Desde que emigré de Ucrania a Alemania en mi infancia temprana, me he sentido como una turista en mi antiguo país. Tras graduarme en la escuela de cine, sentí la pulsión interna de explorar este sentimiento de alienación y la necesidad de pertenencia, a través de la lente de una familia con múltiples generaciones y sus diferentes experiencias en torno a la migración. Mi idea inicial era hacer una película sobre una reunión familiar que tuviera lugar en un caluroso verano en Odesa, con las dos partes de una familia distanciada, soportando el estrés de la aproximación y la fricción que conlleva. Inspirándome en mi propia familia, comencé a redactar una historia con seis personajes principales a lo largo de tres generaciones. Participar en el laboratorio de guion de la Drehbuchwerkstatt de Múnich en el curso 19/20 me ayudó a avanzar bastante rápido en el desarrollo del guion.
A principios de 2022, la invasión rusa a gran escala golpeó a Ucrania. Comprendí al instante que esta película nunca iba a hacerse realidad. Tras tomarme un descanso del trabajo sobre el guion, los productores de Wood Water Films y yo tuvimos la idea de darle la vuelta a la historia: una reunión familiar en el invierno alemán, al borde del estallido de la guerra. Ante este terrible acontecimiento global, las nociones de identidad, pertenencia y responsabilidad crecieron en los personajes principales. Ahora había algo más en juego: el conflicto interno de quedarse o regresar, la propia responsabilidad tanto a escala personal como global.
Como estábamos haciendo una película que giraba en torno a un acontecimiento geopolítico explícito, para mí era importante destacar las relaciones personales entre los miembros de la familia. La premisa era evitar congelar las dinámicas problemáticas y las peculiaridades de los personajes ante la guerra, sino dejar que se desarrollaran: el romance secreto del padre soltero Arkadij con la vecina, la joven Marina gestionando la responsabilidad del hogar y el deseo de su hermano Igor de acercarse a su padre. Quería mostrar cómo los personajes lidian de forma diferente con la amenaza exterior, cada uno de ellos representando un arquetipo particular: Marina viéndose abrumada por el contexto político, Kolya reforzando su activismo, el abuelo Grisha cayendo en la negación alimentada por la propaganda rusa, la más pequeña, Dasha, permaneciendo en su burbuja infantil despreocupada, e Igor salvándose a través de las tareas domésticas, mientras Arkadij se aparta de su vida familiar para encontrar un propósito mayor en el compromiso social.
En definitiva, quería hacer una película sin claros blancos ni negros. Una película que invita al espectador a empatizar con los distintos intentos de afrontar un problema. En cierto modo, cada personaje se comporta de forma reprobable y noble a su manera. Lo único inevitable en esta dinámica familiar es el cambio.
Celebrar el estreno mundial de la película en San Sebastián tiene un significado especial para mí. Ya había estado en el festival varias veces antes, la primera en 2014 con un cortometraje en Tabakalera, y siempre valoré los descubrimientos cinematográficos y los encuentros con otros cineastas que he tenido allí. Zinemaldia ha abrierto el camino a muchos cineastas inspiradores, y presentar mi primer largometraje en la sección New Directors entre otras 13 películas de todo el mundo es un gran honor.
