Alejandro Amenábar: “Busco historias para expresarme como narrador y como ciudadano”

Por Enrique F. Aparicio · Foto: ©Teresa Isasi · 20 septiembre, 2019

Mientras dure la guerra es la historia del encuentro de dos manos: la suave y perfumada de Carmen Polo de Franco que agarra la –probablemente más áspera y temblorosa– de Miguel de Unamuno, el escritor más celebrado de su tiempo, segundos después de un discurso en el paraninfo de la Universidad de Salamanca que llega ahora la gran pantalla enredado entre la historia y el mito.

Alejandro Amenábar vuelve a rodar en su lengua materna para retratar un momento, el del auge del fascismo, “que estamos reviviendo”. Karra Elejalde se transforma en el autor de La tía Tula, que deberá medirse con un Millán Astray (Eduard Fernández) capaz de arrancar dientes y sonrisas, y el general antes de alzarse en generalísimo (Santi Prego). Las manos de Unamuno doblan en la pantalla hojas en blanco en intrincados ejercicios de  papiroflexia, y sus palabras siguen redoblando en la España de hoy. Con su historia, a Amenábar le toca convencer –y quién sabe si vencer– en el Festival de San Sebastián.

 

Esta película marca varios regresos para usted: a San Sebastián, a rodar en España y en español…
Como siempre, he buscado una historia que me llamara la atención y que me permita expresarme como narrador y como ciudadano. La historia que envuelve a Unamuno en el comienzo de la Guerra Civil tiene conexiones muy fuertes con lo que está pasando ahora, y me resultaba muy fácil identificarme con eso. Al ir rascando, descubrí que podía hallar una manera de explorar la esencia de este país, esas dos españas permanentemente enfrentadas.

¿Cuándo entra en contacto con la obra de Unamuno?
Al poco de estrenar Regresión me topé con la anécdota del discurso del paraninfo de la Universidad de Salamanca. La desconocía, y desconocía la actitud que había tomado el escritor al comienzo del conflicto. Me llamó la atención porque de eso no me hablaron cuando estudié su figura en el colegio. Empecé a investigar, junto con Alejandro Hernández, y veíamos que esa historia encajaba con la del ascenso militar de Franco: su toma de poder coincide con el descenso a los infiernos de Unamuno.

¿Cómo se enfrenta uno a la documentación de un tema que todavía puede resultar incómodo?
La documentación es fundamental, es la base que te permite echar a volar. Es algo que ya viví con Ágora. Al poco de empezar a leer e investigar, me di cuenta de lo poco que sabemos de la guerra, a pesar de que sea un evento tan cercano. Lo que siempre intentas, cuando adaptas unos hechos históricos, es ser fiel al espíritu y no tanto a la letra. La película trata temas muy delicados y siempre intentamos que no resultara ofensiva, no queríamos cargar las tintas. Cuando teníamos dudas, o cuando los propios asesores tenían desencuentros, optaba por lo que menos nos comprometiera. Prefería callarme o no mostrar esos momentos, siempre que no traicionara el mensaje final de la película.

Figuras como la de Unamuno parecen mitos y no seres humanos.
Del Unamuno público se saben algunos rasgos por la información de entonces: que era seco, austero, soberbio… Era más complicado retratar a ese Unamuno en la intimidad, el hombre que habitaba detrás de los muros de su casa. Para eso ha sido fundamental la ayuda de su familia, y todo lo que hemos podido rastrear sobre su intimidad. Ese Unamuno era mucho más frágil del que se mostraba en público.

“Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento” es una de las célebras citas del literato. La relación entre la razón, los pensamientos y el diálogo con los ideales, la fe y los sentimientos vertebra la película.
Sí, es algo que tiene que ver también con la propia forma de ser de los españoles, aunque se puede trasladar a otros países; y con la llegada del fascismo que se vivió en su momento, y que ahora estamos reviviendo. Soy partidario de discutirlo todo pero intentando calmar los ánimos, para que no se repita lo que acabó pasando.

Unamuno es un hombre que duda y que cambia de opinión.
Algo que parece imperdonable, pero que desde un punto de vista dramático es muy interesante. Cuando compones un personaje, es más jugoso si se mueve en los grises y no solo en blancos y negros. Como guionista, tener este arco de personaje, que va del apoyo al golpe hasta el discurso del paraninfo, es oro desde el punto de vista dramático. Para mí es muy fácil identificarme con alguien que se replantea sus ideas, que se da cuenta de que no ha hecho lo correcto y no tiene miedo a deshacer el camino andado.

El debate que plantea la película es muy actual. ¿Tuvo dudas a la hora de enfocar la cinta?
Fue un guión relativamente fácil y rápido, que es algo que pasa cuando sabes que lo que estás haciendo vale la pena; pero sin embargo fue muy complicado de financiar. Ahí es donde entran las dudas, te planteas si necesitas meterte en semejante embolado. Pero llegó en un momento en el que lo vi claro: si Unamuno fue capaz de hacer lo que hizo, qué menos que meterme en este pequeño lío para contar su historia. En cualquier caso, nuestro ánimo siempre fue hacer una película inclusiva, no revanchista.

Vivimos un momento en el que las banderas de España vuelven a usarse a la carga.
En la película se muestra cómo el pueblo español tiene un conflicto con su propia simbología, porque fue instaurada por Francisco Franco. Eso genera un conflicto con el himno, con la bandera… Quizás a raíz del mundial de futbol empezó a no estar únicamente asociada a la derecha, pero sigue habiendo una relación conflictiva. Mientras escribía la película, me fui adentrando en la figura de Franco y en su relación del pueblo español, y es como si descubres que tu padre es Darth Vader.

Los que se han adueñado de la bandera son los que prefieren ignorar historias como las de los amigos de Unamuno, que van desapareciendo en los primeros días de la guerra.
No sé cuál será finalmente la reacción de los medios, o de ciertos medios, respecto a la película. Hemos intentado que pueda ser entendida por espectadores de derechas y de izquierdas. Sí hemos tenido la sensación de que se ha jugado mucho con el episodio del paraninfo, que se lo han apropiado unos y otros. Se ha generado una cierta mitología alrededor del discurso de Unamuno, pero es obvio que pasó algo muy gordo, porque las consecuencias se dieron esa misma tarde –fue destituido como rector, expulsado del casino…–. Negarle ahora a Unamuno el valor que tuvo sería absurdo. Y leyendo sobre el caso, no es tan difícil acotar, casi desde el punto de vista arqueológico, lo que se dijo y lo que no se dijo.

En la película se muestran cuerpos en las cunetas, y es impactante ver la carne más allá de los huesos a los que parecemos acostumbrados.
Hay dos maneras de superar un periodo tan duro como el de la dictadura: cerrarlo en falso o llegar hasta el final. En la transición se pasó página sin abordar ciertos asuntos. En esta película, aunque la palabra guerra esté en el título, no quería hablar de la batalla en sí misma. No hay ninguna muerte en pantalla. Pero sí nos pareció, a raíz de la sugerencia de uno de los asesores, que era necesario recordar que de lo que estamos hablando es de violencia extrema, de gente que es asesinada con crueldad. Por eso era importante ese plano, ese único plano, en el que invitas al espectador a enfrentarse con esa realidad.

La figura de Millán Astray funciona como una mezcla de alivio cómico y terror. ¿Seguimos bajo la sombra de estos personajes?
De momento no he experimentado ninguna animadversión, excepto la de alguna asociación de legionarios veteranos, pero no puedo compartir las opiniones de alguien que ni siquiera ha visto la película. En el caso de Millán Astray, es casi imposible no encontrarte con un montón de anécdotas, tanto si lees un libro que vaya a su favor o en su contra. Lo que Eduard Fernández y yo intentamos es llevarlo por ese lado lúdico. Era un tipo con el que desde luego no te podías aburrir.

Eduard Fernández podía no ser una opción evidente para Millán Astray; tampoco Karra Elejalde para Unamuno.
En el caso de Eduard, diría que sí tiene algo en su carácter, en su fuerza y su pasión, que podía encajar de entrada con el personaje. Lo que no conocía tan bien es esa vis cómica y esa parte caballeresca, porque Millán Astray tiene algo de caballero andante. Le pedía que se lo pasara bien interpretándolo, para potenciar ese carácter y no tanto el de iluminado.

La opción de Karra como Unamuno sí es absolutamente heterodoxa. Fue una sugerencia de las directoras de casting (Eva Leira y Yolanda Serrano), y al principio pensé que ni por edad, ni por físico, ni por talante encajaba. Pero estamos hablando de uno de los mejores actores de España. Hizo un ejercicio parecido al de Javier Bardem en Mar adentro. Consiguió darle verdad a los discursos, que es muy complicado, y además le añadía esa humanidad tan tierna de Karra. De Unamuno solo se conserva una breve grabación de audio y un pequeño fragmento de imagen en movimiento, y a partir de ahí, y de detalles como el de la papiroflexia, construyó todo el personaje.

“Prefiero que suene más a una película de Berlanga que a una de espías”, dice en sus notas de producción. ¿Nos duelen menos los episodios oscuros si los retratamos con un cierto humor o ligereza?
Berlanga así lo hacía, también Fernando Trueba. Eso se lo decía a los actores sobre todo cuando rodábamos las conspiraciones de los militares sublevados. En principio, una conversación de cúpula militar en la sombra suena a mafiosos, a malos. Además Álex Catalán, el director de fotografía, ha potenciado un cierto tenebrismo. Pero a la hora de tratarse unos a otros, quería que fuera algo muy directo y natural, de ahí la comparación con Berlanga.

Ese punto casi patético lo hace más realista.
Sí, porque además había distintas facciones dentro de los sublevados. Ni mucho menos Franco las tenía todas consigo: dio un golpe a los golpistas y se quedó con el poder, en una sinergia de unos contra otros.

¿Qué significa para usted participar con esta película en San Sebastián?
Es un gran honor. Es el primer festival al que fui en mi vida como espectador, me llevó José Luis Cuerda. Estuve invitado con Regresión y participar con esta película me hace muy feliz. Además con Karra, que es de por allí.

Unamuno es visitado por uno de sus propios personajes en Niebla. ¿Qué cree que le dirían Ángela de Tesis o Ramón Sampedro si le visitaran?
Nunca me lo he planteado, pero releyendo el libro me daba la sensación de que Unamuno se adelantaba a la realidad virtual: estaba hablando de sueños dentro de sueños, de gente que no sabe si existe o es producto de la imaginación de otros, y eso es absolutamente contemporáneo, a pesar de que él lo escribe a finales del siglo XIX. No sé lo que me dirían mis personajes. Me gusta hablar por ellos, no con ellos.

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