El deseo inmutable | Encuentro con André Aciman

12 junio, 2019

El autor de Call me by your name y Variaciones enigma mantuvo una charla con los asistentes al pase de la adaptación de Luca Gudagnino, moderada por el periodista y escritor Javier Cid

“Nací en Turquía, viví en Egipto, me trasladé a Italia… Durante mucho tiempo creí que era francés y acabé siendo americano. No sé lo que quiere decir tener una identidad fija, ni quiero saberlo”. La pluma de André Aciman es tan itinerante y cosmopolita como su dueño, que acudió a la Academia de Cine para responder a las preguntas del público tras el pase de Call me by your name, la adaptación de su obra más celebrada.

Este autor de identidad intangible – “eso me da libertad para escribir lo que me apetece y desde cualquier punto de vista. Me resulta muy fácil”– reconoció que “la mayoría de los escritores odian las adaptaciones, y es normal. Pero yo no tenía ninguna expectativa, y mucho menos esperaba este éxito”. Confesó que “cuando decidí aceptar que se hiciera la película, decidí también que no interferiría en el proceso”.

El resultado –una cinta de culto desde antes de su estreno que ha generado un fenómeno global y que le valió a James Ivory el Oscar a Mejor Guión Adaptado– ha catapultado su fama, pero “yo ni la toco ni la huelo. Tengo la suerte de poder permitirme una habitación propia en Nueva York, un lugar en el que puedo escribir, con el aire acondicionado puesto todo el rato”. Ese éxito internacional no supone “una presión, sino un placer. Venir a ciudades que no conozco bien y ver que las salas están llenas de gente a la que le gusta mi trabajo es formidable. Pero cuando vuelvo a mi cuarto todo eso se evapora, y yo procuro que se evapore rápido”.

Dos de los pilares de su obra son el deseo y el tiempo muerto. Sobre el primero, Aciman desgranó que es “más interesante en la adolescencia, pero el deseo no cambia, permanece. De lo contrario, estás muerto. El mismo deseo tiene un niño de 12 años que un cincuentón que desea a una joven. Cometemos los mismos errores cuando somos niños que cuando somos adultos. Lo cual demuestra que no aprendemos nada”. Los tiempo muertos, canalizados sobre todo en las largas horas del verano, interesan especialmente al autor porque “cuando no hay acción, la gente piensa en lo que puede pasar, en lo que quieren que pase. En cualquier rincón puede emerger el deseo. Además, el verano es ideal porque la gente lleva menos ropa de lo normal. Eso crea situaciones que tiene que explorar un escritor”.

Momentos prestados

Call me by your name ha producido un “fenómeno extraño”, en palabra de Aciman, porque “las críticas han sido sorprendentemente buenas y los lectores han entendido el libro. Y a los que no lo entendieron les ha gustado igualmente”. Aunque confiesa no mirar hacia atrás y centrarse en sus siguientes proyectos, se felicita de que “mucha gente ha usado la película para salir del armario, especialmente con sus padres”.

Al poco tiempo de publicar la novela, “recibía muchos mails de gente de 70 y 80 años; después fue cambiando a gente de mediana edad. Y ahora, después de la película, me escriben muchísimos adolescentes, sobre todo chicas de 14 o 15 años. Vienen con sus padres a las firmas y siempre me pregunto si ellos saben de qué va la historia. Los adolescentes ven en Call me… el itinerario deseado de su corazón. Para mucha gente es la forma ideal de amor: no hay peligro, eres correspondido y tus padres no se oponen. Todo está bien”.

Preguntado sobre lo autobiográfico de la obra, explicó que “he cogido prestados momentos de mi vida, pero todo está cambiado. Nadie podría reconocerse en estas historias, aunque mucha gente me dice: ¿ese era yo? Y les digo que sí, aunque no es cierto. Si te quieres reconocer ahí, adelante. Yo con 17 años era muy distinto, mucho peor”, comentó entre risas. “Tuve alguna experiencia con esa edad, pero muy lejos de lo que hemos visto. Una cosa sí tenemos en común Elio y yo, y es que estaba en Italia. Dos o tres veces por semana iba a la playa, y me pasaba las horas deseando todos los cuerpos que veía. La culpa era de Italia, no mía”.

 

Influencia paterna

“Lo más importante que tenemos en común Elio y yo es la importancia de la figura paterna”, concedió Aciman. “Mi padre es una figura fundamental: era un hombre difícil pero con la mente muy abierta. Tenía un gusto fantásticos en literatura, era muy buen empresario y le encantaban las mujeres. Decía que cuando estabas en una habitación con alguien, una vez que no hay ropa, no hay tabúes, todo es permisible. Intenté convocar a mi padre en el padre de Elio. Le digo a mis hijos lo que él me decía a mí: en el dormitorio no hay vergüenza”.

Una influencia particular en su nómada infancia y adolescencia, donde forjó un sentimiento apátrida que, lejos de hacerle libre, “me confina como prisionero de esa identidad no definida. Y yo no quiero definirla. Nací en el judaísmo. Mi padre se convirtió al protestantismo. Cuando era pequeño iba a clases de islam, porque tenía que fingir que me iba a convertir. Después estudié con los jesuitas, que me trataron muy bien, especialmente bien. No tengo apego a la religión, ni al patriotismo”, confesó.

Un bagaje con el que juega a la hora de construir sus historia. “La inspiración, gracias a dios, siempre está ahí. En cuanto a la experiencia, tengo mucha. Tengo el pasado a mi disposición. Y si de algo no me acuerdo, me lo imagino”, concluyó este especialista en desarrollar monólogos internos que explican los pensamientos y sentimientos de sus personajes. “Hay muy poco autores que hayan investigado el itinerario de nuestras emociones”, concluyó. “Es fácil contar una historia, pero una historia donde nada ocurre es algo más complicado”.

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