La familia es un destino. Llegamos a ella sin haberla escogido y pasamos buena parte de la vida intentando entender qué hacemos con aquello que allí heredamos: los afectos, las costumbres, las heridas, las formas de querer. Ningún otro vínculo contiene de una manera tan íntima la posibilidad del amor y del conflicto. Roberto Bueso parte de esa contradicción en El mal padre, que forma parte de la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, para contar el reencuentro de una familia marcada por el egoísmo de un padre y por las heridas que el tiempo no ha conseguido cerrar. Sus personajes regresan a un lugar que fue hogar para enfrentarse a lo que todavía queda de aquellos vínculos y a la posibilidad, siempre incierta, de repararlos.
Primera vez en Zinemaldia, ¿cómo lo está viviendo?
Estoy muy contento, me alegro muchísimo por todo el equipo. Es una película que nos ha costado sacar adelante y que incluso en algún momento parecía que no iba a suceder. Estar allí me hace sentir que ha merecido la pena el esfuerzo. La noticia de que la película había gustado mucho a los responsables del festival nos ha ayudado a recalibrar todo el trabajo que hemos hecho, y estamos muy contentos.
El título ya contiene una pregunta: ¿qué hace de alguien un mal padre? ¿Cuándo empezó a interesarle esa figura?
La película nace de dos episodios cruciales en mi vida: la muerte de mi padre y, meses más tarde, la noticia de que mi mujer y yo íbamos a ser padres por primera vez. Me entró muchísimo miedo de ser padre. Iba a dar la bienvenida a una criatura que iba a exigir lo mejor de mí y yo estaba, en ese momento, con los ánimos muy bajos. Empecé a preguntarme qué clase de padre iba a ser yo.
Al principio evitaba escribir sobre ello, pero la escritura siempre ha sido para mí una forma de entender qué me pasa y terminó siendo algo terapéutico. Óscar Díaz Cruz, mi compañero de guion y amigo, fue padre prácticamente al mismo tiempo. Mientras escribíamos la película nos hacíamos las mismas preguntas. Además, había notado un cambio sustancial a mi alrededor, entre mis amigos, en nuestra generación, en todo lo relacionado con la crianza.
De alguna manera, sentíamos que nos tocaba tomar ese relevo y también despedirnos de la generación anterior. Creo que la película es, en parte, una manera de despedirme de mi padre y de que mi generación se despida de la anterior. A veces somos un poco duros examinando con nuestra mirada actual los comportamientos de las generaciones anteriores, y yo supongo que ellos también intentaron hacerlo lo mejor posible.
La familia es el gran territorio de la película, ¿qué les interesaba de esos vínculos que sobreviven incluso a la distancia?
Es la pregunta eterna, el sindiós que suponen las relaciones familiares. No se eligen, son una lotería: son muy fáciles de erosionar, de acumular cuitas y dolor, pero al mismo tiempo las necesitamos. Creo que existe una especie de tabú a la hora de asumir que en cualquier familia puede haber heridas, roces que provocan un distanciamiento que a veces dura demasiado o incluso es para siempre. Y eso genera heridas muy profundas.
A partir de ahí, y teniendo presente nuestra propia pregunta sobre cómo enfrentarnos a la paternidad, imaginamos una familia rota precisamente por el comportamiento egoísta del padre.
En los últimos años, el cine ha mirado con frecuencia a las heridas entre padres e hijos. ¿Qué quería buscar usted ahí?
Siempre habrá películas que hablen de la familia porque es algo que nos interpela, nos duele y nos define. El cine, la literatura, el teatro y, en general, todo lo relacionado con el arte han mirado siempre a la familia como una unidad en la que se produce un poco de todo: el amor, el odio, los conflictos… Hay una frase muy bonita que ahora no recuerdo de quién es, que dice algo así como que «la familia es una máquina que siempre funciona mal». Me gusta mucho porque utiliza un verbo muy potente: funcionar, pero funcionar mal.
No creo que hayamos abordado la familia desde un lugar especialmente único o particular, pero sí hemos intentado contarlo de una manera honesta. Que esas relaciones se sientan verdaderas, que los personajes tengan tres dimensiones y que puedas creerte el dolor de cada uno de ellos.
Son personajes que, en el fondo, están deseando aprender a querer y a ser queridos. Los colocamos en una situación en la que todo lo demás queda a un lado y tienen que entender que, si quieren sanar y liberarse, en algún momento también tienen que hacer un acto de generosidad.
Es ahí donde frente al rencor se va abriendo paso la ternura.
No es algo calculado, creo que es una inclinación natural que tengo. Veo la ternura como el intento de ver algo bueno en el otro, reconocer algo valioso en los demás. Creo mucho en ella y siempre es el último bastión cuando todo falla.
En sus historias siempre combinas drama y comedia, ¿qué es lo que le interesa de ambos géneros?
Es el camino más difícil y más bonito. Caminar entre ambas me parece que representa muy bien lo cotidiano y que concentra muy bien lo que es vivir. Son cosas que están íntimamente relacionadas y que se contestan entre sí. Y luego, es que el humor es la mejor arma que tenemos los seres humanos para soportar el dolor y sobrellevar situaciones que, quizá, a través de la razón son difíciles de comprender. El mundo puede ser un lugar muy cruel y muy injusto, y la comedia es lo que nos libera.
Eduard Fernández encarna a un hombre al que primero juzgamos y después empezamos a comprender. ¿Qué encontró en él?
Desde el principio pensamos que tenía que ser él y se sumó muy pronto al proyecto. Tiene la capacidad de hacer soportable a un personaje que de primeras es antipático, y al que vas a ir descubriendo poco a poco. Para mí ha sido maravilloso tenerle porque ha empujado la película a mejor, preocupado por la calidad, por elevarla a la mejor versión. Ha confiado mucho en nosotros y ha sido muy generoso. Ha llevado su personaje a la complejidad, a la contradicción… Tiene mucho talento, mucha sensibilidad y ha sido una pasada verle trabajar.
¿Cómo construyó a esa familia en el casting?
En esta película teníamos a Eduard y había que colocar enfrente a los actores y actrices que estuvieran a su altura y que entendieran muy bien a los personajes, que entendieran muy bien la pelea que íbamos a contar. Estoy súper contento con el resultado, con cómo funciona esa familia y su manera de trabajar. He querido implicarles siempre en el corazón de la película, porque la dirección de actores empieza en esas primeras charlas. Después, en los rodajes, sientes que se ha fraguado algo, porque lo más importante para mí cuando ruedo es creerme lo que veo, y es lo que hemos estado persiguiendo.
La casa funciona como memoria y como herida. ¿Qué quería encontrar en ese espacio?
Queríamos que representara esa Arcadia feliz, el lugar al que volver, donde hay recuerdos muy bonitos, pero que también fuera una grieta: un sitio que ya no es exactamente el mismo, que ha sido habitado por una nueva familia, que ha vuelto a ser un hogar sin ellos. Es allí donde los personajes vuelven a ser un poco niños, donde regresan a las dinámicas de cuando eran pequeños y donde necesitan volver a sentir que han pertenecido a una familia y que esos vínculos no han muerto del todo. Le quisimos dar ese carácter, que fuera un lugar testigo de todo lo que sucede en la película.
Es su tercera película con Fernando Bovaira como productor. ¿Qué han aprendido a construir juntos?
Estoy muy a gusto porque respeta mi lado creativo y mi punto de vista, y a la vez trabaja para que yo pueda contar lo que quiero de la mejor manera posible. Confío mucho en su criterio y, después de tres películas, es una relación de mucha complicidad.
Después de tantos años de trabajo, la película por fin se encuentra con el público. ¿Qué le gustaría que quedara en ellos después de verla en San Sebastián?
Que sientan que es una película hecha con honestidad, con cariño y que se sientan identificados, que se rían, que se emocionen y que puedan reflexionar. Sobre todo, que la disfruten y que se les quede un poquito dentro, eso es lo ideal.

