Fermin Muguruza: “Seguir en pie no significa salir ileso”

Por Chusa L. Monjas · Fotografías de Gaizka Peñafiel · 24 septiembre, 2026

El artista irunés regresa al Velódromo de Zinemaldia con Muguruza FM 40 Tour, documental que protagoniza y codirige

Ha celebrado sus 40 años de trayectoria al frente de bandas como Kortatu y Negu Gorriak, hasta su actual carrera en solitario, con una gira a gran escala y una película documental. Con la misma energía, pasión e inquietud artística que hace cuatro décadas, tiempo en el que ha mantenido intacta su resistencia, coherencia y dignidad, Fermin Muguruza regresa a la mayor sala de cine del Festival de San Sebastián, el Velódromo, con Muguruza FM 40 Tour, documental que el músico, productor y director vasco ha dirigido con Ander Merino Etxebeste, “para todo el que tenga curiosidad por la música, la memoria y las historias que nos atraviesan. A quienes me conocen, pero también a los melómanos, mitómanos y amantes del cine documental, musical o no, que quieran descubrir qué hay detrás de cuarenta años de música y compromiso”, expone este artista multimedia que insiste en que “no hace falta ser amante de mi trabajo” para disfrutar de este viaje colectivo, con el que festeja su 40 cumpleaños profesional.

 

Reconozco que desconocía la magnitud mundial de su figura. Es llamativo los numerosos y devotos seguidores que tiene en Latinoamérica. La dimensión internacional es algo que no siempre ha interesado mostrar, y de ahí que haya quedado fuera del relato dominante. No me verás en ningún programa de Évole, por ejemplo.

Por otro lado, una de las claves de la película está en descubrir algo más allá del personaje público, en los momentos de emoción, reflexión y vulnerabilidad.

¿Qué precio ha pagado por estos 40 años de resistencia, compromiso, dignidad y coherencia?

El de padecer el “síndrome del superviviente”; pérdidas, desgaste, heridas y la necesidad de seguir adelante manteniéndome fiel a la independencia, la entrega, la vida.

De todos los conciertos de esta gira, ¿con cuál se queda?

Todos fueron únicos, elegir uno imposible, pero si me permite siete pecados capitales, serían el primero de Bilbao, el del Palau Sant Jordi en Barcelona, Movistar Arena en Madrid, el de la Cigale de París, el estadio de fútbol de Anoeta en Donostia, mi séptima participación en el Fuji Rock de Japón, y la revancha mexicana en el Monumento a la Revolución tras haberse cancelado el anterior concierto en Ciudad de México por la intervención del Ejército y Guardia Nacional.

La relación con Latinoamérica viene de lejos, desde 1992, y se ha construido a lo largo de más de tres décadas de conciertos, producciones musicales, colaboraciones con bandas y presentaciones de mis películas. Ese recorrido ha creado una comunidad de seguidores que entiende y acompaña mi trayectoria más allá de la música.

Al ser dos directores, ¿cómo se han repartido las tareas? ¿Se ha quedado mucho material en la sala de montaje?

Ander Merino Exebeste es un miembro de Merina Gris, una banda que forma parte de una nueva generación de músicos que crean en euskera y que, durante esta gira, abrió los conciertos de París y Rivas-Vaciamadrid. Compartir aquellos escenarios hizo que la cámara no partiera de la distancia, sino de una complicidad nacida de la música, de la carretera y de una misma manera de entender la creación. Ese cruce de caminos forma parte del espíritu de la película.

Imposible llegar al nivel de compenetración de los hermanos Coen o las hermanas Wachowski, pero sí vivimos dos años de gira juntos para compartir el material, y después nueve meses de montaje para discutirlo, ordenarlo y darle forma. Y sí, aunque nos hubiera encantado hacer un trabajo estilo Esa ambición desmedida, no hay plataforma que se arriesgue con nuestra propuesta, por lo que en 100 minutos contamos la historia, quedando muchísimo material fuera.

Se le ve muy cómodo delante de la cámara.

Gracias, pero sufro lo mío, aunque mi hábitat natural sea el escenario. La película se hizo desde la confianza, y esto probablemente ayudó.

Deja patente la afinidad y admiración que siente por la gente joven.

De la misma manera que cuento de manera figurada cómo el hacha que necesito para hacer un concierto es una herramienta que tomo en herencia, que no existe la generación espontánea, tuve como maestro al gran tótem de la música vasca, Mikel Laboa, quien siempre estuvo interesado en nosotros y las generaciones más jóvenes.

De alguna manera tengo siempre presente el relato de Eduardo Galeano en el que cuenta cómo el maestro anciano que se retira entrega su mejor vasija al joven aprendiz, quien, en lugar de guardarla como adorno, la rompe contra el suelo para incorporar esos pedazos a su propia arcilla.

¿Qué le gustaría provocar con esta película?

Siempre me han acompañado esas películas de viaje que convierten el camino en una forma de pensar el mundo. Las de Agnès Varda, donde cada encuentro modifica la mirada, o las de Wim Wenders, donde el paisaje acaba retratando a quienes lo atraviesan. Me gustaría entonces que funcionara como un viaje. Que el espectador entre pensando que va a ver una película sobre una gira y salga habiendo recorrido cuarenta años de música, de memoria y de vida.

¿Qué función ha de tener la música en el cine?

No debería limitarse a acompañar las imágenes, debería dialogar con ellas, contradecirlas incluso, y abrir espacios que la imagen por sí sola no puede alcanzar, y esto lo aprendí de Jesús Garay cuando hice la banda sonora de su película Mirant al cel.

En Muguruza FM 40 Tour, además, la música no es una banda sonora, es la materia de la que está hecha la historia. Son las canciones las que nos llevan de un tiempo a otro, de un escenario a otro y, sobre todo, de la dimensión pública a la dimensión más íntima. La música no acompaña el viaje, es el viaje.

 

Menos cálculo y más intuición

Lleva ya 20 años en el cine, donde comenzó con un documental musical como productor y director. A corto plazo, ¿se ve más en el mundo audiovisual o musical?

 No siento que tenga que elegir. Llevo ya veinte años transitando entre la música y el audiovisual, y curiosamente empecé en el cine como productor y director de un documental musical en Jamaica. Son dos lenguajes que se necesitan y que, para mí, se enriquecen mutuamente.

Le ha ido muy bien haciendo lo que le gusta, ¿es posible seguir haciendo eso en una industria como la de 2026?

Seguir en pie no significa salir ileso. Creo que hoy, más que nunca, seguir haciendo lo que te gusta exige cierta capacidad de resistencia, adaptarte sin perder el rumbo y aceptar que las reglas del juego cambian constantemente. Pero mientras pueda seguir haciendo proyectos en los que creo, supongo que la respuesta seguirá siendo sí.

Si echa la vista atrás y se remonta a sus comienzos, ¿hay algo de esa época que eche de menos?

La espontaneidad, aquella manera de hacer las cosas sin saber muy bien adónde te iban a llevar, de dar el salto al vacío y asumir el riesgo. Había menos cálculo y más intuición, y eso hacía que todo pudiera salir muy bien, o estrellarse de manera espectacular.

Es un habitual del Festival de San Sebastián. ¿Qué significa presentar en la gran pantalla del Velodromo su documental?

Esta es ya mi séptima vez en el Festival, así que sí, como Keyser Söze, soy un sospechoso habitual confeso. Volver al Velódromo tiene además una carga emocional especial, pues allí estrenamos Black is Beltza II: Ainhoa hace 4 años, y Negu Gorriak celebró la victoria de la palabra en el año 2001. El concierto de la última gira fue en el estadio de fútbol Anoeta, y el Velódromo está al lado, un complejo deportivo que conserva la memoria de lo que hemos vivido juntos y nos recuerda que todavía quedan historias por contar.

¿Qué hubiese sido del rock vasco sin usted y su hermano Iñigo?

El rock vasco es una historia demasiado grande y emocionante como para depender de unos pocos nombres, por muy importantes que parezcan. Nosotros aportamos nuestra parte, pero la historia la construyeron y siguen construyendo muchas generaciones, bandas y músicos.

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