Presentar mi película en la sección Nuevos Directores del Festival de San Sebastián es una de esas cosas que cuesta poner en palabras. Por lo que significa el festival, por supuesto, por su historia, por su importancia dentro del cine internacional y por la oportunidad inmensa que supone para alguien que está comenzando este camino. Pero, en mi caso, también por algo mucho más íntimo.
Donosti ocupa un lugar muy especial en mi vida. Hace cuatro años y medio nació allí mi primera hija. Es una ciudad a la que me une, por tanto, uno de los recuerdos más importantes y transformadores que tengo. Volver ahora para presentar mi película, para compartir algo que también he cuidado, acompañado y visto crecer durante años, hace que todo tenga una dimensión emocional difícil de explicar. De alguna manera, siento que regreso a un lugar donde comenzó una parte fundamental de mi vida para presentar otra.
La película nace de una pregunta que me acompaña desde hace tiempo: ¿somos capaces de elegir el amor, incluso cuando el contexto nos empuja en la dirección contraria?
En el centro de la historia hay una abuela que cuida de su nieto. Su padre atraviesa una adicción y su madre se ha marchado. Los dos, abuela y nieto, intentan salir adelante con las herramientas que tienen, dentro de una realidad que no siempre se lo pone fácil. Pero, poco a poco, algo empieza a cambiar entre ellos. La persona que al comienzo necesita ser cuidada acaba convirtiéndose también en quien cuida. El nieto termina sosteniendo a su abuela, y en ese intercambio aparece para mí el verdadero corazón de la película.
Me interesaba hablar de las heridas que heredamos. De la violencia que pasa de una generación a otra casi sin que nos demos cuenta, de las formas de relacionarnos que aprendemos y repetimos porque son las únicas que conocemos. Pero, sobre todo, quería hablar de la posibilidad de romper esa cadena.
Porque quizá romper con una herencia de violencia no consiste solamente en enfrentarse a ella. A veces consiste en hacer algo mucho más difícil: elegir actuar desde el amor, desde la sensibilidad y desde el cuidado, cuando nadie nos ha enseñado a hacerlo.
La película habla de personas que no siempre saben quererse bien, pero que lo intentan. De decisiones dolorosas que, precisamente porque nacen del amor, pueden cambiar el rumbo de una vida. Y también de esas personas buenas que aparecen en nuestro camino y que, a veces sin saberlo, nos ayudan a convertirnos en alguien diferente de quien parecía que estábamos destinados a ser.
Que una película nacida desde un lugar tan personal encuentre ahora su espacio en Nuevos Directores es un privilegio enorme. Y poder hacerlo precisamente en San Sebastián, una ciudad que ya forma parte de mi propia historia, hace que este momento tenga para mí algo de círculo que se cierra y, al mismo tiempo, de camino que empieza.
