José Sacristán, capoteando en Reikiavik

Fotografías de Montaña Gama Vilallonga · 25 enero, 2022

El Goya de Honor 2022 hizo un repaso de su carrera en conversación con Mariano Barroso, que recordó su frase “ser actor en España es como ser torero en Islandia”

En septiembre cumplirá 85 años, y lo hará habiendo recibido el Goya de Honor, el Premio Nacional de Cinematografía, dos Conchas de Plata en San Sebastián, el Forqué, el Feroz, el Cóndor de Plata… Pero José Sacristán, con seis décadas de carrera a las enjutas espaldas, exclama que “pobre de aquel que en este oficio piense que ya lo sabe todo”.

Así lo compartió ayer en la Academia, en conversación con Mariano Barroso, quien alabó el gusto de Sacristán por seguir apostando por cineastas emergentes. “De lo mejor que me pasa es seguir compartiendo y discutiendo con los jóvenes”, explicó, “porque lo que ha cambiado en el cine entre los sesenta y ahora es de tipo técnico. Entre Javier Rebollo y Juan de Orduña, la única diferencia es que el último llevaba peluquín”, comentó divertido.

Bregado en el cine comercial que se ha venido en llamar ‘españolada’, al de Chinchón le “sigue importando más la emoción del momento en que la dueña de la pensión me decía que me llamaban y era Mariano Ozones, Pedro Masó o Saenz se Heredia”. No permite que nadie minusvalore a los cineastas que le ofrecieron sus primeras oportunidades. «Ellos hicieron que en vez de ser mecánico tornero sea actor. Y la clásica españolada a veces informa mejor de la vida del momento que el cine críptico. Es el testimonio de un país”.

Para Sacristán, “la cámara es un artefacto mecánico al que hay que darle la información exacta. Tienes que ser impecable”, en contraposición al teatro, donde “la ventaja es la unidad de acción. Pero no puedes aplicar lo mismo para contar algo a un artefacto que a un espectador que está en la última fila”. Con más de cien filmes en su haber, cree que “no hay que perder el respeto a la cámara, porque no engaña. No es como como cuando viene tu padre al teatro y te dice que has estado muy bien”.

Barroso, que fue segundo ayudante de dirección en Soldados de plomo, la primera de las tres películas dirigidas por el Goya de Honor, recordó una frase acuñada por Sacristán: ser actor en España es como ser torero en Islandia. En su caso, se considera afortunado: “cuando tienes la suerte de poder elegir, y el trabajo es reconocido… qué más se puede pedir”, confesó. “Me lo he currado, pero he contado con el factor suerte. Sin el cual, por mucho que te esfuerces…”.

Que se lo crean

Para el de Chinchón, que se enamoró del séptimo arte desde muy pequeño, “lo mejor es no perder la devoción al trabajo. El milagro de la imagen en movimiento me da tanta felicidad que excede mi grado de profesional. Antes decía que me había hecho un cine en casa, pero ahora digo que vivo en un cine”.

Ponerse delante de la cámara le sigue remitiendo a “la ilusión del crío de hacer creer que soy el que no soy”, como cuando jugaba a recrear las películas de Tyrone Power o María Montez. “Uno se ha formado mirando, ni escuela ni puñetas. Me compré La preparación del actor en su día, en una librería clandestina donde pensaban que Stanislavski era un marxista o algo así”.

Además de mejorar en lo técnico, si algo era fundamental para Sacristán en sus inicios era “convencer a mi padre de que yo podía vivir de esto. El hombre había perdido la guerra, había estado en la cárcel… Y luego va y le sale un hijo imbécil, que en vez de ser un hombre de provecho quiere ser cómico”. Un cómico para el que “la base de este oficio sigue siendo el juego. Hacer de indio, de gánster, de policía… y que se lo crean”.

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