Personajes obligados a callar o a hacerse oír. Historias que se elevan del susurro al grito. Los Horizontes latinos de San Sebastián renuevan la apuesta del certamen donostiarra por el cine del sur americano, al que hace tiempo que debemos dejar de llamar emergente. Las producciones latinas se miran cara a cara con las nacidas en las tradicionales superpotencias fílmicas, a las que retan con voces nuevas y consagradas.
La presente edición de Zinemaldia vuelve a constatar el gran momento del cine producido en clave latina, y España no se quiere quedar fuera: hasta cinco coproducciones suma nuestra industria a este apartado, que va cosechando año a año un público devoto. Grandes nombres de la escena se mezclan con excitantes debuts, en una cita en que se reflexionará sobre lo dicho, lo callado y lo proclamado a los cuatro vientos a partir de estas historias.
Ceniza en la boca, de Diego Luna
Cuando hace cuatro años el actor y cineasta Diego Luna leyó la novela Ceniza en la boca, de Brenda Navarro, encontró “la oportunidad de contar la historia de una ausencia materna, que para mí es un tema recurrente en lo que hago, sobre todo como director”. El mexicano creyó “injusto tratar de hacer la versión cinematográfica del libro, pero lo que sí se podía hacer era aprovechar el libro como una provocación para tomar un pequeño fragmento de la novela y hacerlo película. Creo que en los libros caben múltiples películas, y la forma más Justa de entrarle a la adaptación de un libro ese ir por el camino de esa historia dentro del libro que resuena para ti”.
El resultado es el retrato de un proceso tan íntimo como político: cómo la vida de las personas que migran queda suspendida entre dos realidades inconexas y, en tantas ocasiones, excluyentes. “El cine sin duda una herramienta para generar empatía. Es un vehículo maravilloso para encontrar en las historias de otros los referentes que hagan cuestionar la nuestra”, reflexiona Luna. “El cine tiene la paciencia de mostrarte personajes con los que no sabes que tienes una afinidad, nos muestra su intimidad de forma paciente, de forma cercana y muy poderosa”.
Para encarnar a la protagonista de esta historia, el cineasta vio a “muchísimas actrices, al final fue muy fácil porque Anna Díaz entendía perfectamente el personaje y tiene una capacidad de habitar el momento, de encontrar siempre el suelo que pisa el personaje. Anna tiene una sensibilidad hermosa, sabe escuchar, sabe estar sin hacer mucho”. Además, ocurrió algo mágico cuando hizo una sesión de trabajo con Adriana Paz, que interpreta a su madre: “en el momento en que las vi haciendo esa escena que sucede en el restaurante en una prueba que hicimos en la oficina. Para mí fue claro que eran madre e hija, que entendían perfectamente no sólo la escena, si no el pulso de los personajes”.
España no solo es un socio de esta producción, sino parte importante de la trama. “Me gusta describirla como una historia mexicana que sucede en España”, celebra Luna. “La película la filmamos en España con un equipo que entendía las circunstancias de estos personajes, que conocía su día a día y compartía su contexto. Salimos al encuentro de esta historia, porque el mundo qué Lucila habita está ahí y había que salir a su encuentro.
Tras una década alejado de la dirección cinematográfica, para el mexicano Zinemaldia es “el lugar idóneo para presentar esta película, a pesar de qué se haya estrenado en el festival de Cannes, para nosotros siempre fue un objetivo poder estar en San Sebastián y por suerte la película encontró su lugar y fue invitada. Presentarla en España, a un público español, es cerrar el círculo perfecto de esta película. Además, desde hace mucho tiempo, la película tiene distribución tanto en España como en México, y para mí eso es un logro maravilloso porque esta historia es tanto de un lugar como del otro”.
Narciso, de Marcelo Martinessi
Asunción, años cincuenta. El rock and roll que domina el mundo encuentra un resquicio en una de las emisoras más populares de la capital paraguaya. El responsable es un joven locutor que encandila con su atractivo, no solo al público femenino. Narciso, la nueva propuesta de Marcelo Martinessi tras la laureada Las herederas, explora el caso real del asesinato de esta figura y las tensiones que lo provocaron, en mitad de la eterna dictadura de Alfredo Stroessner.
“La historia me llegó a través de la novela de Guido Rodríguez Alcalá, que ya es un relato de ficción a partir del caso real”, rememora el cineasta. “Lo que me pareció interesante de su enfoque es que no reducía la situación a la formula convencional, y a veces engañosa, de víctimas contra victimario. Guido aborda en su libro algo más profundo: las condiciones sociales, morales y políticas que hicieron posible que algo así ocurriera; la manera en que se instaló el miedo como clima, como sentido común. Eso es lo que me llevó al cine: la urgencia de pensar cómo se fabrica ese miedo y por qué, incluso hoy, sigue resonando con tanta fuerza”.
Para el creador, esta historia ejemplifica cómo “la defensa de la ‘moral’ puede llevar a una sociedad a permanecer callada y justificar barbaridades. Hablo de esa supuesta moral que hasta hoy se manipula de manera cotidiana en Paraguay para trazar líneas entre lo ‘aceptable’ y lo ‘desviado’, y para convertir el deseo en delito. La película muestra cómo esa moral no es un detalle, sino la arquitectura que habilita la violencia.
Sobre esa base se instala un estado de terror que permite a la dictadura mantenerse en el poder durante tanto tiempo”.
Aunque la disidencia siempre encuentra sus caminos. “A raíz de este asesinato que aborda la película, en septiembre de 1959 se publicó, en la prensa paraguaya, la ‘carta de un amoral’. Se trata de un texto anónimo que desató un escándalo al defender ‘el derecho de hacer de nosotros mismos, de nuestro continente físico, lo que queremos’. Su publicación que molestó a las autoridades y a la sociedad conservadora de la Asunción de entonces, quedó atada a la memoria del colectivo LGTBIQ+ que celebra cada mes de setiembre la resistencia, el orgullo y la diversidad”, celebra el cineasta, que considera que “más allá de ese acto de memoria, sigue siendo esencial la resistencia”.
España forma parte de la producción, que además incorpora a la actriz Mona Martínez –que “no solo ‘encantó’ el personaje: lo hizo suyo y nuestro a la vez, lo llevó más allá de lo que habíamos imaginado”–. Para Martinessi, “la coproducción es, en esencia, una oportunidad de sumar. En este caso no se trató solo de una estructura financiera, sino de volver a convocar miradas sobre el cine y sobre la vida que enriquecen la construcción del relato, que le dan una fuerza internacional pero también un espíritu auténticamente colectivo a lo que hacemos”.
Paraguay es un país “donde el cine está empezando a tomar forma”, reflexiona, y “la diversidad de miradas es la que termina por afinar la película, por hacerla más precisa y más verdadera. En ese sentido, la colaboración internacional no fue un trámite burocrático, sino una forma de pensar el cine como un espacio compartido, donde lo paraguayo se ha visto fortalecido al dialogar con otras tradiciones y otras formas de contar”.
Sobre su presencia en Zinemaldia, el autor considera que San Sebastián se convierte durante el certamen “en una fiesta: un lugar donde las películas no solo compiten, sino que se encuentran, se rozan, se reconocen. Para nosotros, participar con Narciso en este contexto es una forma de llevar una historia profundamente paraguaya a un escenario que no solo la mira con atención, sino que además la pone en ebullición a través de nuevas miradas y reflexiones”.
El deshielo, de Manuela Martelli
Volver sobre la historia reciente de Chile desde el golpe de Estado hasta la recuperación de la democracia. “Son tres décadas, los setenta, los ochenta y los noventa, que para mí siguen hablando directamente del Chile de hoy”. Así explica la cineasta Manuela Martelli cómo se fue acercando a la historia de su país “desde los márgenes, para cuestionar un poco nuestras ideas preconcebidas sobre ella. No contar la Historia con mayúscula a través de los grandes acontecimientos o los grandes discursos, sino buscarla en los espacios domésticos, en las dinámicas familiares, en las relaciones entre las personas, incluso en sensaciones que son difíciles de poner en palabras”. El resultado es El deshielo.
Localizada en 1992, cuando habían pasado apenas dos años desde el retorno a la democracia en su país, después de diecisiete de dictadura, a la creadora le parecía “especialmente importante volver a mirar las bases sobre las que se construyó nuestra democracia ahora que sus fisuras y su fragilidad se han vuelto tan visibles. La mirada de una niña apareció de una manera bastante intuitiva”. A partir de ahí, La película está construida también a partir de recuerdos de su propia infancia. “Recuerdo el iceberg que Chile llevó a la Expo de Sevilla del 92, y recuerdo pasar las vacaciones de invierno en un hotel de unos familiares al pie de un centro de esquí. Inés, la protagonista, tiene la misma edad que yo tenía en 1992”.
En la narración, Inés tendrá que encajar la desaparición de una chica alemana con la que empezaba a trabar amistad. “Estamos siempre desde el punto de vista de la niña, y ella observa un mundo adulto en el que ocurren cosas que no entiende”, explica Martelli. “Ella recibe información parcial y muchas veces ni siquiera tiene el lenguaje o las herramientas para explicar lo que está pasando. La película se mueve en esa zona confusa, el coming of age y el thriller funcionan para mí de una manera bastante porosa”. Mientras avanza la trama, “lo cotidiano de pronto se vuelve inquietante, algo que parecía familiar revela una dimensión desconocida. Esa desestabilización de una percepción que parecía fija me parece también una forma interesante de aproximarse a la memoria”.
Es inevitable que la historia de una desaparición no remueva la inmediata historia chilena. “El país sigue teniendo una deuda directa con las familias de los detenidos desaparecidos. Más de cincuenta años después, muchas todavía no saben qué ocurrió con sus familiares ni dónde están sus restos. En ese escenario me parece muy difícil hablar realmente de reconciliación”, desarrolla la autora. “Durante décadas, algunos de los principales responsables de crímenes de lesa humanidad cumplieron sus condenas en una cárcel de lujo construida especialmente para ellos, con condiciones radicalmente distintas a las del resto de la población penal. Incluso ahora está en trámite un proyecto de ley, impulsado por sectores de la derecha, que permitiría que algunos de esos condenados terminen de cumplir sus penas bajo arresto domiciliario. Me parece que la desigualdad sigue siendo una de las grandes deudas de la justicia chilena”.
Para lograr el ambicioso resultado final –“teníamos nieve, un hotel en la montaña, una protagonista de nueve años y actores y equipos que venían de distintos países… A veces bromeábamos con que había sido nuestro pequeño Fitzcarraldo–, España ha colaborado a través de la producción y sirviendo también de conexión para la historia: “la colaboración entre distintos países dialogaba también con la propia Expo de Sevilla, que condensaba muchas de las ideas de ese momento. La modernidad, la apertura, el futuro. Chile llegaba con un iceberg para presentarse ante el mundo como un país moderno, eficiente y democrático. Me interesaba mucho esa imagen porque convivía con todo aquello que permanecía sin resolver debajo”.
La creadora tiene “una relación muy afectiva con San Sebastián, y también mucha admiración por el festival”, así que recibe como una alegría y un honor mostrar en el certamen su segunda película. “Chile y España tienen historias evidentemente distintas, pero existen conexiones muy fuertes en la manera en que ambos países han tenido que relacionarse con sus pasados recientes, con la memoria y con los silencios que permanecen después de una dictadura. Me interesa mucho ver qué preguntas aparecen desde ahí”.
Moscas, de Fernando Eimbcke
Después de haber visto su primera película, Temporada de patos, Alejandro González Iñárritu invitó al cineasta Fernando Eimbcke participar en una serie de televisión. “Esa invitación detonó el proceso creativo, y ese mismo día vi un letrero en el edificio enfrente del hospital donde se filmó la película. El letrero decía: se renta cuarto para familiares de pacientes del hospital”. En ese momento, el mexicano supo que “ahí había una pregunta dramática potente para un guion: ¿cómo no entablar una relación con una persona que renta un cuarto de tu departamento y que está pasando por un momento tan doloroso?”. El resultado es Moscas.
La guionista Vanesa Garnica y el director tuvieron siempre en mente una frase de Oscar Wilde, que dice ‘donde hay dolor, hay un lugar sagrado’. “Como seres humanos queremos evitar el dolor, pero cuando se presenta genera los vínculos humanos más profundos. Lo que nos une, es el dolor”. En la historia que narra este largometraje, el puente a través del que conectará ese dolor es el niño protagonista, un ser cargado de acción. “El diálogo para un niño no tiene relevancia, es la acción la que lo motiva. Y fue esa necesidad la que nos obligó a Vanesa y a mi a eliminar la mayoría de los diálogos y contar la escena solamente con acciones”, explica.
El joven intérprete Bastian Escobar les “obligó a desarrollar y mejorar nuestro sentido de lo dramático. El montaje fue relativamente fluido ya que las escenas estaban construidas en unidades muy precisas de acción. Lo que hicimos fue fortalecer el humor, un tono que exige una precisión milimétrica en el montaje”. ¿Cómo dieron con él? “El director de casting Marco Aguilar fue quien lo encontró. Lo único que le pedí fue que lo buscara fuera de la Ciudad de México y que fuera un pillo. Al trabajar con Basti todo el equipo de rodaje estaba obligado a planear de manera exhaustiva, observar pacientemente y estar dispuestos a modificar toda la planeación para adaptarse a él. Cuando trabajas con un menor de edad tienes que estar dispuesto a jugar y es importante recordar que para un niño el juego es un asunto muy serio”.
Antes de su puesta de largo en la presente edición de Zinemaldia, el proyecto ya pasó con una copia de trabajo en el Work In Progress de San Sebastián, donde España se sumó a la producción. “El equipo creativo español que colaboró en el etalonaje, la mezcla sonora y el terminado general llevó la película a otro nivel. Esta fue mi primera coproducción oficial con otros países y es un esquema que buscaré repetir en mis siguientes proyectos, no solo por el aspecto financiero, sino mucho más importante, por el aspecto creativo”, detalla el cineasta.
“El paradigma en la industria audiovisual en el mundo está cambiando radicalmente”, considera, “los países hispano parlantes estamos en el mejor momento, no solo para coproducir, sino para que las películas habladas en español expandan su mercado. Ya sucedió y sigue sucediendo en la música. Antes la música en inglés marcaba la pauta, hoy la música en español ha transformado radicalmente el panorama musical. Este es el momento del mundo audiovisual”.
Eimbcke confiesa que, cuando da el visto bueno al montaje final de la película, “muchísimas inseguridades”, lo que le hizo dudar sobre si mandarlo o no al certamen. “Fue hermosísimo sentir la reacción de los asistentes durante la proyección de industria. En ese momento supimos que teníamos una película que conectaba con la audiencia. Ahora llevamos la película terminada gracias al apoyo WIP y nos hace muchísima ilusión compartirla con la audiencia española e internacional. Esta proyección será, además de una oportunidad para compartir, una manera de agradecimiento al Festival de San Sebastián que apoyo esta película”, concluye.
Chicas tristes, de Fernanda Tovar
“Quería hacer una película sobre lo que te da esperanza y te mantiene con vida en medio de estas oscuridades, no sobre la oscuridad misma. Y creo que las mujeres también debemos permitirnos narrar nuestras vidas con esperanza, luz y alegría”. Esa es la carta de presentación de Fernanda Tovar para Chicas tristes, historia que recorre la relación de dos amigas adolescentes cuando se pone a prueba tras la agresión sexual que sufre una de ellas.
“El origen de la historia es personal, esa primera semilla viene de una historia propia”, expone, “pero fue tan largo el proceso de escritura que sería imposible decir que fue solamente ese detonante, creo que hubo muchas cosas en el camino que fueron nutriendo a la película y a mí personalmente. También historias de amigas, conversaciones, vivencias…”. La mexicana, que presenta su ópera prima en Zinemaldia, cree que “muchas veces cuando hablamos sobre las opresiones a las que las personas estamos sometidas por el sistema patriarcal, o el machismo, hablamos de las tensiones que existen entre hombres y mujeres, pero pocas veces hablamos de las distancias –o cercanías– que existen entre las propias mujeres”.
Para la autora, “hablar de violencia de género no es hablar de una batalla entre dos géneros, sino de un cúmulo de cosas y consecuencias que afectan a todas las vidas alrededor, y no solamente la de las dos personas involucradas”. Los seísmos que causan estos casos en el entorno de las víctimas es uno de los ejes de la película. “Me da mucha tristeza, si bien ha habido un avance, creo que la cosa se ha movido poco y quizás, al menos en México, es completamente entendible que alguien no quiera hablar o denunciar ante las pocas salidas que las personas encuentran”, reflexiona. “Me gustaría mucho que no fuera así, y la película intenta reflejar ese vacío. Quería hablar de lo que es real, de lo que duele, más de 90% de estas violencias quedan sin denunciar”.
De las dos jóvenes intérpretes que se ponen al frente de la historia, la primera en aparecer fue Rocío Guzmán, que “pensábamos ver para el personaje de Paula, pero desde que entró había algo en ella que yo sentí que era La Maestra. Siento que no tengo una explicación racional para eso, fue como que sentí a un nivel medio intuitivo que era ahí”. Después, la vio improvisar con Darana Álvarez y “sentí que era exactamente eso lo que me imaginaba cuando escribía el guion. No venía de un nivel físico o de cómo se veían, más bien de lo que sentía verlas juntas y estar cerca de ellas. Ese día hicieron una improvisación que después escribí en el guion y que está ahora en la película”.
Sobre la colaboración entre ambos lados del Atlántico, Tovar bromea con que “yo misma también soy una coproducción entre España y México, mi familia viene de España aunque nací en México y estudié en la ESCAC un año, así que a nivel personal siempre ha habido un puente”. Para la cineasta, es muy emocionante “poder compartir este viaje con el equipo español, trabajar con ellos fue un sueño hecho realidad y creo que expandieron la película a unos niveles que yo ni siquiera creí que eran posibles. Me siento muy agradecida de poder haber tenido estas colaboraciones, que creo que sin duda dotaron de universalidad a la película y a mi me abrieron el mundo”.
Participar ahora con el largometraje en Horizontes latinos supone “una vuelta a casa”, porque “hace un año proyectamos ahí por primera vez en el WIP Latam y un poco fue el inicio de todo lo que llegó para la película después. Fue una experiencia que me marcó mucho y que me hizo sentir muy agradecida. Así que ahora volver con la película terminada para mí es un gran triunfo y me llena de alegría, también viajarán muchas personas del equipo desde México y estoy segura que va a ser un día muy feliz y emocionante”, concluye.




