Ironía, ternura y humor negro son las herramientas de las que se ha dotado Koldo Amandoz en su nueva película, una “comedia melancólica y existencial”, que poniendo el foco en el duelo y la muerte, acaba hablando de la vida, “de todo aquello que ocurre mientras uno está vivo”. Escrita y rodada en euskera, Azken Agurra (Último adiós), está protagonizada por Iñigo Azpitarte e Izaro Nieto, como el dueño de una empresa de funerales laicos personalizados y una joven que realiza prácticas en su oficina. El director donostiarra presenta esta historia en el lugar donde se rodó, las calles de San Sebastián, y en un festival muy querido para él desde que era niño, pues no recuerda ningún año desde que tiene memoria en el que no haya acudido a las proyecciones. Desde 1997 su contacto con el Zinemaldia es como cineasta, faceta que compagina con la de editor, docente, comisario y seleccionador de festivales. Desde esta visión múltiple, defiende una perspectiva ética para el oficio del cine y para sus trabajadores, que procura poner en práctica. Cuando se pone la gorra de director, Almandoz rueda como piensa.
¿De dónde surge Último adiós?
A raíz de reflexionar sobre el duelo. Es algo que a todos nos ha pasado, vamos perdiendo familiares, amigos, gente que tenemos alrededor. Y en estos momentos y ritos suelen ocurrir cosas que muchas veces son tristes, pero también absurdas y hasta llenas de humor. Quería trasladar esa especie de melancolía triste, pero a la vez surrealista a una película.
El protagonista es un hombre en crisis, que huye hacia delante. ¿Qué tienen estos personajes que son tan cinematográficos?
A partir de una edad tienes que aprender a vivir con tus frustraciones y con que seguramente ya no vas a ser la persona que en un momento determinado de tu vida hubieras deseado ser. La vida está llena de sorpresas, también de derrotas, y muchas veces a partir de una edad ya no tienen mucha vuelta. Ahí surgen los mecanismos de defensa, de autoengaño y la mentira constante para seguir sobreviviendo.
Me hacía gracia que el personaje protagonista fuera alguien así, que al inicio de la película digas ‘vaya tipo más mezquino’, pero a medida que avanza te vaya ganando un poco porque también tiene sus cualidades. Quería dibujar este personaje de hombre de mediana edad, que no es nada atractivo hoy en día en el mundo del cine.
Su nombre puede ser el de miles de españoles: Tomás Martínez, ¿por qué le interesa hablar de la gente corriente, que coge el autobús y tiene problemas familiares?
En mi cine suele haber esa gente, pero siempre suelo huir del cine social. Parece que cuando hablas de gente corriente tiene que venir el espíritu de Ken Loach. Yo quería contar una fábula contemporánea y crear una especie de universo propio y cierta estética que te saca de ese cine social. Y hasta el planteamiento de cámara: no hay cámara al hombro, no hay una búsqueda de suciedad en la imagen, sino de cierto clasicismo. Y las localizaciones ayudan a ello. A mí el cine que me interesa es el cine sin épica, ya desde la elección de actores, que son desconocidos. Las historias que me gustan son las de gente corriente en lugares corrientes, porque creo que todo el mundo tiene algo que contar. Y las más atemporales no son las que agarran el tema de agenda o tertuliable, sino temáticas más cotidianas, que aguantan mejor el paso del tiempo.
Un rito funerario a la carta
En una escena se cita After Life, de Hirokazu Koreeda. Siendo los ritos funerarios algo tan cultural ¿a la hora de reflejar la muerte estamos más cerca de Berlanga que de Koreeda?
Hay un hecho cultural de cómo somos e interactuamos. Tampoco soy experto en ritos funerarios japoneses, pero no me imagino allí este ambiente que suele haber aquí de gente que está llorando en plan plañidera y a los dos metros está el cuñado echando un chiste, y luego otra persona preocupada por si hay algo para comer. Hay un caos organizado, hasta en los momentos de la muerte hay una alegría de vivir y creo que en otros sitios no es así.
Me encantó la película de Koreeda y con ella tengo una historia personal, pero yo me baso mucho más en El verdugo o películas más europeas de Aki Kaurismäki, italianas como Amici miei, o toda esta comedia italiana de los 40 y 50, como Rufufú. Creo que estamos dentro de ese universo a la hora de afrontar la muerte y los ritos funerarios.
Hasta hace no tanto solo existía un rito funerario: el entierro religioso. Y esta película habla de cómo, al desaparecer un poco la religión y los ritos funerarios católicos de nuestra vida, este mundo se ha extendido y puedes organizarte tu rito casi a la carta, que es a lo que se dedica Tomás. Es increíble porque la realidad siempre supera a la ficción en las propuestas, los funerales, las formas que tiene la gente para pasar el duelo. Ahora cada persona, cada cuadrilla, cada colectivo tiene mil maneras de celebrarlo, que antes no podía. Esto le añade riqueza y le quita otras cosas: una sensación de comunidad, de saber todos a dónde acudir cuando esas cosas pasan.
“Hasta en los momentos de la muerte hay una alegría de vivir”
¿Durante el proceso de documentación ha encontrado funerales similares a los que muestra la película?
Además de los cementerios para mascotas, la escena del hombre que se manda flores a sí mismo sí está basada en hechos reales. Hay un montón de ceremonias más que surrealistas. Cuando tú vas a un tanatorio donde hay distintas salas y en esos pasillos empiezan a aparecer Sin Chan, Naruto, etc. -porque el fallecido era aficionado al cosplay y fueron todos vestidos de personajes de manga japonés-, que a la vez se mezclan con una familia del Opus Dei se pueden dar situaciones increíbles. El dueño de un tanatorio nos contó otro funeral donde llevaron medio kilo de coca y se pusieron hasta las cejas homenajeando al muerto.
En la pasada edición de los Goya se resaltó la gran cantidad de nominaciones para producciones del País Vasco y cada vez se rueda más en el territorio ¿Es este un gran momento del cine vasco?
Hay distintas opiniones. Yo empezaría a distinguir el cine vasco y el cine en euskera, que no son lo mismo. Cine vasco puede ser cualquier película que se ha rodado en el País Vasco, recientemente todas las últimas películas de Santiago Segura y de Bowfinger se están rodando aquí y no creo que tengan un alma vasca, igual que Burundanga o la película de Nanni Moretti, que también es una película vasca, porque tiene una parte de coproducción, pero yo soy de los que no considera eso cine vasco, como otras películas que sí tienen cierta alma de cine vasco. Y no digo que sea mejor ni peor. Hay gente que está haciendo cosas muy interesantes, pero también hay una parte que tiene producción vasca por los incentivos fiscales. Esto a algunas instituciones les viene muy bien, porque pueden decir que tienen muchas nominaciones en los Goyas. Vivimos mucho de ese sello porque nos ayuda a vender, pero no sé hasta qué punto es real.
“Una manera de dignificar el cine es contenerlo”
En su filmografía conviven cortometrajes, proyectos más experimentales, no ficción y series como Bocas de arena (Hondar ahoak) ¿Qué será lo siguiente?
Me gusta divertirme con el trabajo. No me gusta hacer todo el rato el mismo tipo de proyecto, ni de desafío. Entiendo que hay gente que sí, que ha nacido para eso. Yo tengo una pequeña editorial, edito libros, vengo del mundo del fanzine, hago cosas distintas. Me gustaría seguir haciendo películas de una medida industrial, pero no competir. Yo no creo que un gran presupuesto haga una gran película y estamos en ese momento que a todo el mundo le interesa vender esto. Hay grandes películas con pequeños presupuestos y grandes películas en las que el filtro del tiempo les ayudará a mantenerse y otras en las que se han gastado millones de euros de una manera casi obscena.
El cine es un trabajo y un oficio y una manera de dignificarlo es contenerlo, porque estar todo el día hablando de temas sociales y de agenda, pero a la vez no tener ningún cuidado ni ninguna conciencia de que en el proceso de hacer estos trabajos hay que pagar bien a los trabajadores, cumplir las horas como está pactado, ser digno también en eso. Yo por lo menos en mis trabajos, en mi pequeño camino de cineasta de segunda división, procuro que esto se tenga en cuenta.
¿Enfrentarse a la temática de Último adiós inevitablemente lleva a hacerse ciertas preguntas?
Mientras haces una película sobre la muerte, hay gente real cercana que muere. Y te das cuenta de la diferencia que hay entre preparar esto para la ficción y la vida real. Y resulta duro. Soy una persona poco espiritual y cuando muera me va a dar igual, que hagan lo que quieran. No tengo una conciencia de que me vaya a importar. Una vez mueres para mí todo se acabó. Y probablemente lo creo como mecanismo de defensa porque no quiero plantearme todo esto. Lo que sí que me gustaría es que la gente te celebre por lo que has sido en vida. Prefiero pensar qué es lo que hay que hacer mientras uno está vivo a qué es lo que se hace antes de nacer y después de morir. No es mi negociado.

