “me pareció necesario abordar cómo el cine había representado esa historia, cómo había influido en las percepciones que los espectadores tienen sobre ETA”. Así nació Creadores de sombras. ETA y el nacionalismo vasco (Tecnos), volumen que traza un panorama muy preciso del tratamiento cinematográfico del terrorismo etarra desde la Transición hasta nuestros días, galardonado con el Premio Muñoz Suay 2018.

El nacionalismo vasco y sobre todo ETA dan para mucho. Usted ha escrito Creadores de sombras… cuando el terrorismo de ETA ya forma parte del pasado.

Sí, el libro salió cuando ETA había anunciado el fin de la violencia. Ahora se pueden ver las cosas con más perspectiva, pero los que hemos vivido en el País Vasco con ETA activa sabemos lo complicada que ha sido esa época. Yo mismo había escrito sobre ETA antes, tanto en medios de comunicación como en publicaciones académicas, y todo era mucho más complicado. No hay que olvidar que hubo gente a quien mataron solo por expresar sus opiniones en público.

¿Cómo nació esta obra? ¿Cuánto tiempo le ha dedicado?

Llevo mucho tiempo trabajando en ella, más de una década desde que me empecé con el tema hasta que salió impresa. Hubo que hacer el listado de obras, localizarlas, visionarlas en la Filmoteca Española y en la Vasca, contactar con productoras… Y luego poner todo el material en orden, darle forma de libro, siempre tratando de que fuera una investigación seria, pero a la vez que se leyera fácilmente.

¿Qué le ha supuesto que el libro sea reconocido con el Premio Muñoz Suay 2018?

Es un premio importante. Ver que el trabajo que has hecho, intentado ser riguroso en la investigación, honesto, en un tema complejo… que tu libro tenga un galardón de este nivel te anima de veras. Sobre todo viendo la categoría de los premiados anteriormente, como Manuel Gutiérrez Aragón o Vicente Sánchez Biosca, por citar solo dos ejemplos.

No hay muchos volúmenes sobre este tema ¿por qué?

Aunque existe algún trabajo, quizás no es un tema fácil de abordar. Hacer un recorrido exhaustivo sobre una cuestión así supone muchas horas de trabajo. Y a la vez, hay que saber integrar el acercamiento al cine con el conocimiento de la historia reciente del País Vasco y España. Yo he intentado que sea no solo un análisis interno de los filmes, sino una historia de ETA a través del cine.

 

Como especialista en el tema ¿qué es lo que destacaría de los etarras?

En pantalla, básicamente en los filmes de ficción, los etarras parecen más interesantes que en la realidad. Es la consecuencia lógica de un cine que necesita atrapar al espectador, que necesita dar relieve a cada personaje. Claro que así se corre el peligro de idealizarlos, pero no siempre es así, si pensamos en la protagonista de El viaje de Arián o en la que interpreta Elvira Mínguez en Días contados.

¿Cree que sobre este tema se ha hecho el cine que se quería o el que se podía?

Siempre hay cierta tensión entre ambas cuestiones. Es cierto que sobre todo en la Transición el cine debía haber sido más valiente, más comprometido, en especial con las víctimas. Sin embargo, no creo que se pueda hacer una acusación exclusiva al cine, porque hay que reconocer que la inmensa mayoría de la sociedad e incluso buena parte de sus representantes vivieron esos ‘años de plomo’ ajenos a un mayor compromiso.

Muchas historias por contar

¿Cuál es el mérito del cine español que se ha aproximado al terrorismo etarra?

Haber sabido evolucionar. Desde el inicio en que bastantes películas eran ambiguas o incluso presentaban a los activistas de ETA como héroes hasta visiones mucho más comprometidas. El propio Imanol Uribe, el cineasta más preocupado por este tema, declaró cuando pasó el tiempo que él no retrataría a los etarras del mismo modo que lo hizo por ejemplo en El proceso de Burgos. Y el último filme suyo sobre la cuestión, Lejos del mar, demuestra ese cambio de perspectiva.

¿Piensa que podría convertirse en un género?

Creo que es posible e incluso diría que necesario porque aún hay muchas historias por contar. Es cierto que hay productores que tienen miedo a que una película sobre ETA sea un fracaso en taquilla y que justo después de vivir un episodio tan dramático mucha gente prefiere olvidar y “pasar página”. Pero si el cine sigue tratando de recuperar la memoria de la guerra o de la dictadura franquista, ¿por qué no de esta violencia tan reciente y tan injusta?

En su rastreo por el pasado ¿qué es lo que más le ha llamado la atención?

Cómo cine y sociedad están intrínsecamente entrelazados. Es imposible decir si uno influye más sobre el otro o viceversa, pues es un camino de ida y vuelta. Las propias polémicas sobre algunas películas lo demuestran. Pensemos en La pelota vasca: la piel contra la piedra, de Julio Medem, cuya recepción fue un reflejo del ambiente político de 2003, que no tenía nada que ver, por ejemplo, con el de la Transición.

De las películas, documentales y cortos que hay en su libro sobre la violencia en el País Vasco, cuál es su obra maestra?

Es difícil señalar solo una o unas pocas, pues cada película aporta algo diferente. Pero me encanta Sombras en una batalla, de Mario Camus, y es una pena que pasara un poco desapercibida. O Yoyes, de Helena Taberna, que se basa en un hecho real y trágico. En documental, hay que ver Trece entre mil, de Iñaki Arteta, para ver la realidad de las víctimas; o Asier eta biok, de Aitor Merino, con un enfoque muy diferente, pero igualmente interesante.

¿Qué opina de Negociador, Ocho apellidos vascos y Fe de etarras?

Creo que el humor es un instrumento válido para hacer pensar y deslegitimizar el terrorismo, aunque debe ser un humor inteligente, que al final sirva para reflexionar. Cada una con su estilo, y aunque soy consciente de que sobre ellas hubo opiniones diferentes, creo que ninguna de estas tres películas banaliza el terror. Y en ese sentido creo que han aportado su granito de arena, aunque aún necesitemos más dramas, pues al fin y al cabo la herencia de ETA es sobre todo dramática.

Hay varias películas sobre terroristas en las que éstos aparecen rodeados de un halo romántico. Esto puede ser muy peligroso.

Sí, sobre todo al principio, a finales de los años setenta y en los ochenta, la imagen de los miembros de ETA era todavía la de unos guerrilleros románticos a lo Che Guevara. Incluso en el extranjero había esa idea de que ETA era una organización antifranquista. La reacción social ante el asesinato de Miguel Blanco fue un hito en este sentido. También el cine se hizo eco de este cambio y puede verse cómo empezaron a rodarse documentales y ficciones en las que las víctimas eran protagonistas, como Asesinato en febrero o más tarde Todos estamos invitados.

Hasta ahora, se han hecho más de 50 películas sobre este asunto, ¿son muchas o pocas? ¿Qué tiene más que decir el cine sobre ETA?

Es una cuestión debatida, difícil de resolver porque habría primero que definir que es mucho y poco. Creo que hay más películas de las que la gente piensa, pero a la vez es cierto que ETA es algo tan grave que deberían haberse hecho más. Ahora estamos insertos en una guerra de relatos post-ETA. Por eso pienso que el cine debe colaborar a la memoria de verdad y poner más en un primer plano a las víctimas, que durante mucho tiempo han sido las grandes olvidadas de esta historia.

Donde se sintió más cómodo, ¿en el trabajo de campo o escribiendo?

En ambos. Me encanta la investigación de campo, buscar, revisar, visionar… pero también escribir para dar cuerpo al libro. Y eso que reconozco ante mis amigos cineastas que es más difícil hacer una película que escribir un libro.

 

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